Luna de sangre

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El frío invierno de Heidelberg, Alemania, azotaba a sus residentes quienes rogaban en silencio no ver ni el mas mínimo indicio de nieve, lo último que necesitaban en lo que seguro sería uno de los años más crueles de su historia actual era una espesa nube de liquido congelado cubriendo las puertas de sus hogares, y aunque nadie decía una palabra estaban seguros de que pasar horas con una pala golpeando a su criogénico enemigo solo para poder abrirse paso hasta la cochera seria el empujón que necesitaban para volarse la cabeza con una revolver (las cuales uno que otro guardaban detrás del inodoro en caso de cambiar de opinión).

A lo largo de esos condenados trescientos sesenta y cuatro días la bolsa de valores recibió un golpe mortal que acorralo contra una espada económica los cuellos de la clase trabajadora, en la mayoría de los países fue algo temporal, pero esta ciudad aun luchaba vigorosamente frente a una fuerza invisible, depositando su confianza en los altos mandos para que resolvieran sus problemas, por supuesto esto no les impedía lanzar algunas maldiciones de vez en cuando.

Se establecieron reglas no escritas debido a este fenómeno en particular: siempre que un extranjero rondara su campo visual debían expandir sus mejillas para mostrar una falsa sonrisa tan grande que cerrara gran parte de los ojos y repetir con el tono más amigable posible: "Las cosas nunca han estado mejor", y si, era un caso de orgullo nacional que llegaba al extremo de preferir la decadencia sobre la posibilidad de parecer débiles frente a las otras grandes potencias, pero se volvió un habito arraigado tan profundamente en sus mentes que era imposible cortarlo de raíz, era mucho más simple seguir la corriente, así evitabas pensar demasiado en el tema.

La población en general se dividía en dos grupos: los ancianos que afirmaban con el poco oxigeno restante en sus pulmones que morir en silencio como un héroe era mejor que gritar pidiendo ayuda como un cobarde, y los jóvenes que únicamente lo hacían porque todo el mundo lo hacía, en lo que un psicólogo definirá como ver, absorber y repetir.

Pero algo los impulsaba a no abrir la boca, y era la presión presente en la mirada de los vecinos al notar que alguien estaba por revelar algo, por insignificante que fuera, era un lenguaje no verbal desarrollado entre residentes; el "estamos mejor que nunca" para visitantes también significaba "te estamos vigilando" para los ciudadanos.

Ciertas compañías y clases superiores tenían prioridad financiera con el propósito de mantener la farsa, el primer objetivo era que aquellas palabras se convirtieran en algo tan plausible que transformaran dos mentiras en una verdad. Los bares, centros turísticos, iglesias y empresas de gran renombre recibían una generosa donación que era pagada sin protestar.

Nadie nunca escucho de alguien que se rehusara a colaborar, y no les emocionaba ser el primero, "sin importar las circunstancias debes dar tu parte" era la tercera regla.

Una academia de danza se enorgullecía de entrar en la lista de compañías favorecidas, el motivo; diez de sus bailarinas arrasaron en competencias internacionales y el dinero del premio era una de las razones por la que cientos de personas pudieron conservar sus empleos, en remuneración del préstamo ofrecido este tipo de estudio resultaba bastante generoso al ofrecer gran parte de lo obtenido a la lenta, pero existente recuperación financiera, (cuarta regla, la cual aplicaba también a todo centro deportivo u científico).

Este edificio en particular resplandecía con altas paredes blancas y un gran patio separado de las calles por una cerca de metal pintada de negro adornada con grandes y curcas letras doradas: "Heidelberg Campbell" era la única forma de identificación visible ya que su gran renombre lo exoneraba de la necesidad de presentarse.

Decenas de chicas y algunos chicos recorrían nerviosos la cerámica que señalaba la entrada ante esos imponentes escalones recién pulidos ya con sus trajes preparados, el ambiente al dar el primer paso en el interior de las grandes puertas era un universo completamente nuevo y desconocido donde un joven arrogante de veinte años, barba y cabello oscuro apenas apartaba la mirada de su computadora antes de indicarles la dirección del aula. el aire aplastaba sus cabezas de forma semejante a las esculturas griegas del titán Atlas siendo lentamente sometido bajo el peso del planeta...Fallar en un paso con la señorita Elizabeth significaba la expulsión, sin mencionar que la quinta regla le permitía conservar el dinero de la inscripción incluso si el alumno era, citando sus palabras; "un fracaso".

Las finas baladas de Mozart fluían cual olas de agua entre el angosto y maquiavélico pasillo con cuadros por doquier con esas hermosas jóvenes pintadas en la máxima expresión del arte del ballet.

El piano brindaba conforte y a la vez terror con su elegancia en las mentes de los iniciados que se adentraban voluntariamente a las fauces de la muerte, entre ellos se hallaba Crystal, una chica de dieciséis años cuyos nervios no le permitían dejar de mover sus ojos esmeralda de un lado otro igual a una pelota de Ping Pong, sus uñas sin esmalte rozaban sus dulces e inocentes labios rosas deseando desde el rincón más profundo de su alma que al llegar a la prueba de ingreso los rumores del monstruo que te rechazaba con solo sentir tu presencia fueran una broma, y que la señorita Elizabeth fuese una dulce mujer de treinta y tres años sonriente y disfrutara hornearle galletas a sus queridos estudiantes...

Finalmente sus pasos los guiaron al reluciente Nirvana del baile, donde aquella criatura que podía controlar el resto de sus vidas con una palabra arreglaba su cabello con un moño y sus pómulos resaltaban su rostro recién maquillado, su mano hizo un extraño movimiento que la virginal Crystal interpreto como exasperación al percibir a los recién llegados, no tardo en escupir su veneno en forma de oraciones.

-Les diría que antes de enseñarles a bailar tendrán que aprender modales, pero seamos realistas...La mayoría de ustedes no durarán aquí lo suficiente así que vayamos al grano- de su bolso de mano (que obviamente combinaba con sus zapatos) sacó unos pequeños lentes con un corte casi invisible en el costado derecho y con su dedo índice los arreglo entre su nariz, desfilando sus globos oculares de uno en uno juzgando en total secreto.

-Se sentaran en aquella esquina hasta que diga sus nombres-dijo con su largo dedo apuntando a un rincón frente a los múltiples espejos-y trataran de no acabar con mi paciencia.

Esas órdenes estremecieron sus corazones hasta el punto de sentir que explotaban en el interior de sus pechos cortando su respiración, afortunadamente sus piernas obedecieron su instinto de inmediato, la rubia de ojos verdes se lanzó al suelo tan de prisa que sus glúteos recibieron un leve pero punzante golpe contra el suelo, su espalda se arqueo y pellizco el inicio de su brazo para no soltar ningún grito de sorpresa. Trato con todas sus fuerzas de olvidarse del dolor cruzando sus delgadas piernas, desapareció tan repentinamente como llegó.

-¿Estás bien?

La más dulce de las voces resonó en su oído, a Crystal se le erizaron los cabellos de la nunca ante su delicado tacto y quedo paralizada, provenía de la derecha, pero la ansiedad que le producía el hecho de que la directora la atrapase iniciando una simple conversación le impidió girar la cabeza.

El áspero sonido del llamado de la prueba la sacó de trance, pero no pudo escuchar el nombre elegido, ¿Qué pasaría si se trataba de ella y no se levantaba?, ¿Qué pasaría si lo hacía y no era su turno?...Como caída del cielo la respuesta le fue ofrecida por la figura a su lado que caminaba elegantemente al centro del escenario, por un segundo logró ver a esa hermosa desconocida ver en su dirección y dedicarle una exquisita y pura sonrisa que supo entonces aquella voz debía pertenecerle.

-Quiero que le digas a la clase tu nombre, luego veremos si me sirves de algo-la señorita Elizabeth entrelazaba sus manos en la silla con un gesto que les recordaba a sus estudiantes las tétricas pinturas de los tres jueces del Hades.

-Soy Lilith, debo decir que he escuchado mucho de usted y es un honor verla en persona-respondió la extraña.

Sin ofrecer respuesta la mujer dio la señal a su equipo de reproducir la grabación de una de las obras maestras de Beethoven, eran muy escasas las ocasiones en las que no elegía autores clásicos, ya que consideraba la "música" actual, si es que podía llamarse de esa forma, una tortura a sus refinados tímpanos.

Desde los primeros segundos de haber iniciado la sinfonía la pelirroja deslizó sus delicadas manos por su rostro hasta su corta cabellera que simulaba un aro de rizados mechones de cobre por encima de su cabeza, con algunos escapando a sus ojos, sus brazos y piernas se volvieron piezas de arte expresando la historia relatada por la canción a la perfección. Caía al suelo, deleitando al público con la sensualidad de sus giros y gran flexibilidad y se reincorporaba de nuevo, y sus ojos ¡Oh! la gloria y seducción de sus ojos que atraía perdidamente a los creyentes cual sirena a su pobre marino con su vigoroso brillo azul cielo, pero aun mas con la inusual forma alargada de sus pupilas iguales a las de una serpiente, imposible pasarlo desapercibido, y Lilith parecía orgullosa de ello.

Sus extremidades se expandían y contraían en un frenesí que a todos, en especial a Crystal hipnotizaba profundamente al punto de temer parpadear y perderse algún detalle.

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