El hada Mercurita cap.1

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Capítulo 1: Presentación de Poly 

Hola a todos. Mi nombre es "Polikarpia Enkaro", pero soy más conocida como "Poly". Dentro de unos meses, a mitad de marzo más o menos, cumpliré once preciosos añitos. Soy un hada; bueno, estudio para serlo, aunque ya he aprendido muchas cosas. Soy una rubita con cara de niña buena. O eso se dice de mí. Entre mis facultades mágicas, destaco por ser capaz de comunicarme con los fallecidos; sobre todo, con mi hermano, Fredio, muerto por enfermedad, años atrás. Pero éste me pide prudencia. No quiere que la gente pregunte cosas a las que él no puede responder. Todo tiene sus límites, y el Creador puede privarlo de visitarme, si digo alguna noticia no permitida. La gente es muy miedosa, y en ocasiones piensa que los espíritus que se comunican conmigo son demonios. Es por eso, por lo que Fredio me pide que lo mencione, pero me hace hincapié en no hablar más de la cuenta, aunque me duela. Si hay algún conocido con un asunto importante entre manos y sé lo que va a pasar, la gran mayoría de las veces, no se lo puedo decir. Aunque parece que el Creador se compadece también, y en ocasiones recibo pistas para que la persona interesada, las siga. 

-Cada uno tiene que seguir su camino, Polikarpita. Si no, no aprenderá. Debes tener muy claro, que el sentido de nuestra existencia, es aprender. Me dice mi hermano.  

Recibo presagios de todo tipo. Una vez, cuando yo tenía siete años, una mujer se quejó a un mercader de que le había cobrado de más. Este protestó con energía, anteponiendo su intachable honor y honradez. Y cuando ella estaba casi convencida, respondí ingenuamente: 

-No le ha cobrado de más. Le ha dado 100 gramos menos de uva, ya que la balanza está mal. 

Sin mediar palabra, el marido de la señora, cogió una de las pesas que había cerca, y pudo comprobar que dije la verdad. 

-¡Ah, ladrón! ¡Querías hacerte rico a costa nuestra! ¿Eh? 

Tras esas palabras, se desató una pelea. El marido le dio un fuerte puñetazo en la cara al vendedor, y los clientes se aprovecharon de la confusión creada para robarle la mercancía. Mi madre me miró con muy mala cara. No fue esa la única vez que ocurrió algo así. Un día, cuando estuvimos en la carnicería, mi madre se dispuso a comprar conejo. Tuve un presentimiento, y me entró tal asco, que no me pude callar, pese a que me comprometí a ser más discreta. 

-¡Mamá, no vayas a comprar gato para el almuerzo, porque yo no me lo voy a comer! Además, ese era el rubio callejero, con manchas blancas, que bebía el reguero de agua sucia que salía de la fuente cercana al alcantarillado de la plaza mayor del pueblo.  

Mi fama de adivina puso en apuros al carnicero, que se vio obligado a esgrimir un cuchillo muy afilado para evitar que la gente lo agrediera.  

No menos embarazoso, fue ese día en el que vino el molinero, tras tres años de ausencia por cuidar a un familiar. Mi padre lo saludó cordialmente. 

-¡Cuánto tiempo sin verlo! Por fin vuelve con nosotros, don Eladio ¿Qué tal de salud? 

-Muy bien. Ya veo que su hija está preciosa. 

Una vez más, recibí otro presagio. 

-¿Así que se encuentra bien? Yo creía que aún tenía dolores de espalda por los cincuenta latigazos que le dieron en Darania, por intentar irse sin pagar de una taberna. 

El molinero se puso colorado como un tomate.  

Parece que nadie es trigo limpio. Todos tienen algo que ocultar. Por ese motivo, al verme, los vecinos se alejaban de mí, como si tuviera la peste, y muchos vendedores se negaban a atender a mi madre, si me veían con ella. Por ese motivo tuve que quedarme con mi padre, y ayudarle en el campo. 

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