Era viernes... y sus palabras no se cumplieron.
No lo volví a ver desde aquel día.
Escuchaba su nombre en los pasillos, lo leía en las siguientes entradas que subieron en el blog. Pero nunca lo volví a ver en persona.
Era como si de alguna forma me evitara; que tuviese un radar que pudiese detectar cuando estaba cerca, para alejarse.
Y eso me hería, tan raro como sonaba.
No estaba segura como se definía nuestra relación. No estaba segura si entrabamos en la etiqueta de amigos, por el poco tiempo que lo conocía.
Y también porque las cosas que comenzaba a sentir por él no era del tipo de amistad, no como lo que tenía con Maca y Ale, de todos modos.
Pero, aun así, sin poder definir qué éramos, me preocupaba por él y su presencia era algo que quería en mi vida.
Todo eso me hacía sentir mareada y confusa.
—Se supone que esto debe levantarse cuando tire de esto.
La voz de Cris me sacó de mis pensamientos y vi como tiraba del papel. Este, sin embargo, se rompió y una carcajada salió sin retención de mi boca.
Luego de que el profesor nos hubiera asignado el trabajo, Cris se me había acercado al finalizar el día para acordar los días que haríamos el trabajo y en qué casa.
El miércoles habíamos comenzado en mi casa y solo nos habíamos puesto de acuerdo que haríamos; el jueves fuimos a su casa donde toda su familia me recibió de forma cálida y prácticamente no hicimos nada.
Su madre se encargó de llenarme con comida.
Eso fue el paraíso para mí.
Y hoy estábamos en mi casa comenzando recién el trabajo, el cual no estaba quedando como esperaba.
—Tenías que pegar la lengua al monito —le indiqué y Cris me dio una sonrisa leve.
—Ups. —Su respuesta me hizo reír más—. No te burles, Castillo.
Su tono era divertido, así que solo dejé que la risa me embargara por unos segundos. Cuando pude hablar y respirar con normalidad, me acomodé en el sillón.
—Por tu culpa tendremos que hacer todo de nuevo.
Se encogió de hombros.
—No es como si hubiésemos llevado mucho —recalcó y yo vi todo el desorden que teníamos en la mesa de centro.
Recortes a medio terminar, dibujos mal hechos, muchos materiales esparcidos y nuestro trabajo sin llegar a tomar forma.
—Buen punto.
Lo que estábamos intentando hacer era una especie de libro en 3D, donde en cada página saldrían diferentes dibujos, representando lo que debería ir escrito.
Había sido idea de Cris y como había recalcado que era un maestro en las manualidades, acepté su idea.
Ahora me daba cuenta que me había mentido.
La hora siguiente la pasamos entre bromas, comentarios nada que ver con el trabajo e intentando crear el libro 3D, el cual, milagrosamente, de a poco tomaba forma.
Agradecía la presencia de Cris. Necesitaba una dosis de risa y despejar mi mente con todo lo que había pasado.
Necesitaba desconectar.
Para el momento en el que llegó mi tía del trabajo, nosotros llevábamos tres páginas hechas.
—Hola, chicos.
Mi tía entró cargando dos bolsas llenas, las cuales se veían pesadas.
—Oh, déjeme ayudarla.
Cris se paró rápidamente de mi lado y fue donde mi tía. Tomó sus bolsas y las llevó a la cocina de manera confiada.
Ya había estado acá una vez y se sentía en su propio espacio.
«Muy confiado de su parte», pensé para mis adentros.
—Deberías aprender de él, Hebe —dijo mi tía y yo me encogí de hombros.
—Él tiene músculos, yo no —me defendí y me paré del sillón, caminando con ella hacia la cocina, mientras la abrazaba por la cintura—. ¿Qué has traído para comer?
—Hamburguesas.
Mi estómago rugió como un león ante sus palabras, y tanto Cris como mi tía se rieron.
—Calma ese león —se burló Cris y yo le saqué la lengua.
—Lo calmaré en cuanto me den de comer.
Subí mi mirada hacia mi tía y ella alzó sus cejas.
—Ustedes vayan a terminar su trabajo, yo los llamaré cuando sea hora de comer. —Hice un puchero y ella me dio una sonrisa—. Los pucheros ya no sirven, Hebe.
Hice una mueca rara con mi boca y Cris caminó hacia mí, tomando mi brazo y llevándome hacia la sala de estar.
—Vamos, no queremos que nos deje sin la cena.
Oh, claro que yo no quería eso.
Caminé hacia la sala y escuché la risa de Cris a mis espaldas, seguro debido a mi celeridad por llegar.
Me acomodé en mi lado y Cris se sentó al lado, acomodándose.
Tomé las tijeras de la mesita de centro y uno de los monitos, para comenzar a cortar la parte blanca que era innecesaria.
Me concentré muy bien en ir despacio porque estaba segura qué si no lo hacía, tendríamos una figura mutilada para presentar.
Y eso no sería bueno
—Así qué —Cris habló, mientras pasaba a la siguiente página y tomaba uno de los monitos listos entre su mano—, ¿no has hablado con Esteban?
Su pregunta hizo que un revoltijo involuntario se produjera en mi estómago y me borrara rápidamente el hambre que tenía.
Sentí una opresión en mi corazón y sin saberlo, aquellas palabras me cayeron como un balde de agua fría.
Negué una vez mientras paraba de cortar, ya que estaba a punto de dejar sin un brazo a la señora que tenía en mi mano.
—No, desde el martes que no lo he visto. —Las palabras se sentían tan pesadas saliendo de mi boca que me pregunté porque me afectaba tanto.
Cris hizo un sonido raro y volví mi mirada hacia la de él, viendo cómo veía el pegamento con un ceño fruncido.
—Maldito mentiroso —susurró tan bajo que pudo haber pasado fácilmente como un resoplido, pero alcancé a escuchar sus palabras. Esta vez la que frunció el ceño fui yo y él dejó escapar un suspiro, mirándome—. ¿Sabes por qué dejó de hablarte?
Sopesé cual opción me era más conveniente.
Solo hacerme la que no sabía o decirle mis sospechas, lo cual encontré estúpido y me regañé internamente por comportarme como lo estaba haciendo.
Cris no era una especia de redactor del blog buscando información o algo así.
—Tengo la leve sospecha que se debe a la entrada en el blog que se hizo el martes, pero él nunca me dijo algo relacionado. Ese día simplemente se despidió de mí y dijo que me veía luego —respondí y miré atentamente como todo en él cambiaba con mis palabras.
Sus ojos brillaron y se pasó la mano por el pelo en un gesto irritado.
No sabía que pasaba y a que se debía su actitud, así que simplemente me quedé callada en mi puesto, viendo como su mirada se anclaba en sus manos, donde el niño de papel estaba arrugado entre sus dedos.
La Hebe curiosa picaba en mi interior, para hacer aparición, pero lo encontraba algo desubicado sabiendo cómo se veía Cris en este momento.
Desorientado, frustrado, irritado, y hasta se podría decir que estaba enojado, lo cual era tan raro.
Siempre era divertido y juguetón, no una persona que se enojaba o por lo menos esa faceta conocía de él.
Las personas hacen visible la cara que quieren que vean los demás y no siempre es genuina.
Tal vez eso describía a Cris, aunque esperaba que no fuera así.
El silencio nos envolvió y sintiéndome incómoda con él, comencé a recortar los monitos que faltaban, para intentar calmar los sentimientos contradictorios que se mezclaban de una manera arrolladora.
Escuchaba el sonido vago de ollas ser golpeadas entre sí y supe de inmediato que mi tía ya había tomado su pequeño respiro luego del trabajo, y ahora estaba preparándonos algo, pero aquel apetito desgarrador que había sentido antes no existía.
Hasta sentía un leve sentimiento de nauseas, el cual no significaba algo bueno.
Maldita sea, claro que no significaba algo bueno.
—Ese imbécil me va a escuchar. —La voz de Cris, luego de minutos en silencio, me hizo dar un pequeño salto en mi puesto, debido a la sorpresa, y vi cómo terminaba su andar para tomar su chaqueta y sus llaves—. Siento dejarte, Hebe, pero tengo que ir a hablar con alguien.
Se acercó hacia mí rápidamente y me besó la frente castamente, para comenzar a trotar hacia la puerta de entrada.
Escuché los tacones de mi tía acercarse y segundo después sacó su cabeza por el marco de la puerta de la cocina.
—¿Ya te vas, cariño? —Cris asintió mientras se acercaba hacia mi tía y le besaba la mejilla.
—Sí, ha surgido un problema que tengo que resolver.
Le dio una sonrisa y mi tía le palmeó el hombro.
—Vale, anda, que todo se resuelva —le contestó y Cris sonrió de manera muy leve.
—Gracias. —Volvió sus pasos hacia la puerta de entrada y antes de salir miró por sobre su hombro, hacia mi tía—. Espero que cuando vuelva haya hamburguesas nuevamente.
Mi tía se rio ante su comentario.
—Mientras me avisen con anticipación.
Cris le respondió con un «como siempre», y salió de la casa, cerrando la puerta tras él.
Mi tía me dio una mirada de sospecha y caminó hacia mí, con un paño entre sus manos.
—¿Qué le hiciste al pobre chico, Hebe? —preguntó con un tono acusatorio, mientras se sentaba a mi lado, y yo la miré sorprendida.
—Pero si yo no lo hice nada —respondí a la defensiva y ella me siguió viendo con aquel brillo en sus claros ojos.
—¿Segura? —volvió a preguntar y yo asentí—. Entonces ¿por qué se fue como si le hubiesen pegado una patada en las bolas?
—¿Acabas de decir eso? —dije con una mezcla entre estupefacción y diversión, y ella rodó los ojos, mientras asentía una vez con su cabeza.
—Puedo tener mi edad, pero eso no quiere decir que no pueda decir palabras así. —Dejó el trapo en el respaldo del sillón y toda su atención se centró en mí—. Ahora, dime, ¿por qué se fue?
Me encogí de hombros.
No me sentía de lo más cómoda hablando de este tema. Los sentimientos irracionales que salían a florecer en cuanto pensaba acerca de ello eran solo mal augurio.
—No lo sé —respondí de manera sincera y ella alzó una de sus cejas, sin creerme—. ¿Qué? No me mires así, tía, es la verdad. Le conté que había pasado el martes y se puso así.
Ella me miró pensativa unos segundos y luego sus ojos brillaron.
—¿Le contaste lo que pasó con Esteban? —inquirió y asentí.
Y podría sonar de lo más estúpida, pero yo le contaba todo a mi tía, porque por tres años ella fue la única compañía que tuve y, por ende, le conté hasta mis más oscuros pensamientos.
No era de aquellas personas que reprendían, sino que aconsejaba siendo empática conmigo, pensando en mi felicidad y no en lo que ella creía que podría ser mejor para mí.
Sabía muy bien que ese comportamiento lo había adoptado desde que comenzó a ser mi tutora, porque antes había estado viviendo sola debido al imbécil de su exmarido.
—Sí. —Me acomodé mejor en mi puesto—. Me preguntó si es que había hablado con Esteban y yo le conté la verdad.
—Mm —murmuró e inclinó su cabeza hacia un lado mientras fruncía su ceño—. Tal vez todo tiene relación con Esteban. ¿Dijo algo antes de irse?
Asentí.
Estaba llena de asentimientos ese día.
—Algo como: «ese maldito me va a escuchar», o algo así, no recuerdo muy bien.
—Tienes la verdad frente a tus ojos, pero no la quieres ver. —Mi tía pasó una mano por mi cabello con suavidad—. Fue a hablar con Esteban por lo que pasó el martes. —Aquello no fue una sugerencia sino una afirmación.
—Pero ¿por qué lo haría? —pregunté, no segura de la afirmación de mi tía, e hice una mueca—. Con Esteban somos éramos una especie de conocidos.
Ella negó con una pequeña sonrisa en sus labios, mientras se paraba y me tendía su brazo.
—Ven, vamos a comer antes de que tus pensamientos te maten.
***
Me miré en el espejo de cuerpo completo, comprobando con ojos chispeantes que todo estaba en orden.
El vestido rosa pálido se ajustaba en la parte superior de mi cuerpo y desde las caderas hasta mis rodillas caían libremente en varias capas de tela.
La principal se ajustaba a mis piernas y las siguientes eran trasparentes y sueltas. Con cada pequeño movimiento estas se movían grácilmente en varias direcciones.
Llevaba unos tacones con un taco soportable por una noche y maquillaje suficiente para parecer una chica que iba a una fiesta... con su tía.
Luego de todo lo que había pasado en la semana se me había olvidado lo de la fiesta, hasta que mi tía me lo había recordado en la comida.
Debido a todas las cosas que se acumulaban en mi cabeza, me tomó por sorpresa.
Con rapidez había subido a probarme el vestido.
Había ganado dos kilos que amaba con mi vida y que, gracias a los dioses, no habían sido problema al colocarme el vestido.
Sino, hubiese tenido que ocupar uno de los otro, los cuales estaban ya bastante desteñidos de tanto ocuparlos.
No muy bien para una fiesta de gala.
Mi cabello solo había sido recogido en una parte de mi cabeza con una trenza pequeña y mi tía se había encargado de que esa sección no se desarmara con el tiempo.
—¿Estas lista? —me preguntó ella, apareciendo en el marco de mi puerta.
Estaba enfundada en un vestido azul rey simple que llegaba hasta un poco más arriba de sus rodillas, una chaquetilla de hilo cubría sus hombros y llevaba unos tacones negros.
Su cabello estaba liso y llevaba maquillaje leve, resaltando sus claros ojos.
—Sí —dije con un poco de nerviosismo y le sonreí—. Estas muy guapa, tía.
—Tú también, cariño. —Tomé mi propia chaqueta, junto con el bolso, y salí de mi habitación con mi tía a mi lado—. Llegaremos un poco tarde al parecer.
—¿Qué hora es?
Había perdido por completo la noción del tiempo entre los pensamientos y arreglarme. Y los pensamientos.
—Las diez con cinco minutos.
La miré sorprendida ante su falta de interés por la hora, y bajamos las escaleras.
—¿No te da vergüenza llegar tarde? —pregunté incrédula y ella negó, restándole importancia.
—Lo mejor para el final.
Su comentario me hizo reír y caminamos hacia la puerta de entrada, apagando las luces en el camino.
El viento frío me dio la bienvenida y me puse mi chaqueta con rapidez, intentando que mi calor corporal no se desvaneciera estando afuera.
Mientras pasaban los días, el tiempo se volvía más raro y extraño. Pasaba de soleado y caluroso a nublado y frío.
Aun no podía acostumbrarme al clima del pueblo.
Como tampoco a todo lo demás.
Caminé hacia nuestro auto y me adentré en él, envolviéndome con el cálido aroma del perfume de mi tía.
Froté mis manos y esperé a que mi tía encendiera al auto, para poner el aire acondicionado.
Pasé la correa por mi cuerpo y sentí como un peso se levantó de mi pecho, como siempre pasaba.
Comencé a buscar mi celular en mi bolso, agradeciendo no haber traído tantas cosas. Lo localicé en el fondo y lo tomé, desbloqueándolo.
Me sorprendió todos los mensajes que tenía sin leer.
La mayoría eran del grupo, como siempre, tres de Cris y dos de un número desconocido.
«Cero de Esteban», pensé.
Sentí como mi tía se sentaba en el asiento del conductor y cerraba la puerta a su lado. El auto cobró vida bajo mí y luego de unos segundos, el aire tibio comenzó a envolver mi cuerpo.
Justo lo que necesitaba para poder ver el número desconocido.
Un poco de comodidad.
«Hola Hebe, soy Alexandra, parte del blog del colegio y me gustaría saber si aceptarías respondernos un par de preguntas para nuestra siguiente entrada.»
«Sería un gusto que nos dijeras que sí.»
«¡No!», gritó mi subconsciente y tuve la necesidad de gritarlo a viva voz.
También gritar de pánico.
Si mi privacidad había sido violada, consiguiéndose algo tan importante y privado como era mi número de celular, eso significaba que estarían dispuestos a hacer cualquier cosa para tener lo que querían.
Saber de mí.
Este era solo el comienzo, lo sabía muy bien.
Luego vendría la presión escolar, las miradas más significativas, los murmullos bajos. La investigación de mi pasado y luego el destape de este.
El pánico envolvió las paredes de mi estómago y apreté una mano contra mi abdomen, pasando mi dedo por una sección precisa.
No podía dejar que eso sucediera.
Había viajado kilómetros para comenzar de cero y sin que nadie supiese mi pasado. No podía volver ahí.
Lucharía contra todo, hasta con el pánico creciente, para poder hacer valer la distancia que había ganado.
No quería que mi antigua vida se reprodujera nuevamente.
Claro que no.
Apretando con fuerza mi celular, volví mi otra mano hacia la pantalla y comencé a escribir.
Detuve la línea de maldiciones que quería hacerle llegar.
Eso hubiese algo de lo cual se podrían alimentar.
«Lo lamento pero no estoy interesada.»
Lo envié y mi tía sacó el auto de su lugar habitual, cerrando las puertas automáticas.
—¿Qué pasó, cariño?
La pregunta de mi tía hizo que subiera mi mirada de mi celular y la posara en ella, la cual comenzó a conducir de manera relajada.
No quería preocuparla.
Era una estupidez, de cualquier forma, pero le había dicho tantas cosas este último tiempo que no pude evitarlo.
—Una chica del blog del colegio me habló —expliqué y sentí la bilis en mi garganta—. Quería que respondiera un par de preguntas para ellos.
El silencio flotó sobre nosotras y me dio miedo ver el perfil de mi tía. No quería encontrar preocupación en su rostro.
—¿Los mandaste a donde tú sabes? —preguntó y yo vi como hablaba en serio.
Su rostro serio me lo comprobó.
Eso hizo que un poco de mi malestar se desvaneciera.
—Sí, no iba a ser de otra manera.
Asintió una vez.
—Bien. Si siguen jodiéndote, se las verán conmigo. —Me dio una mirada de soslayo antes de volver su vista al frente—. Nadie se mete con mi niña.
La gratitud hacia ella floreció en mi pecho y empapó cada molécula en mí.
Estiré mi mano y la apoyé en su hombro, apretando.
—Gracias.
Me dio una sonrisa, sin verme.
—Todo estará bien. No son lo suficientemente inteligentes como para saber —dijo y frunció su ceño—. Es más, estoy seriamente dudando que tipo de personas entran al colegio.
Eso hizo que la risa brotara desde lo profundo de mí, y me hiciera sentir mejor.
Oh, como la amaba.
Bajé mi mirada nuevamente hacia mis manos, entrando en la conversación que tenía con Cris.
«Siento haberme ido tan abruptamente, tenía que resolver un problema.»
«Mañana en mi casa a las... ¿a qué hora te dejan?»
«Y no me hagas madrugar, por favor D:.»
Con el humor mejorado comencé a teclear una respuesta a Cris y el auto se movió por la calle, provocando que muchas veces mis dedos apretaran teclas equivocadas.
«Espero que tu problema haya sido resuelto, si no es así, te golpearé por haberte ido sin sentido:D.»
«PERO SI MAÑANA ES SÁBADOOOOOOOOOOOOOOO, maldito, solo por ti llegaré a las ocho de la mañana a tu casa:). Espero que me tengas el desayuno hecho.»
Volví hacia todas las conversaciones y entré al grupo, encontrándome con muchos mensajes, más de los deseados.
El tema del cual hablaban hoy era de la selección de porristas para el equipo de baloncesto.
Sí, había porristas sorprendentemente, y Maca quería ser una de ellas.
Decía que era su oportunidad de ser del grupo de las populares.
Hija del Grinch:
«Aunque no creas en mí, quedaré, me tengo fe este año.»
Pelo de lana:
«¿Rodarás por el suelo igual que el año pasado? Dejarás locos a los chicos con esa gran acrobacia;)»
Hija del Grinch:
«Ja-ja-ja, muy gracioso pero no. Ahora si me salen algunos.»
Comencé a teclear un saludo rápido, para que luego no pensaran que me habían secuestrado o algo por el estilo.
Llegaban a ser así de dramáticos algunas veces.
«Holaksgrbkp340bp»
«Maldito autp»
«*autu»
«*autl»
«AHHHHHH, *auto»
Resoplé y sentí la mirada de mi tía en mi rostro por unos segundos.
—¿Has vuelto a escribir mal? —Asentí y ella dejó escapar una carcajada—. Ya aprenderás a escribir perfecto cuando viajes en auto.
Miré su perfil, viendo la diversión danzar en la comisura de sus labios.
—¿Desde hace cuánto me estás diciendo eso? —pregunté y ella hizo un gesto inocente.
—Desde hace dos años, pero algunas personas aprenden más rápido que otras.
Alcé una de mis cejas, sabiendo que no me estaba viendo.
—¿Me estás diciendo lenta? —inquirí, intentando camuflar la diversión en mi tono de voz.
Ella se encogió de hombros, pero una sonrisa divertida se perfiló en sus labios.
Mi celular vibró en mis manos y bajé mi mirada hacia él nuevamente.
Pelo de lana:
«¡CUIDADO, QUE NO TE ATROPELLE UN AUTL!»
Hija del Grinch:
«¡OH, AHÍ VIENE UN AUTP!»
Pelo de lana:
«JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA»
Una risa vibró en mi pecho e hice un gran esfuerzo para que no se desprendiera de mi boca.
Los chicos eran imposibles.
«Son unos malditos, lo saben, ¿no? ¬_¬»
Pelo de lana:
«Amor infinito para ti... y para tu autu»
Hija del Grinch:
«Eres un maldito Ale, holasdgijdfsoijasrgijoshrbpok, Hebe :).»
Sus comentarios me dieron risa, pero intentando enojarme con ellos tecleé un breve:
«Por tontos no les diré a donde voy, leru leru.»
Pelo de lana:
«¿QUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE? NO, NO NOS PUEDES HACER ESO, HEBE.»
Hija del Grinch:
«MALDITA, CUENTANOS AHORA HACIA DONDE VAS.»
Pelo de lana:
«O TE ATROPELLAREMOS CON UN AUTL.»
Hija del Grinch:
«Ale, así menos nos dirá, imbécil.»
Pelo de lana:
«Uhhhhh, parece que alguien anda con Andrés...»
Hija del Grinch:
«Cállate.»
Pelo de lana:
«Estoy escribiendo, no hablando:*.»
Antes de que la pelea comenzara tecleé mi respuesta, sintiendo mi celular vibrar debido a que un mensaje externo al grupo me había llegado.
«Voy a una simple fiesta del trabajo de mi tía, nada interesante pero habrá mucha comida :).»
Pelo de lana:
«COME EL DOBLE POR MI Y EL QUINTUPLE POR MACA;).»
Hija del Grinch:
«¿Me estás diciendo gorda, Alejandro?»
«Hebe, búscate un chico lindo y tú sabes, para lo oscurito>:).»
Dejando que hablaran solos por unos minutos, me salí del grupo y vi que tenía dos mensajes nuevos de Cris.
«Eres una maldita, yo quiero dormir hasta tarde mañana:(.»
«¿Estás por llegar a la fiesta?»
Iba a responder su primer mensaje cuando el segundo fue procesado por mi cerebro y frunciendo mi ceño, tecleé una pregunta rápida.
«¿Cómo sabes que hoy voy a una fiesta?»
Su mensaje no tardó en llegar.
«Tengo poderes mentales, MUAJAJAJAJAJAJA>:).»
«Mentira:(, tu tía me dijo.»
—¿Tía? —pregunté dudosa y escuché su «mhm» de respuesta, viendo como doblaba en una intersección que estaba lleno de autos aparcados—. ¿Tú le dijiste a Cris que hoy vendríamos a la fiesta?
Asintió una vez con la cabeza.
—Sí, mientras tú ibas a comprar los materiales que les faltaban, Cris conversó conmigo —explicó y pasó por la calle. Pude ver como de un edificio salían luces de hacia el exterior más potente de lo regular—. Me sorprendió cuando dijo que su padre trabajaba en el mismo lugar que yo, así que le pregunté si iba a la fiesta.
—¿Su padre trabaja contigo? —pregunté más que sorprendida y ella negó con la cabeza.
—No, está en un cargo mucho más alto que el mío, pero compartimos edificio, algo es algo.
Realmente el mundo era un pañuelo o por lo menos este pueblo.
Sentí mi celular vibrar y me percaté que se había bloqueado. Apreté el botón y pasé mi dedo por la pantalla, percatándome que Cris me había escrito... y el grupo estaba lleno de mensajes.
«¿Has muerto? D:»
«Si, ahora comenzaré a visitarte en las noches como un alma en pena :).»
Mi tía dobló y entró en una parte que tenía el letrero de «solo personal». Pasó varios autos y estacionó en un lugar desocupado, cerca de un Toyota que se veía bastante caro.
Me metí rápidamente al grupo y sin leer todos los mensajes que había, les puse un breve:
«Ya llegué a la fiesta, si hablo es porque estoy aburrida.»
Bloqueé mi celular y lo guardé en mi bolso, el cual tomé entre mis manos cuando salí de la comodidad del auto.
El frío envolvió mi cuerpo y castañeé levemente mis dientes, cuando la brisa helada se hizo paso por mi cuerpo.
Nop, nunca me acostumbraría a este clima.
Cerré la puerta del copiloto y rodeé el auto, sentándome al lado de mi tía. Luego de ponerle seguro, se giró hacia mí.
—Vamos, acá hace mucho frío. —Pasó su brazo por mis hombros y me acercó hacia su cuerpo, el cual desprendía un agradable calor.
Prácticamente me aferré.
Caminamos entre los autos del estacionamiento iluminado por un foco en lo alto de un poste, y mi tía nos dirigió hacia la puerta de entrada, donde un señor robusto estaba cuidando.
—Hola, Víctor.
Mi tía le pasó la invitación y este nos sonrió.
—Que disfruten de la velada, señoritas.
Se hizo hacia un lado y nosotras nos adentramos en el lugar, donde una suave melodía se podía escuchar.
—¿Por qué había un gorila cuidando la entrada? —pregunté confundida.
No es como si en este pueblo vivieran personas importantes o poderosas.
Bueno, eso tenía entendido.
—He escuchado rumores en los pasillos —mi tía susurró por lo bajo mientras nos hacíamos paso por el hall de entrada, donde un candelabro de cristal colgaba de nuestras cabezas. Maravillada vi como los colores se proyectaban en las pequeñas gemas que colgaban—. Uno de los socios tuvo un altercado con su ex mujer hace unos años atrás en una de estas fiestas. Desde ese día que hay personas de seguridad resguardando cada rincón.
Bajé mi mirada del techo y vi hacia las esquinas, comprobando efectivamente que personas con trajes negros y auriculares estaban viendo con atención todos los lugares en la habitación.
Todos tenían su mano cerca de su cinturón y me percaté que tenían una pistola resguardada.
Hice una mueca, porque en realidad no podía pensar que cosa tan peligrosa había pasado como tener tanta seguridad.
Imágenes de disparos, sangre y gente muerta brilló en mi mente y me sentí estúpida por siquiera pensar eso.
Cosas así nunca pasarían en un pueblo tan tranquilo como este.
Lo único más emocionante podría ser el arresto de una persona por internar robar una pequeña tienda con torpeza.
Sí, el pueblo era más de eso.
Caminamos hasta unas puertas de cristal abiertas de par en par y pude ver a todas las personas al otro lado.
Una bola se posó en mi garganta y sentí los nervios haciendo de las suyas, carcomiéndome de a poco.
Respiré e intenté tranquilizarme, solo intentando fijarme en lo que había a mi alrededor.
Personas en esmoquin y bandejas con copas llenas de líquido se paseaban lentamente por el lugar de una forma grácil y eficiente. Se hacían presentes en los grupos cuando sabían que eran necesitados y luego se retiraban, siendo como sombras.
La gente era una mezcla de gente exudando dinero y otra que solo estaba ahí para pasarlo bien, sin importarles como estuviesen vestidos.
Uno se podía percatar rápidamente quién era el jefe de quien.
Las miradas afiladas y disgustadas que daban la gente de alta elite a las personas que no lo eran llevó un escalofrío a elevar cada vello en mí.
Yo no pasaba desapercibida en mi vestido simple y poco costoso. Tampoco con mis simples zapatos, un poco peinado despreocupado y casi nada de maquillaje.
Sería la siguiente en sus miradas y era lo que menos quería.
Y luego me percaté del suave sonido de un piano ser tocado a lo lejos, junto con un violín y lo que sonaba como un violonchelo. Esa sinfonía tranquilizó algo de los nervios que tenía, y dejé que mi tía, la cual estaba inconsciente de las despectivas miradas, me guiara por el lugar.
Saludó a varias personas y me sorprendí la rapidez con la cual había hecho amigos.
«Ella no es yo», pensé para mí y solo ignoré esa molesta voz que hizo eco en mis pensamientos.
Tomé fuertemente la correa de mi bolso entre mi mano y mi tía nos dirigió hacia un grupo de personas que hablaban animadamente.
—Te presentaré a mis colegas —habló en mi dirección—. Son buenas personas, aunque no se vean así.
Asentí, aun sintiendo aquel malestar apretando mi pecho, y en cuanto llegamos hacia el grupo todas las miradas se dirigieron hacia mi tía. Cada rostro se iluminó con una sonrisa y se acercaron hacia ella con una efusividad contagiosa.
—Melissa, por fin llegaste —habló una mujer menuda de cabello negro, el cual le llegaba hasta los hombros.
Sus ojos eran de un azul profundo, los cuales brillaban con la iluminación y me quedé mirándola por unos segundos.
—Pensábamos que no vendrías. —Esta vez habló un hombre con barba incipiente y hombros anchos.
Su cabello rizado estaba desordenado y tenía una expresión despreocupada.
Por alguna razón me recordó a Ale y eso me hizo sonreír.
Bien, podría sobrevivir a esta velada.
—Ustedes no pueden sobrevivir sin mí, así que obviamente iba a venir. No quería que se suicidaran —mi tía habló de forma divertida y todos en el grupo dejaron escapar carcajadas fuertes, que llamaron la atención de todos en el lugar, pero ellos no le tomaron importancia.
Aunque las miradas no eran de mi agrado, no las tomé en cuenta debido a que estaba más pendiente de los amigos de mi tía.
Si, este grupo me agradaba.
Era como estar con Maca y Ale, adultos y multiplicados.
—Oh, mira que chica más hermosa. —Una señora de la edad de mi tía me miró por primera vez mientras me sonreía abiertamente con unos dientes blancos y derechos—. Tú debes ser la sobrina de Melissa, ¿no es así?
Asentí una vez, intentando ser lo más cortés posible.
—Soy Hebe.
Les sonreí a todos de forma educada y ellos me correspondieron con muchas más ganas que las mías.
—Un gusto cariño, soy Carola. —La mujer de ojos profundos se acercó hacia mí y me besó mi mejilla efusivamente.
—Yo soy Ricardo —habló el señor que me recordaba a Ale.
—Yo soy Ricardo dos.
Me estrechó la mano un señor de cabello negro y ojos grisáceos.
—Yo soy Ricarda tres. —Me sonrió la señora de dientes perfectos y cabello rojizo—. No, mentira, soy Fernanda.
—Siento que se me olvidaran los nombres.
Hice una mueca, a modo de disculpa, y ellos me sonrieron cálidamente.
Sus sonrisas eran tan genuinas y despreocupadas, que cada gramo que aun podía tener de incomodidad se disipó.
—Nos conseguiremos algún papel y un plumón y escribiremos nuestros nombres ahí, para pegarlos en nuestra ropa —dijo Carola, o eso creía, y los demás asintieron.
—Por primera vez se te ocurre una buena idea —bromeó mi tía y la señora le sacó la lengua.
Comenzaron a hablar sobre chismes de trabajo y de alguna manera me recordó a Maca y Ale contándome las nuevas que habían pasado en el colegio, lo que me hizo sonreír con cariño.
Me estaban haciendo falta en esos momentos.
Volví mi mirada hacia el lugar, inspeccionando todo.
Habían mesas más allá, cerca de los grandes ventanales de cristal, que daban hacia un jardín lleno de flores y arboles muy bien cuidados. La mayoría de las personas en el lugar llevaban un vaso, con lo que parecía champagne, en sus manos y hablaban de una manera educada y suave.
Nada comparado con nuestro grupo que prácticamente gritaban los chistes y se reían tan fuerte que se hacía eco por todo el lugar.
Todas las personas estaban bien vestidas y efectivamente había guardias en el interior, entre las columnas de mármol y en las esquinas, vigilando y viendo con cuidado todo el lugar.
Aquello me hizo preguntarme qué había sucedido para que hubiera tanta seguridad.
Tal vez el chisme que le habían contado a mi tía fuera cierto, pero si no era así, ¿qué cosa provocó todo esto?
Iba a volver mi mirada hacia el grupo cuando sentí como alguien me miraba desde algún lugar de la sala, como si fuese una persona con Scopaesthesia.
Moví mis ojos por la multitud de personas, intentando buscar al responsable del sentimiento de ser observada. Debido a que las personas se movían de un lado a otro, se me hizo un tanto complicado encontrar a la persona que me miraba.
O tal vez solo estaba paranoica por todo.
Pero cuando mi mirada chocó contra una marrón, supe que no era invención de mi mente.
Algo tiró de mi pecho y todo a mi alrededor dejó de ser importante. La sangré se agrupó en mis oídos y sentí como cada vello en mi cuerpo se erizó. Mi respiración se estancó en mi garganta y mi estómago dio un vuelco involuntario.
Esteban estaba en la fiesta.