Un girasol entre la niebla

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Siempre creí que el mundo estaba dividido en dos partes; la buena, llena de girasoles que miraban siempre hacia el sol, no apagándose nunca, sin tempestad ni lluvia, inocentes de los amargos sabores de la vida, y la mala, corrompida y rota, donde el más fuerte se impone sobre el más débil, donde la inocencia y la bondad no son bienvenidas.

Siempre me gustó Demian, aquel libro que leí en aquellos tiempos donde fui empujado al mundo frío sin color, dejando atrás mi jardín de girasoles y la inocencia de una vida colorida y sin problemas. Tal y como Emil, caí desprotegido en aquel corrompido mundo.

Escuché una bocina que me hizo salir de mis pensamientos, me encontraba en la mitad del paso de peatón, absorto en mis pensamientos. Al darme cuenta me disculpé con un gesto y seguí mi camino hacia el parque.

El parque al que iba era un lugar solitario que descubrí una tarde tras volver del instituto, desde entonces iba allí cuando necesitaba pensar o estaba enfadado y decepcionado del mundo. o Simplemente para dibujar, estudiar o pasar la tarde.

A los pocos minutos llegué y fui a sentarme bajo mi ciprés favorito, saqué mi bloc de dibujo y me perdí en la hoja en blanco y mi lápiz, listo para plasmar cualquier objeto o animal que rondara por allí.

Al alzar la cabeza lo vi, a Soonyoung. Íbamos al mismo instituto, él era un año mayor pero solía coincidir con él en los talleres de la tarde, cuando yo me dirigía a mis clases de piano y él a la habitación continua, al taller de danza.

Tenía el pelo negro por la frente, los ojos, del mismo color, eran los más afilados que había visto en mis 14 años de vida, pero, cuando sonreían, podrían derretir hasta al más grande iceberg. Tenía unas mejillas altivas y adorables, pero que contrastaban con su afilada mandíbula, siempre lista para cortar cualquier cristal. Su sonrisa, al contrario que sus fríos y pequeños ojos, era adorable, la sonrisa más bonita que había visto nunca. Cuando sonreía sus pómulos subían y sus ojos se transformaban en dos pequeñas ranuras de luz y sus dientes, blancos, se mostraban grandemente. Su cuerpo, de piel blanca, algo más bajo que yo, comenzaba a coger forma, señal del paso de la adolescencia a la madurez, era más ancho que el mío.

Al contrario que yo, un chico con el pelo castaño y un poco más largo, los ojos grandes y alargados, avellanas, con orejas puntiagudas y pequeñas. Mi cuerpo, al contrario que el de Soonyoung, era delgado, sin apenas músculos, sumido en un creciente dolor sin una causa conocida. Era algo más alto que él, poco, pero tenía la impresión de caber perfectamente entre sus brazos.

Siempre lo veía rodeado de sus amigos, sonriendo y jugando, ajeno al frío mundo exterior. A veces pensaba si yo era el único que veía el lugar en el que habitaba como el lugar más frío e insensible de la tierra, lleno de personas aterradoras y malas.

No hablábamos mucho cuando nos encontrábamos, así que no me acerqué a saludarle. Claro está que utilicé esa excusa para esconder mi gran timidez, que contrastaba con su personalidad jocosa y extrovertida.

Me auto convencía a mí mismo de cuanto lo admiraba cada vez que se me acelereba el corazón al verlo, yo nunca había pensado en el amor como algo que compartían dos personas ajenas entre sí. Al menos el amor de aquella persona no era así, ese amor dolía, hacía que se me acelerada el corazón al verlo, pero de terror. Aquella persona era oscura, retorcida.

Si el mundo se dividía en dos partes, una buena y otra mala, él era la oscuridad, el dolor, mientras que Soonyoung era uno de los girasoles más bonitos que habitaban en aquel mundo inocente.

Cuando me levanté, dispuesto a alejarme de Soonyoung sin ser visto, pisé una rama que hizo que se sobresaltara y volteara a verme. Me sonrió y me saludó con la mano a lo que solo atiné a sonreírle torpemente mientras me sonrojaba y huía de allí.

Iría a mi casa a hundirme entre las notas del piano, ajeno a la frialdad que cada vez me congelaba más y más.

Cuando llegué a mi casa, tras saludar a mis padres, subí a mi habitación dispuesto a sentarme frente al piano.

Mi habitación era mi refugio, tenía una cama matrimonial en el medio de color verde bosque con un peluche en el centro, regalo de un viejo amigo. En frente, se hallaba un escritorio de madera clara con blocs y materiales de dibujo mezclados con numerosas partituras, destacando a Chopin, a Yann Tiersen y a Ludovico Einaudi. Justo arriba se encontraba una gran estantería con numerosos libros, que cubrían toda la pared hasta toparse con un armario de madera oscura a la derecha, en el rincón. A la izquierda del escritorio se encontraba un gran balcón con un caballete y un lienzo del paisaje a medio pintar. Y, por último, entre el balcón y una de las dos mesitas de noches que rodean a la cama, en encontraba el piano de pared, cuya madera era clara y desgastada, al igual que las teclas y su silla, blancamente mullida.

Pero un sonido proveniente de mi móvil acaparó toda mi atención.

Me dirigí hacia la mesita de noche y cogí mi móvil, lo encendí y mi cuerpo se congeló nada más ver al dueño del mensaje.

~Te espero mañana tras las clases frente al piano, seré yo quien te de las lecciones. Te quiero y ni se te ocurra no aparecer~.

El miedo y la ya conocida sensación de ahogo llegaron a mí, mareándome en el intacto. Aterrado y con un creciente dolor en el pecho, solté el móvil y me dirigí a mi baño personal a mojarme la cara para tranquilizarme.

Me miré al espejo y me intenté auto convencer de que no pasaría nada, él no me haría daño, tan solo era un profesor y amigo de la familia al que conocía de niño. Aquellos actos que me aterraban eran tan sólo producto de la imaginación de un niño de 14 años.

Con ese pensamiento y con menos dolor, me dirigí a mi cama y me tumbé, preparado para otra noche más llena de insomnio.

Oasis de girasoles (Soonhao/H8shi)Histórias para pegar e não largar. Descubra agora