「 NIEVE QUE CAE, PARTE 1. 」

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El invierno se anunciaba con una ventisca que aullaba como un animal herido, mientras el sol apenas rozaba el horizonte con un resplandor pálido. 

Todo estaba enterrado bajo una capa de nieve espesa y cruel, como si el mundo hubiera decidido desaparecer. 

Slythe recuperó la conciencia tumbada boca abajo en la orilla de un río ancho y congelado. 

Estaba desnuda. 

Copos diminutos se posaban en su cabello negro y en la piel de su espalda, surcada por cicatrices antiguas que parecían marcas de látigo. 

No sentía frío. 

Ni dolor, solo una presión lejana, como si su cuerpo perteneciera a otra persona. 

El hielo cubría el pasto, las hojas, las flores muertas; todo menos ella. 

Esa anomalía la inquietaba, pero su mente aún estaba demasiado nublada para entenderla.

Intentó incorporarse y un dolor punzante le atravesó la cabeza. 

Al mismo tiempo, un recuerdo estalló: fuego, gritos, humo. 

El movimiento brusco le reveló que su mano derecha estaba atrapada en el hielo del río. 

Tiró con fuerza; la piel se desgarró y la sangre brotó caliente. 

Al tocar la nieve, no se congeló: humeó y derritió la superficie con un siseo breve.

Miró su mano herida, luego la izquierda: también estaba manchada de sangre, pero seca, antigua. 

Los recuerdos llegaban ahora en oleadas, imposibles de contener. 

Sin saber qué más hacer, se puso de pie y echó a correr hacia el bosque, tropezando entre los pinos cargados de nieve. 

Cada choque contra un tronco hacía caer una lluvia blanca y provocaba un crujido sordo. 

Las imágenes del pasado se superponían al presente: los árboles se convertían en personas que corrían, el viento en explosiones lejanas.

No siempre había habido nieve. 

Antes del silencio, hubo fuego.

Cerró los ojos un instante y el estruendo regresó: la ciudad de Serphill, capital de Luneria, colapsando bajo su propio peso.

El edificio Zhannderlank, el más alto, se derrumbó primero, levantando una nube de polvo que oscureció el cielo. 

Después llegaron las aeronaves de Noctisol, descargando misiles sobre calles ya llenas de pánico.

La gente se empujaba, se pisoteaba.

Slythe recordaba correr en dirección contraria, buscando a sus hermanos menores, Jessica y Aklert. 

Gritaba sus nombres mientras los escombros caían como lluvia mortal. 

El desierto árido que rodeaba la ciudad no ofrecía refugio; más allá solo había montañas y ruinas.

El fuego lo devoró todo, pero fue la traición lo que terminó de destruirlo.

Soldados con insignias de Luneria disparando contra los civiles que huían. Se habían vendido a los Chihuateteo, la mafia al servicio de Noctisol.

En el recuerdo, Slythe llegó demasiado tarde. Vio las siluetas de dos niños rubios, vestidos de blanco, de espaldas. 

Una figura oscura levantó un arma. 

El disparo resonó y la imagen se congeló.

Abrió los ojos justo a tiempo.

El bosque terminaba de golpe.

Delante de ella, el suelo desaparecía en un precipicio cubierto de niebla.

Muy abajo, apenas visible entre las nubes bajas, brillaban puntos de luz anaranjada: una ciudad en ruinas, todavía ardiendo en algunos edificios.

El olor a humo lejano le golpeó las fosas nasales. 

Retrocedió un paso, pero el borde estaba resquebrajado. 

La tierra cedió con un crujido seco.

Intentó aferrarse a algo, cualquier cosa, pero solo encontró aire.

Cayó. 

El viento silbó junto a sus oídos. 

La ciudad creció rápidamente bajo sus pies. 

Luego todo se volvió negro.

Cuando volvió a "despertar", no controlaba su cuerpo. 

Era una espectadora dentro de sí misma.

Estaba sentada en el suelo de un camión de carga, manos y pies atados, desnuda todavía. 

Alrededor, otras chicas en el mismo estado. 

Hombres armados las vigilaban, pateaban, se burlaban. 

El vehículo traqueteaba por un camino lleno de baches; apenas entraba luz.

El viaje duró días. 

Algunas prisioneras murieron de frío o hambre. 

Sus cuerpos eran arrojados al arcén como basura. 

Al fin, el camión se detuvo. 

Las puertas se abrieron y una ráfaga helada entró sin piedad. 

Las obligaron a bajar a punta de fusil.

Slythe vio entonces que no eran el único vehículo: había docenas estacionados en un claro del bosque nevado.

Caminaron varios minutos entre los pinos, azotadas por la ventisca. 

El destino era una fortaleza de piedra oscura, rodeada por un muro alto y tres torres circulares. 

Los tejados rojos asomaban apenas bajo la nieve acumulada. 

El humo salía de varias chimeneas, prometiendo un calor que Slythe ya sabía que sería falso. 

Los pinos formaban un círculo perfecto alrededor del complejo, como guardianes mudos. 

No se oía ningún pájaro, ningún animal.

Solo el viento y el crujido de la nieve bajo cientos de pies descalzos. 

Las empujaron hacia la puerta principal, un portón de madera pesada bajo un tejado inclinado. 

Sobre él, una ventana estrecha observaba en silencio. 

Slythe cruzó el umbral sin saber si alguna vez volvería a ver el exterior.

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⏰ Last updated: Dec 23, 2025 ⏰

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