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Sandra jugaba con sus amigas en el patio del colegio a la hora del descanso a saltar en la comba dos días después de la petición del perro. Ahora le tocaba entrar a ella para saltar cada vez que la cuerda pasara por sus pies, con el fin de que no le diera y no parara de girar. Sus amigas habían dado bastantes saltos, por lo que estaba nerviosa antes de empezar. Pero se concentró, cálculo la velocidad de la comba y al fin, con un fuerte impulso, entró en el remolino de cuerda, comenzando a saltar.

Mientras lo hacía, miró, sin perder la concentración, hacia el exterior del patio, el cual estaba protegido con unas verjas rojas de metal, y un perro que pasaba por allí desvió su atención del juego, haciendo que la cuerda le diera en los pies por no haber saltado a tiempo.

Se quedó un rato parada mirando al animal, sin oír las voces de sus amigas que le decían que había perdido y que se quitara porque le tocaba a otra.

Al fin volvió en sí y se acercó a la verja, diciendo a sus amigas que enseguida volvía. El perro, sucísimo y tan delgado que se le marcaban las costillas, parecía estar buscando algo, y Sandra supo de inmediato que se trataba de comida o agua. Le dio tanta pena que casi rompió a llorar, pero se le ocurrió algo.

Volvió  al lugar en el que estaba jugando con sus amigas y cogió su mochila rosa del montón en el que todas las dejaban. La abrió y sacó un bocadillo envuelto en papel de plata y su zumo de piña. «Menos mal que no me lo he comido todavía», pensó. Regresó a la verja y llamó al perro, que aún seguía olisqueando el suelo.

—Chsss, perrito. —El can, de un color gris que Sandra imagino había sido blanco alguna vez, giró la cabeza y se acercó a ella cojeando. Sandra abrió el bocadillo rompiendo el papel y lo partió por la mitad. Cortó un cacho más grande que otro, y ese fue el que dio al pobre perro—. Toma. —Estiró la mano entre las rejas y el animal cogió el cacho con tantas ganas que Sandra se asustó un poco; pero enseguida se la pasó y comenzó a comerse ella también su mitad.

El perro no tardó ni medio segundo en engullirlo y miró con unos ojos tristes a Sandra y a su cacho de bocadillo, más al segundo que a la primera. Ella se dio cuenta y le ofreció lo que le quedaba; no tenía hambre.

Cuando acabó con esa mitad, Sandra buscó en la mochila sus tijeras y con ellas cortó la parte de arriba del rectangular cartón del zumo de piña, luego lo sacó a través de la reja y sin dejarlo en el suelo, el perro comenzó a beber rápidamente. Un momento después, sonó la campana que indicaba el fin del recreo, por lo que se despidió de su nuevo amigo, muy triste, porque sabía que más tarde, o al día siguiente, el perro volvería a tener hambre y sed, y si no iba allí otra vez y ella lo veía, nadie le daría de comer ni de beber.

Durante las dos últimas clases que tuvo después del descanso, no dejó de pensar en ese pobre perrito y en quién le habría abandonado y por qué. No entendía cómo alguien podía hacer eso y la enfadaba bastante que una persona dejara a un animal morir de hambre, de sed o de frío.

Una vez en su casa, mientras comía con su madre, pues su padre estaba trabajando, se lo contó.

—Hoy he visto en la calle a un perro abandonado, mamá —dijo medio irritada y medio apenada.

—¿No te habrás acercado a él? —preguntó su madre preocupada.

—Claro que sí —contestó confusa—. ¿Por qué no me puedo acercar?

—Porque te podía haber mordido, cariño.

—Ese perro no mordía, mamá. Lo único que quería era comer y beber. ¡Estaba muy delgado! Así que yo le he dado mi bocadillo y mi zumo. No entiendo por qué la gente hace eso. ¡Esas personas son malas!

¿Qué piensan los perros?Where stories live. Discover now