OCHO.

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- Lucero, necesito de tu ayuda. -dijo Sophía, una de sus amigas. Lucero nunca encontró la confianza suficiente para para platicarle de sus asuntos personales, de hecho, sólo le contaba lo suficiente que debía saber, pero Sophía en ella encontró más que confianza.

- ¿Qué pasa?  ¿Todo bien?

- De hecho no. Necesito de alguien,  un consejo, un abrazo... -hizo una pausa para no romper en llanto en pleno pasillo- Eres la única persona que me queda.

- Claro que sí -limpió sus lágrimas- vamos a la cafetería -caminaron lentamente hasta ésta mientras Sophía lograba tranquilizarse- Cuéntame.

- Bueno, hace varias semanas, estaba en mi casa, recien llegaba. Estaba en la cocina buscando algo para cenar, y escuché que mi celular estaba sonando; así que corrí a contestar la llamada. Era Martín, me invitaba a salir, pero le rechacé porque estaba realmente exhausta y adormilada después de la reunión que organizó tu padre. No hubo problema alguno y cortamos la llamada. Terminé de cenar y caminé a mi cuarto. -Intentó recuperar la calma y la normalidad de su respiración.

- Bebe un poco de agua. -Le entregó la botella que llevaba con ella.

-Gracias. -Tomó un sorbo y continuó- Intenté descansar, pero fue imposible. Pasaron como 40 minutos más, y escuché que alguien tocaba la puerta, era Martín, y lo invité a pasar a la sala. -Miró a Lucero, con los ojos rojos y húmedos nuevamente- Tú me conoces... Sabes que yo no encuentro correcto que un hombre esté a solas con una mujer pero fue inevitable. -Notó que el semblante de confusión de Lucero había desaparecido casi por completo- Conversamos, me platicó cómo había estado su día, hblamos del mío, y seguimos conversando hasta que terminamos besándonos, confié siepre en mi control, pero él era más fuerte. Yo solo me separaba de él para recobrar el aire. -Lucero asintió- en cosa de nada me desvistió y yo a él -respiró profundo- y pasó lo que tenía que pasar... -cubrió su rostro con sus manos y se hundió en llanto de nuevo.

- No se cuidaron... -susurró.

- No, y creo que estoy embarazada. 

El silencio protagonizó los instantes anteriores a que Lucero le confesara que no sabía que decir.

- Sophía.... -llamó su atención- ¿Has hecho alguna prueba?

- No he sido capaz, el temor me derrota.

- Vamos a comprarla hoy, en la tarde, cuando salgamos.

- De acuerdo. 

- No te mortifiques, un hijo nunca es algo malo; al contrario, es un milagro que la vida te relagala... ¿Y Martín?

- No he querido hablar con él. -afirmó- Tengo miedo de que quizá me rechace,me abandone por estar esperando un hijo. A lo mejor me trata de ramera, regalada. Y un insulto de él, me dolería muchísimo.

- No te adelantes a los hechos. Eres una mujer hermosa, tiwnws el potencial para saliradelante, ya sea sola o casada, con hijos o sin ellos. No veas esta situación como una maldición, al contrario.

- Tal vez tengas razón.

*~*~*~*

--  ¿Qué pasa mamá?

-- Mariana me lamó. Me platicó de su discusión.

-- Ya.

-- Fernando, ¿Estás dispuesto a terminar tu relación con ella?

-- Sí, totalmente.

-- Es una decisión muy acelerada.

-- Si sigo con ella será por que ella así lo quiere, ¿y yo? Se supone que las relaciones son compuestaspor dos personas, y aunque suene egoísta, estoy dispuesto a terminar con ella.

-- No estoy de acuerdo. -afirmó con desdén- No encontrarás a alguien como ella.

-- Mamá, hablaré con ella, no interfieras. -Colgó la llamada.

Aunque Grabielleno lo aceptara, sus ilusiones siempre fueron ser abuela. Supuso que detrás de 3 años re noviazgo entre Fernando y Mariana, su deseo se cumpliría.

-- ¿Bueno?

--Mariana, tenemos que hablar, ¿podemos vernos?

-- Sí, dime en donde.

-- ¿Te parece si nos vemos en el parque central?

-- De acuerdo, a las seis y media.

-- Adiós.

Mariana es una mujer joven, bonita, es decir, no por nada corrió con la suerte de compartir tres años con Fernando Colunga. Era alta, con un cuerpo envidiable, su cabello era castaño claro siempre largo. Normalmente lo peinaba con delicadas ondas en la punta ya que estaba muy de moda; Su manera de vestir era fantástica teniendo en cuenta que todas sus prendas eran de diseñador. Para Fernando esa mujer fue siempre una reina. Al principio la veía con los ojos de deseo; para él ella era perfecta fisicamente. Nunca hubo ningún error en su anatomía, nada. Cuando Fernando se cansó de usarla para brindarse placer, pensó que tal vez podría combinar otro sentimiento a su relación. Nunca estuvo de acuerdo con las malas lenguas que aseguraban que ella estaba a su lado por interés. Siempre sintió amor de parte de ella, y no dudo en corresponderle. Tres años de relación con ella, le implicaron varios meses de monotonía, y desde hace algún tiempo dejó de verla como lo hacía al principio; ya se había cansado y necesitaba de alguien que lo hiciera sentir como antes.

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