I.

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    Hannibal no me pertenece, solo tomé prestados a sus personajes para ésta historia.
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La primera vez que lo vio pensó que estaba soñando, pensó que de alguna forma, de alguna totalmente imposible, ridícula e inexistente forma el cerdo de Mason Verger, en sus delirios de cazador y alentado por las leyendas de sus tierras, había podido matarlo por fin, que había podido cazarlo a él, a la bestia terrible del bosque, dueño y señor de todo lo que existía dentro y fuera de él, pensó que había muerto y que, en una ofrenda de bienvenida, los demonios del infierno le regalaba un ángel a su Amo.

No tenía otra explicación para la visión divina que le quemaba las retinas y las hacía refulgir con más fuego del que le daba su natural color carmesí.

Lo vio recostado a la sombra de un árbol, sus preciosas manos haciendo racimos de hierbas aromáticas y una cría de ciervo dormitaba con su cabeza sobre su regazo, los cuervos volaban hacia él y aterrizaban a sus pies descalzos, aceptando dócilmente las semillas que sus dedos largos y elegantes les ofrecían. Lo acechó en silencio, tratando de grabar en su palacio de la memoria cada ángulo de ese cuerpo, de ese rostro imposible.
Era hermoso, bellísimo como nada y como nadie, con la piel pálida y sin mácula, el rostro delicado como el de una diosa con los ángulos únicos de un varón joven y sublime, la nariz perfecta sobre unos labios rosados, rizos negros como los cuervos que alimentaba y sus ojos…
Esos ojos del color del lapislázuli que parecían reflejar las estrellas de su alma, puros, dulces y muy tristes, veían la oscuridad acercarse, ceñirse sobre él para comérselo. ¿Qué hacía ese dulce niño solo en medio del salvaje páramo? Una criatura así debería descansar sobre un lecho de rosas, guardado bajo llave en la más alta de las torres del castillo más magnífico, esperando la llegada de su compañero vinculado , listo para complacerle.

Gracias a su influencia sobre esas tierras, no tardó mucho en averiguar quién era el joven dueño de su adoración: se hacía llamar William Graham, bautizado por los aldeanos como la Bruja del bosque oscuro, una Bruja que lo hechizó con su mera presencia.
Chiyoh, su mano derecha y amiga de la infancia le dijo que el precioso muchacho vivía desde hace poco en el bosque de Wolvehorn, a las afueras del pueblo que regía con salvajismo y prepotencia Lord Mason Verger, una piedra en el zapato del Conde Lecter.
Había llegado al mismo tiempo que el otoño y se había vuelto famoso entre la población de campesinos gracias al cuidado y ayuda que prestaba a quien quiera que lo necesitara; daba medicinas y comida a los pobres, huérfanos, prostitutas y enfermos.
Cuánta compasión en un ser humano! Aunque a gusto del Señor del bosque, compasión desperdiciada en cerdos y vacas, en seres inferiores que no deberían ser capaces de acercarse a la divinidad que representaba su William.
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Will caminaba por el bosque, su hogar, después de recoger algunas plantas medicinales, respiró profundamente, sintiendo el aire puro entrar en su cuerpo y escuchando a Winston, un lobo joven que había curado semanas atrás de una pata rota, olfatear entre la hierba alta a sus espaldas. Ese animal era tan dulce, a pesar de liberarlo después de que sanara, el precioso lobo insistía en regresar a visitarlo casi todos los días. Eso estaba bien para Will, que prefería la compañía de los animales antes que el de las personas, y cómo no? Lo único que había recibido de su misma especie eran sentimientos lascivos, desprecio o miedo, casi nunca un sentir sincero, solo suciedad.
El no odiaba a las personas, pero tampoco le gustaban, solo permitía el acercamiento de una que otra que expresaba su agradecimiento de corazón después de curarles alguna herida y llenar sus estómagos.

Will prefería a los abandonados, a los heridos, gente que cargara con la oscuridad en sus almas, oscuridad que él mismo entendía y atesoraba.
Esa oscuridad que vivía dentro de él y que le había dado su poder, su magia. Esa oscuridad que lo alimentaba.
Ese pensamiento lo hizo sonreír un poco, la gente lo llamaba Bruja cuando ignoraban la verdad tras ese nombre, porque era real, Will sí era una bruja, o bueno… un brujo, un hombre tocado por la magia y bendecido por la oscuridad.
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BrujaWhere stories live. Discover now