La Desgracia.

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Tic toc, tic toc...

El tiempo estaba transcurriendo, la ansiedad que sentía esta vez no se comparaba con ninguna otra.

En la sala de espera solo habíamos cuatro personas.

Ahí me encontraba yo, cabizbajo, inmerso en mis pensamientos, de esos que nublaban mi mente.

La puerta se abrió, del consultorio 3 salió un aciano, con una tos que parecía que lo iba a matar. Tras él, el Dr Weber. 

Se depidieron, y el doctor no olvidó recordarle tomar su medicina. Miró una hoja que traía en la mano, acomodó sus lentes y se acercó el papel para poderlo leer mejor.

—Arturo Friedrich. — dijo mientras buscaba entre las personas, su próximo paciente. 

Me levanté del asiento, me dirigí hasta donde él se encontraba, entonces supo que era yo.

—Pasa. — hizo un ademán con su mano, entonces entré primero y el cerró la puerta.

— ¿Cómo te encuentras Arturo?— me preguntó en cuanto el se sentaba frente a su escritorio. — Toma asiento por favor.

Me senté, sobre una de sus sillas color negro. Un poco cómodas al parecer.

— Gracias. He estado un poco mejor. La fiebre ha cesado y mi apetito ha vuelto.

— ¿Te has estado tomando la medicina?

Asentí con la cabeza, él sacó un sobre de una gaveta de archivos y me lo entregó.

Descansó el codo sobre la mesa, empuñó su mano y reposó su barbilla sobre la misma. Sus canas caían sobre su frente, parecían finos hilos de nieve, al igual que sus cejas.

Abrí el sobre con cierta incertidumbre. Trague con dificultad, y sentí sudar la gota fría sobre mi espina dorsal. 

 

La desgracia entre letras.

Eis (es)Where stories live. Discover now