Una palabra que no se puede olvidar en una brisa.
Perdón, por no regresar.
Lo siento, por lo egoísta que soy—The Rose.
El ruido sordo de los gritos se silencia y el eco en la habitación deja de revotar contras las paredes, en cambio ahora un silencio es todo lo que envuelve su alrededor. Manuel camina inquieto, dudando sobre qué tiene que hacer. Dudoso sobre lo que quiere hacer.
El aire en sus pulmones parece cortarse y la sensación de respirar duele malditamente tanto como si estuviera tragando un centenar de espinas. De alguna manera logra respirar y calmar el alborotado palpitar de su corazón. Manuel siente que va a vomitar, siente que tiene una cantidad considerables de palabras que decir y no encuentra la manera de hacerlo. Manuel siente el temblor en sus manos y el cómo su temperatura corporal pareció descender unos cuantos grados.
Algo había aterrándolo y él está seguro de que fueron las anteriores palabras de Martín.
No hay manera de que pueda aceptarlas y continuar con su vida como si nada hubiera cambiado. Las cosas jamás podrían ser igual a unos veinte minutos atrás.
Manuel se siente al borde de un acantilado cuando llega a su habitación, siguiendo los pasos del otro. Está temblando y apoya su cabeza contra el marco de la puerta. Sus ojos barren por toda la habitación hasta llegar a Martín.
El cuerpo grande de Martín sentado a la orilla de la cama, con sus manos perdidas entre sus mechones rubios y desordenados. Él está demasiado frustrado como para mirarle o con una cantidad repugnante de culpa que no le permite hablar. Hay solo silencio entre ambos y Manuel sabe que nada bueno saldrá de ello. Él más joven lo conoce y sabe de la lucha que hay en esa cabeza preciosa. Manuel lo conoce tan bien que sabe lo que tiene que decir. Conoce las palabras que Martín se muere por escuchar. Sabe las palabras que no necesita, y tal vez Manuel decida ser egoísta.
—Te amo.
Hay un montón más de silencio que llena la habitación. Manuel siente su estómago caer, no se supone que las cosas salgan así. ¿Dónde quedó el Martín con alma de cachorro? Ese que corría feliz a llenarle la cara de besos. Ahora, al medio de esa calma que no quiere solo es capaz de escuchar los ruidos del latir de su corazón y la bulla que nace en su cabeza, aterrándolo aún más.
Sus oídos mueren por escuchar un también te amo de parte de Martín, pero es algo que no llega nunca y el eterno silencio—que lo hace morir un poco— permanece imperturbable.
Tal vez no hay un punto de retorno para ellos.
—Dime algo, Martín—pide con la voz temblorosa, el rubio todavía parece no querer hablar. —Así no es justo.
—Nada es justo. Ya te dije todo lo que necesitabas saber, Manu.
Él se encoge por supuesto. Vuelve a mirar por toda la habitación de Martín. Su habitación también. Hay fotos llenando una pared, fotos de ellos hace unos años, de sus amigos, las fotos que tomó del cumpleaños número veinte del argentino. Manuel se acuerda de ese día, fue la primera vez que grabaron una pista en un estudio de grabación, habían terminado un poco mojados en el trayecto de vuelta a casa por la lluvia pero poco importaba porque estaban felices. Manuel se acuerda de las cervezas y las pizzas que habían compartido con Sebastián. Las risas que habían llenado por completo el departamento, su hogar, de él y Martín.
—No puedes dejarnos ¿qué vamos a hacer, qué vas a hacer?—Manuel le pregunta rápido, siente sus ojos llenarse de lágrimas— Somos un equipo Martín, una familia.
Manuel por supuesto se siente herido, un profundo dolor creciendo dentro de su cuerpo. Martín acuna su cara y sus dedos dejan caricias suaves en sus mejillas quitando las lágrimas.
