Rutina

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Todos los días era lo mismo. Ni un ápice de cambio ni siquiera en el tipo de conversación que manteníamos ¿Nos amábamos aún? Sinceramente, creía que no, en ese tiempo todo era tan confuso, quizás las hormonas dejaron de funcionar y se nos pasó el amor ¿Por qué habíamos terminado entonces?

Muchas noches volviendo del trabajo, discutíamos en la calle, nos gritábamos, ya no sabíamos por qué seguíamos juntos ¿Era para dar en el gusto a los demás?¿Acaso podríamos mejorar nuestras inseguridades?¿Llenar nuestros vacíos?

“Te quiero”, me decía después de verme llorar, después de ver la llama de la ira ardiendo en mis ojos. Me abrazaba, me daba la mano y caminábamos a la casa, para terminar enredados en las sábanas, él jadeante y victorioso… yo, mirando el techo intentando comprender cómo habíamos llegado a eso.

-¿Te gustó?
-...
-¿Querías hacerlo?
-...
-¿Puedo quedarme a dormir?
-...

No importaba lo que respondiera, tenía un nudo en la garganta que no podía sacar ni a gritos. No, no me gustaba; no, no quería hacerlo; no, no te quiero ver más. Siempre quise responderle eso, siempre quise decirle que si necesitaba a una puta para saciar sus necesidades, le pasaba el dinero. Pero no, comprendía que tenía que ser yo… Pero, ¿por qué?

Hace mucho que no sabía de él. Hierve el agua, se esconde el sol. Dejo caer una bolsa de té en su taza preferida… Lo bebo, me sabe a hiel. Poso ese maldito recuerdo en la orilla de la mesa, deseando que un estruendo de la noche logre romper su recuerdo en mil pedazos, de lo contrario, otro día igual me va a matar.

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