Yamil abría los ojos pesadamente, desconcertado y con el cuerpo adormecido, miró el techo de la cabaña y ladeó el rostro viendo a Baltazar a su lado.
—No intentes moverte, estás sedado. —dijo el demonio mientras le colocaba una compresa húmeda en la frente. —Margot te ha hecho oler unas plantas para que no despertaras alterado, aunque seguramente mi presencia es la que te pondría mal.
El chico estaba demasiado tranquilo, su mirada era suave y no tenía el miedo que Baltazar esperaba encontrar, esas hiervas sí que habían funcionado.
—Supongo que ahora debo hablar muy seriamente contigo, sabes que llevas a mi hijo en tu vientre, y aunque no sea de tu agrado, no tienes más opción que cuidar de él hasta que nazca. —Baltazar se puso de pie mientras hablaba, llevando el cuenco con agua a un mueble donde se detuvo un momento. —Será un embarazo complicado, la bruja lo ha dicho, así que te mantendré seguro y lejos de cualquier peligro mientras la guerra continúe.
Yamil le miraba confundido, no entendía mucho de qué hablaba, pero quería explicarle aquello que dijo y que provocó la ira del demonio.
—Perdón. —dijo bajito, le costaba mucho hablar, pero poco a poco pudo hacerlo atrayendo la atención de Baltazar. —Por decir que no quería tener un bebé... yo...
—No tienes justificación, quedó claro que esa idea te desagrada. —siseó el demonio.
— ¡No! —exclamó Yamil intentando sentarse, pero estaba demasiado mareado y adormecido.
—Deja de moverte, no puedes hacer esfuerzos. Empieza a ser más consiente, si no cuidas bien tu embarazo, te ataré a una cama y no dejaré que te levantes los siguientes meses. —advirtió Baltazar acercándose a él nuevamente.
—Escúchame, por favor. —suplicó el chico mirándole preocupado. —No quise ofenderte, no lo dije porque despreciara llevar a tu hijo en mí, es porque no tengo la fuerza que tú tienes, no puedo cuidar ni de mí, me asusta pensar en perderlo, como el primero.
Yamil se veía realmente consternado, sus ojos tristes daban a entender el dolor que sentía por la pérdida involuntaria de su anterior hijo. Baltazar recordó las porquerías de las que el chico fue víctima y cayó en cuenta de lo duro que estaba siendo con él, si lo pensaba un poco, era lógico que Yamil no quisiera volver a embarazarse, el parto prematuro que sufrió a causa de la violencia a la que le sometieron debió ser realmente fuerte para él.
El mismo Baltazar sentía cierto temor de que el embarazo no llegara a su fin como debía ser, que hubiese una pérdida por segunda vez, no lograba imaginarse el miedo que Yamil sentía en ese momento. Había sido un animal por enfadarse con él sin pensar más allá de lo que escuchó, pero la idea de que ese niño rechazara a su hijo le cabreó demasiado.
—Cuidaré de ti, no importa que tú no tengas posibilidades de protegerte, yo estaré aquí para evitar que cualquiera te haga daño. —aseguró sentándose de nuevo a su lado, estiró una mano tentándose a acariciar ese delicado rostro, lo hizo con cuidado, notando como la mirada del menor brillaba ante sus palabras. —No solo lo digo porque vayas a darme un hijo, aún si no fuera estuvieras embarazado, no permitiría que te hirieran nuevamente.
— ¿Lo dices enserio?
—Yamil, lamento haber reaccionado tan mal, debí escucharte cuando lo pediste antes, pero...
El pequeño negó sonriendo tímidamente y se acurrucó bajo su mano, cerrando los ojos sintiendo una ola de emociones agradables.
—No importa, ya no, has dicho que me cuidarás, ¿sabes cuánto esperé algo como esto? Aunque, no creí que sería así, solo deseaba que fueras más amable conmigo, y hace tiempo lo eres. No puedo quejarme. —murmuró Yamil volviendo a abrir los ojos para mirar a Baltazar. —Pero, no entiendo por qué has cambiado. ¿Es por lo que me pasó?
Sus labios se torcieron, la sonrisa desapareció y una expresión de duda e inquietud se plasmó en su rostro, alejándose también de la mano que le acariciaba.
—Si es por eso, no es tu culpa, no debes hacer nada por mí. Yo...
—Yamil, si esto fuese un simple remordimiento, tú no importarías en lo más mínimo. —dijo Baltazar inclinándose hacia él para volver a sostener su rostro, quedando demasiado cerca. —Hay algo extraño que ha venido creciendo, y por más que intenté pensar que solo era culpa, queriendo creer que surgió porque fuiste atacado en mi ausencia, en realidad no es así. Nunca me importó dejarte solo, sabía a lo que te exponía, pero antes no tenía esto que me dice a gritos que debo protegerte, antes no eras especial.
Yamil parpadeó perplejo, no sabía cómo sentirse al respecto. Eso era muy honesto de parte de Baltazar, pero aun así dolía saberlo. El chico se mordió los labios mientras su estómago se contraía, sintiendo ganas de llorar.
—Si eso de lo que hablas no hubiese surgido, ¿qué sería ahora de mí? ¿Me tratarías igual o peor que antes? —preguntó consternado. —Yo siempre quise que me escucharas, que al menos evitaras de vez en cuándo que otros me lastimaran, incluso algo tan simple como no ofenderme cuando hacía algo mal, que me abrazaras un poco después de terminar eso que hacías conmigo o al menos me preguntaras si estaba bien. Nunca estuve bien, me lastimabas mucho y no solo tenía que soportar que tú lo hicieras, eran otros también, pero cuando intentaba decirte te enojabas. —se llevó una mano a la cara comenzando a limpiar las lágrimas que ya salían de sus ojos y tomó aire con dificultad. —Creí que, si algún día tú hacías algo de eso, me sentiría muy feliz, y ahora ya no sé qué siento. Creo que estoy feliz, pero, duele demasiado, duele aquí.
Señaló su pecho colocando sus manos en él y escondió la mirada para que no le viera llorar, ya no podía contenerse, realmente se sentía muy mal como para disfrutar de lo que Baltazar acababa de confesar. Sentía que ya no era válido, que no era tan importante como antes pensó, no después de haber pasado por todo eso que aún le abrumaba. ¿Acaso era demasiado tarde? Aún sentía muchas cosas por Baltazar, lo quería, pero, recordar las veces que intentó pedir su protección o cuidados, y éste le rechazó diciendo que no era su asunto, que aprendiera a cuidarse solo, eso le hacía volver a la realidad cuando su corazón ya comenzaba a latir de prisa imaginando que al fin era correspondido.
El mayor cayó en cuenta, era un maldito egoísta, ahora solo se preocupaba por Yamil porque le interesaba, porque sentía algo por él, cuando antes ni siquiera fue amable, lo trataba cual objeto que solo le entretenía un rato y abandonaba a expensas de que otros pudiesen romperlo. Eso fue lo que sucedió, aquellos demonios rompieron tanto a ese pequeño, que era normal su reacción, le hicieron demasiado daño y era algo que Yamil no había logrado sanar en todo ese tiempo, ¿con qué cara se atrevía a decir que ahora lo protegería?
Antes no le habría costado nada ser más cuidadoso con él, darle la protección que entonces necesitó, alejarlo del peligro que corría constantemente. Ni siquiera hubiese sido necesario llevarlo con él, con dejarle viviendo en un sitio seguro, el menor no habría sufrido brutales agresiones que casi le cuestan la vida.
Rio de mala gana y se incorporó aún sentado, separándose lo suficiente de Yamil, mientras se maldecía por ser tan imbécil. Habría preferido que Yamil cerrara la boca y brincara de felicidad porque al fin le miraba de otra forma, pero ese chico ya no era el mismo pequeño que se emocionaba cuando le veía llegar, aún cuando lo que venía después no era grato para él.
—Lo siento. —susurró Yamil pensando que le había hecho enfadar nuevamente. Se talló la cara secando las lágrimas que ya iban parando poco a poco y sorbió su nariz enrojecida por el llanto. —No debí decir todo eso. No te enfades, enserio lo lamento.
—No, sí debiste. —dijo Baltazar, consciente de que aquel era el segundo rechazo que había tenido en la vida, y era más inquietante que el primero.
Con esa hada a la cual amó, la historia fue tan diferente desde el inicio, y si ella se había alejado era solo por su naturaleza, un demonio y un hada pocas veces logran tener una relación estable. Pero Yamil era un demonio, débil e inútil, pero demonio, a fin de cuentas, no había razón natural que impidiera una relación.
Bueno, quizá sí, naturalmente Baltazar la había cagado por completo. No podía enfadarse con ese chico, no de nuevo, pues esta vez no había malentendido alguno, solo estaba la realidad, fue un completo imbécil que no vio lo que tenía a sus pies y no cuidó ese pequeño tesoro que había encontrado muchos años atrás. ¿Qué pretendía ahora? ¿Solo era importante cuando se involucraban sus propios sentimientos? No podía creer que había caído de nuevo en esa situación, sentía un malestar terrible, mayor a cuando aquella hermosa hada le dejó, incluso peor que cuando supo de su muerte, y eso ya era demasiado.
Yamil iba a darle un hijo, pero Baltazar no quería solo eso, ahora estaba más seguro que nunca, sin embargo, no tenía opciones, obligar a que Yamil le quisiera como antes era imposible, solo lograría que le temiera más, y el chico acabaría sufriendo de nuevo. Tenía que dejar de ser tan egoísta, eso no estaba funcionando.
Sin decir más, tomó la compresa que Yamil había tirado al moverse y se retiró para mojarla un poco, volviendo segundos después. La colocó en la frente del menor y le observó en completo silencio, no encontraba palabras para ese momento, cualquier cosa que dijera, podía empeorar su situación frente a Yamil, así que se abstuvo de defender su postura, debía aceptar que fue un idiota y pensar en una forma de solucionarlo.
Pero claro, no dejaría las cosas así.
Redén había salido Varnow en compañía de Grim, explorarían a profundidad tratando de cumplir con la orden de Durfen, aunque la caminata resultaba muy larga y ni siquiera tenían un rumbo fijo.
El ángel se dio por vencido sentándose sobre una roca enorme, mientras su acompañante volvía a su forma humana, pues había estado como cerbero todo ese tiempo.
— ¿Por qué te detienes? —preguntó Grim. —Tenemos que encontrar algo importante antes de volver a Varnow.
—Pues no lo encontraremos dando vueltas como perros, sin ofender. —se estiró un poco y observó el cielo, comenzaba a anochecer. —Tengo hambre, salimos sin nada, de haber sabido que tardaríamos tanto...
—Está bien, descansa, veré si puedo cazar algo.
Grim se alejó con calma bajo la atenta mirada del otro. Redén pensaba que ese tipo era incansable, nunca se quejaba, de hecho, era bastante leal a Durfen, aunque nadie pensaba en traicionar al rey, Grim demostraba mayor determinación al obedecer sus órdenes.
Era bastante interesante, el ángel comenzó a preguntarse si habría algo más importante para ese perro, cualquier que estuviese sobre su lealtad al rey de Varnow. Se dio cuenta de lo poco que sabía de él, no conocía nada de sus orígenes, ni tampoco cómo había llegado a ser parte de La Orden, Grim era el que más tiempo llevaba dentro. Mucho menos sabía sobre su vida personal, nunca le veía hablar con nadie a menos que fuese necesario, como ahora que viajaban juntos.
Esperaría a que volviera y trataría de averiguar cualquier cosa al respecto, un tipo tan misterioso era su mayor debilidad, deseaba saber qué ocultaba ese semblante calmado y su silencio.
Hermy había estado solo todo el día y gran parte de la noche, con su pequeño bebé que horas atrás despertó llorando de forma incontrolable. El chico lo cargó tratando de alimentarlo creyendo que tenía hambre, pero al tocar su piel notó que estaba demasiado caliente, se alarmó y comenzó a entrar en pánico.
Al inicio quiso controlar la fiebre como su madre solía hacer con él cuando era un niño, pero fue inútil. Trató de salir de la habitación con el pequeño, encontrándose con una puerta cerrada e imposible de abrir.
Conforme se hacía más tarde, el bebé ardía un poco más y Hermy estaba desesperado sin saber qué hacer, incluso le dio un baño que no sirvió de nada, el pequeño estaba rojo del esfuerzo que hacía al no parar de llorar, casi morado después de un muy largo rato así.
El chico trató de usar su propia magia para sanarlo, tampoco funcionó, en esa habitación estaba muy limitada su energía.
No sabía qué hacer, intentó todo lo que se le vino a la mente y nada lograba calmar las molestias del pequeño, su carita afligida como si sintiera alguna clase de dolor hacía a Hermy ponerse demasiado nervioso. No sabía nada de niños, pero, era claro que su bebé no estaba bien.
Cuando se encontraba a nada de colapsar por la desesperación, la puerta se abrió. Era Durfen, había regresado.
Hermy cargó al pequeño y corrió hacia el demonio mirándole angustiado.
Durfen no esperaba escuchar semejante escándalo al volver, frunció el ceño y miró enfadado al chico que se detuvo justo delante de él con el niño que lloraba sin parar entre sus brazos.
—Haz que se calle, o dormirá en el pasillo. —siseó molesto, detestaba esos berridos, eran insoportables.
—Está enfermo. —dijo el joven mostrándole a la criatura. ¿Qué podía hacer? Durfen era el único que podía ayudarle, aunque se arriesgaba a provocar su ira, estaba dispuesto a cargar con las consecuencias con tal de que salvara al pequeño. —No sé qué hacer, lleva así mucho tiempo.
El rey le miró incrédulo, pensando que Hermy decía eso para justificar su inutilidad.
—No es asunto mío, dale de comer y dejará de ser un fastidio.
Siguió de largo sin prestarle mayor atención, pero el muchacho le siguió pasándole por delante estorbando en su camino.
—Por favor, necesita medicina. —suplicó angustiado. —Ni siquiera ha querido comer, despertó así, te lo suplico, no sé qué tiene...
El pequeño dragón que entraba tras Durfen se crispó con el sonido del otro bebé, trató de acercarse, pero Durfen se adelantó arrebatando a la criatura de los brazos de Hermy.
Su trato era brusco, sacudió al niño por tomarlo sin cuidado y Hermy quiso detenerle creyendo que lo lastimaría, cuando el pequeño dejó de llorar. Durfen lo sostuvo con ambas manos, ni siquiera lo cargó como debía hacerlo, como Hermy lo hacía, solo lo tomaba del torso manteniéndolo enfrente a una distancia considerable.
El niño se había calmado, aunque estaba casi morado por la falta de oxigeno tras tanto llanto.
—Maldito mocoso. —siseó Durfen llevándolo a la cama y lo dejó ahí frunciendo el ceño.
Hermy corrió a él y lo cargó con cuidado notando que en esos segundos su temperatura bajó, miró a Durfen sin comprender.
—Se ha alimentado de mi energía. —dijo el mayor con cierto desprecio. —Es un demonio después de todo, pero sigue siendo una mierda inútil y dependiente, igual que tú.
El chico se encogió al escuchar eso, Durfen no era nada amable, ni siquiera con ese bebé que seguía siendo su hijo.
—Baña a Zareth, estuvo metiéndose en el lodo. —ordenó Durfen comenzando a quitarse la ropa, hasta quedar solo con el pantalón.
Hermy dejó al bebé sobre la cama, prefería no separarse de él, pero llevarlo al baño no era seguro si iba a estar ocupado con el dragón. Le acomodó almohadas para que no se callera y le dio un beso en la frente antes de alejarse para ir tras el pequeño dragón que había corrido al baño, casi rompe la puerta tratando de abrirla, Hermy abrió y entró con él.
Él era quien se encargaba de todo el cuidado de ambos bebés, aunque era mucho más sencillo con el dragón, solo debía quitarle la tierra del cuerpo en las duchas y luego Zareth se iba solo a la enorme bañera para zambullirse.
Durfen se quedó solo en la habitación, escuchando los chasquidos que el bebé hacía. Se sentó en la cama y volteó a verlo un momento, notando que el pequeño le observaba fijamente. ¿No era muy pequeño para hacer eso? Le restó importancia y quitándole unas almohadas para ponerse de respaldo se recargó tratando de pensar en lo que había sucedido recientemente en el palacio.
De pronto surgió una duda, miró nuevamente al bebé y se preguntó ¿por qué los dioses querrían a ese mocoso? ¿Acaso realmente era para fastidiarle o había algo más?
La forma en que el niño absorbió su energía fue realmente fuerte, era claro que la necesitaba, pero no era normal, no era común que demonios nacidos con aspecto humano hicieran eso a tan temprana edad.
Había algo extraño, de pronto lo único que le venía a la mente era Baltazar. Ese demonio era mitad dios, hijo de una diosa después de todo, y haber tenido una amistad larga con él le dejó saber algunos detalles sobre esa clase de mezclas, Baltazar había desarrollado una capacidad para alimentarse justamente como el bebé lo había hecho minutos antes.
Meses atrás, aquel demonio irrumpió en esa misma habitación e impregnó su esencia en Hermy, aunque creía haberse asegurado de que ese chico no había sido tomado por él, ahora dudaba demasiado. ¿Acaso era posible que el bebé fuese de otro? Pero, Hermy ya estaba embarazado en aquel entonces, por otro lado, Baltazar tenía cualidades diferentes y Durfen desconocía la naturaleza de reproducción de aquel Sílfide, de pronto la idea de que ese niño fuese de otro le molestaba demasiado.
Esa era la única explicación, al final, el bebé tendría sangre de un semi dios, los demás debieron haberlo detectado y quisieron tomarlo.
Aquellas cavilaciones le ponían furioso, de pronto se sintió engañado, Hermy le había jurado que Baltazar solo le besó aquella noche, ¿se había atrevido a mentir?
Olvidó por completo aquello que ya sabía de antemano, Hermy estaba unido a él por haber sido su primera pareja sexual, un lazo irrompible, las consecuencias de intentar corromperlo podían ser devastadoras para el chico. El demonio no recordó aquel detalle tan importante, y se quedó con la única explicación que le parecía coherente.
Para Durfen, ese crío no era suyo y Hermy lo pagaría muy caro...
Grim había vuelto de cazar, cocinaba al animal después de haberlo limpiado, era consiente del tiempo que perdieron en ese descanso, así que pretendía apurarse y continuar con la búsqueda del campamento donde Baltazar se ocultaba.
Comenzaba a fastidiarle la actitud de Redén, ese ángel no hacía nada más que mirarle, no movía ni un solo dedo, y le reprochaba por tardarse demasiado en conseguir comida.
— ¿Sabes? Sería bueno que consiguieras agua, hay un río cerca. —dijo sin dejar de ser cortés, Redén no le desagradaba, pero en ese momento comenzaba a colmar su paciencia.
— ¿Por qué no vas tú? —refutó el ángel poniéndose de pie. —Yo vigilaré el fuego.
—Redén, no puedo hacer todo yo.
—Vaya, creí que nunca lo dirías. —dijo con una sonrisa burlona. —Tan lindo, siempre ayudando...
— ¿De qué hablas?
—No entiendo como es que toleras que todos te utilicen, es que solo mírate, no deberías ser el perro leal de Durfen. —Redén se acercó hasta estar delante suyo, a solo un paso, estiró sus brazos colocando sus manos en los hombros de Grim, recorriéndolos hasta acariciarle el cuello.
Grim era un tanto más alto, no mucho, pero en su complexión era más fuerte, incluso que la de Arnoz. Redén disfrutaba aquello, deseaba poder llegar a donde había planeado. Dio un paso más pegándose completamente al otro y le hizo acercar su rostro, tomándole del cabello con fuerza.
— ¿Por qué no te olvidas de las estúpidas responsabilidades?
— ¿No se supone que Arnoz y tú...? —murmuró Grim tomando su cintura para alejarlo. El ángel tiró de su cabello en advertencia.
—Lo mío con Arnoz solo ha sido un acostón, ¿quieres probar un poco?
—Redén, no sabes en qué te estás metiendo, Arnoz es posesivo, si sabe esto enfurecerá.
— ¿Le tienes miedo? —se burló Redén soltándole enseguida, giró y caminó alejándose. —Lo sabía, no eres más que un perro cobarde que solo sigue órdenes. ¿Algún día te has dejado llevar por lo que tú deseas?
Escuchó pasos acercándose, sabía que Grim estaba molesto, y realmente esperaba una agresión que por supuesto iba a devolver con creces, pero, cuando le alcanzó sintió un tirón en su brazo que le hizo girar.
Grim le tomó de la cintura y por detrás de la cabeza al tiempo que le acercaba haciendo posesión de sus labios, la forma en que su lengua le asaltaba era tan brusca, pero extrañamente gentil, pocas veces Redén disfrutaba de esa clase de besos, sin embargo, el deseo de ver hasta dónde llegaría aquel cerbero le hizo ceder.
Le rodeó con ambos brazos colgándose de su cuello y ambos cayeron al piso, Grim comenzó a tocarle sobre la toga que poco a poco fue desatando hasta que dejó de interponerse, y las caricias fueron hacia su piel, esas manos grandes que le recorrían lentamente comenzaban a provocarle jadeos, vibraciones extrañas y un estremecimiento que nunca había sentido con simples caricias, ¿qué sucedía? Ni siquiera eran enteramente íntimas, pero se sentían tan bien, que el calor aumentaba en su cuerpo.
Esas manos recorrieron su torso, bajando hasta su cintura, su cadera, sus piernas, detallaba cada parte y luego viajaban a su trasero, de ahí subían a su espalda sin llegar a ser algo meramente morboso, hasta que bajó de pronto separándole las piernas, Redén abrió los ojos cayendo en cuenta de que se había perdido por un momento, y notó que Grim liberaba la erección de sus pantalones, una larga y gruesa verga que no pudo evitar comparar con la de Arnoz, si bien, de tamaño iban muy similar, estaba casi seguro que ese perro le complacería mucho más, sus caricias eran un preliminar muy prometedor.
Se arqueó al sentirle entrar, esperaba una estocada fuerte que le llevara dentro en segundos, pero, en su lugar, Grim comenzó a abrirse paso despacio, inclinándose hacia su pecho donde atrapó uno de sus pezones con los dientes, el tirón que provocaba algo de dolor en ese pedazo de piel tan sensible, junto a la tortuosa penetración donde su cuerpo se iba ajustando con precisión, le hacía sentir un placer que le revolvía todo, un gemido se escapó de sus labios cuando los dientes del cerbero apretaron más, dando un breve empujón final donde le penetró a fondo, corto y preciso movimiento, Redén soltó una exclamación al sentir que algo dentro suyo se ponía demasiado sensible.
Había estado con muchos amantes, pero debía admitirlo, Grim le hacía sentir cosas muy distintas, no era amable, ni brusco, y tampoco estaba en un punto medio, tenía una forma tan única de darle placer, que dejó sus comparaciones a un lado para concentrarse únicamente en el hombre que le follaba impetuosamente.
Comenzaba un ritmo provocativo, sus movimientos eran tan constantes, mientras le mordía el cuello y luego volvía a devorarle los labios sin respeto alguno, la mano del ángel bajó colándose entre ambos y quiso complacerse un poco más, pero Grim le detuvo, tomándole de la muñeca la puso contra el pasto y se detuvo un momento, mirándole bajo la luz del fuego que cocinaba la carne y la luna que era el único testigo.
—Eso déjamelo a mí. —murmuró pegando su abdomen al de Redén.
Continuó con movimientos entrando y saliendo, su cadera hacía círculos mientras el miembro del ángel se estimulaba con el roce exacto de ambos cuerpos.
Tras un momento así, Redén estremeció liberando su semen entre ambos, su cuerpo se sacudió y con sus piernas rodeó la cadera de Grim impulsándole a ir más rápido mientras la sensación del orgasmo aún estaba presente, y el cerbero aumentó la velocidad, embistiendo con violencia varias veces hasta detenerse de golpe, tan adentro, tan deliciosamente profundo, ahí fue donde se corrió llenándole el culo por completo.
Grim se liberó satisfactoriamente y tras recuperar la cordura y la calma, salió despacio y se levantó acomodándose el pantalón, mientras Redén trataba de sentarse bastante confundido, sin duda, ese había sido un gran encuentro.
—Eres muy importante para Arnoz, y él tenía una deuda conmigo. —dijo Grim dándole la espalda para volver hacia la fogata, la carne estaba casi quemándose, por suerte era un gran animal como para que toda se carbonizara, todavía tendrían una buena cena.
— ¿Qué? ¿Me has follado para joder a Arnoz? —cuestionó Redén sintiéndose ofendido, podía decirle cualquier cosa, menos que había sido solo por algo tan ajeno al deseo. —Eres un imbécil.
Grim no le respondió, de hecho, ni siquiera se inmutó al escuchar el ruido de sus alas al ser agitadas, sabía que Redén se marchaba, pero le daba lo mismo, no era su niñera para andarlo buscando.
Al quedarse solo, comenzó a recordar un par de siglos atrás, cuando Arnoz recién se integraba a La Orden, Grim tenía un amante y le fascinaba como nunca había sentido, era mutuo, o eso creía, hasta que ese demonio se entrometió.
Su amante se enamoró de Arnoz después de haberse involucrado sexualmente más de una vez, de hecho, fueron muchas, y dejó a Grim por vivir un encuentro esporádico que no llegó a más que un par de revolcones más con Arnoz. El demonio se cansó dejándole al poco tiempo, pero los sentimientos de aquel joven estaban fijos en el tercero en discordia y eso no cambió, Grim jamás pudo recuperar a aquel que amó, y le vio partir poco después.
No odiaba a Arnoz, pero pagarle con la misma moneda era satisfactorio, aunque no tenía intenciones de enamorar a Redén, pues conocía a ese ángel y sabía que sería imposible, su corazón era un témpano. Aquel encuentro solo sería un golpe bajo a la hombría de Arnoz, que se creía poseedor de ese exquisito cuerpo que Grim acababa de degustar.