Después de salir del manicomio, Andrea decide rehacer su vida en la ciudad. Ahí conoce a Brayan, quien, según ella, es el amor de su vida. Sin embargo, él no la quiere de la misma forma.
Convencida de que está confundido, Andrea idea un plan para se...
Brayan Correa era el hombre más apuesto del universo. La primera vez que nuestras miradas se encontraron, me sentí cautivada. Él me observaba desde el interior de su casa con una expresión de viva intriga, mientras yo lo contemplaba a través del cristal de la ventana.
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Simplemente adorable.
Al instante, mi corazón supo que él correspondía a mi afecto. Recordé haber leído en un libro de psicología que el nerviosismo en la presencia de alguien es una clara señal de atracción. Sin embargo, me pidió que me retirara de su propiedad o llamaría a la policía, así que decidí concederle un poco de espacio para que meditara sobre lo que de verdad sentía por mí.
Soy una chica sumamente considerada.
Nuestro siguiente encuentro fue obra del destino. Por pura coincidencia, pasé por la estación de bomberos donde él cumplía sus labores. Lo vi salir con su maletín a la espalda y aquel uniforme que lo hacía ver como un verdadero galán. Lo esperaba con una pequeña caja de chocolates; un detalle afectuoso para recordarle mi cariño, tal como debe hacer toda buena mujer con su hombre.
¿A quién no le gustaban los chocolates?
A él no, al parecer, porque los apartó con un movimiento rápido. No lo culpé; fue mi error no preguntarle sus preferencias.
—Mira, déjame en paz, por favor —dijo, con voz tensa.
¡Claro! ¡Estaba exhausto! Solo deseaba volver a su hogar tras una jornada agotadora de trabajo. Pobre criatura.
—¿Te gustaría que te llevara? —le pregunté con dulzura—. Mi vehículo es espacioso y cómodo.
—No —respondió con un dejo de molestia, quizá por lo exhausto que se encontraba—. Mi compañero pasará por mí. Por favor, vete.
¿Su compañero? ¿Acaso había alguien interponiéndose en nuestra relación?
El mencionado llegó minutos después. Vi a Brayan marcharse con aquel sujeto, mientras este me dedicaba una expresión cargada de malicia. Fue en ese instante que descifré su verdadera identidad, no tenía dudas. Había visto múltiples películas y leído historias al respecto: era un brujo. Y no solo eso, había usado un conjuro para engatusar a mi prometido.
No podía tolerar que siguiera en ese deplorable estado. ¡Mi misión era salvarlo y consumar nuestro amor!
Impulsada por la determinación de liberarlo de su encantamiento, acudí a una vieja amiga en busca de asesoramiento. Ella era una erudita en artes oscuras y se hacía llamar Cleopatra. Tras exponerle mi problema, me facilitó una lista detallada con las instrucciones para un antiguo rito que restauraría la voluntad de mi amado.
Me contó que venía de Haití y allá se hacía muy seguido. Confundida, me otorgó un extraño polvo y explicó que era parte del proceso. Según las leyendas, el polvo de hada podía revertir cualquier maleficio. Debía untarlo por todo su cuerpo.