Platos rotos

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Se supone que, si rompo un plato, tengo que limpiarlo, envolverlo en diario y tirarlo a la basura. Después también tengo que avisarle a mamá porque, bueno, hay que reponerlo, ¿no?

Probablemente, de haber roto un plato, me comería una bronca tremenda - Mamá siempre dice que la plata no cae del cielo - pero al menos sería solo un plato. Tal vez, me prohibiría ver la tele un par de días. Odiaba que hiciera eso. ¿A qué chica de once años le prohibían ver televisión?

De haber roto un plato, papá haría un chiste sobre mis manos de manteca, se pararía silenciosamente y haría caras graciosas a espaldas de mamá en lo que ella me tortura con su sermón. Si la iglesia aceptara tener un (¿o se dice una?) cura mujer, mamá sería una candidata imbatible. Es casi tan buena como Pedro, el sacerdote que predica la misa de los domingos, para hacerte dormir a medio salmo. Casi.

Pero, de nuevo, estas son todas cosas que pasarían si hubiera roto un plato, y sí pensar en el rostro arrugado de Pedro, dedicándole la misa a <<nuestro amado padre y esposo, Juan Luís Marras>>, no me contrajera el corazón entre espasmos.

Aunque los espasmos también pueden ser por el llanto. Desde el accidente, descubrí que llorar es doloroso a niveles más allá del sentimental. El médico me dijo que tenía que ver con algo de los puntos y que los tenía que dejar cicatrizar.

Me miro el pecho solo para reafirmar lo que ya sabía: hacía meses que los cortes se habían convertido en finas líneas blancas.

Ahora, lo que mancha de rojo el piso de madera recién lustrada de nuestro comedor, son mis pies. Y si hubiera roto un plato, con toda seguridad puedo decir que estaría llorando por el ardor que me generaba, y no por la abrumante cantidad de partículas grises que había derramado. 

El jarrón estaba en la encimera de la chimenea. Yo solo quería agarrarlo. Solo quería darle un abrazo como mamá hacía antes de irse a dormir, solo quería estar un poco más cerca de él.

Pero tengo manos de manteca, y soy una chica de once años que mide con suerte un metro cuarenta, y papá no va a hacerme caras mientras mamá me reta esta vez. Porque cuando la puerta de entrada se abre y sus ojos desconcertados caen en las cerámicas azules a mi alrededor, en el trocito con las iniciales <<J.L.M>>grabadas, en el montón de cenizas tapizando mis pies y por último, en mi rostro acartonado por las lágrimas, soy más consciente que nunca de que esto que rompí no tiene reemplazo.

Relatos de todas las personas que no quiero serDonde viven las historias. Descúbrelo ahora