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Me pesaban los párpados y tuve que luchar por abrirlos hasta que lo conseguí. Me sentía agotada. Un fuerte dolor me presionaba la cabeza. Cuando conseguí despejarme del todo descubrí con terror que me encontraba atada a una silla. Miré a mi alrededor, atemorizada, y comprendí que estaba en una especie de cueva con las paredes de arena blanquecina. Gran parte de estas estaban salpicadas de sangre seca. No había mucha luz y la poca que me concedían un par de bombillas colgando del techo, me permitió ver lo suficiente como para saber que ese lugar no me resultaba familiar. Unos metros más adelante, mis ojos encontraron una mesa con grilletes. Casi por acto reflejo me pregunté dónde estaban mis padres; como si ellos tuviesen algo que ver en esto.

El olor fétido de ese lugar despejó mi mente y volví a examinar el sitio donde me encontraba para buscar una vía de escape.

Mi búsqueda se vio interrumpida cuando escuché a lo lejos el grito desgarrador de una chica. Me quedé muy quieta. Como si eso fuera a contestarme las mil preguntas que se amontonaban en mi cabeza. Quien quiera que fuese la persona que gritó, no estaba en mejor situación que yo.

Quizá debía estar más asustada —que lo estaba—, pero no lo suficiente teniendo en cuenta que había sido secuestrada y atada en un lugar desconocido. En el fondo sabía que si me dejaba vencer por ese enemigo llamado miedo, menguarían mis posibilidades de escapar.

Intenté desatarme, pero las cuerdas estaban muy bien anudadas. Aun así continué removiéndome para intentar aflojarlas a pesar de que la fricción de las cuerdas me dejaba la piel en carne viva. Los ojos se me llenaron de lágrimas a causa del dolor y pronto noté el calor de la sangre resbalar por mis muñecas. Después de casi cinco minutos desollándome la piel, escuché un ruido proveniente de la única entrada que había en aquella cueva. Al levantar la vista, la luz tenue me permitió ver la misma silueta que me atacó en la casa. Sentí como clavaba sus ojos oscuros sobre mí. Mi vista era buena y pude ver hasta el bronceado natural que brillaba en su rostro. Tenía las mejillas repletas de cicatrices. Tanto su estatura como la elegancia de su cuerpo me intimidaron y mis hombros se tensaron. Vestía completamente de negro, dando más agresividad a su ya impactante figura. Su mirada se tornó irónica.

No sabía quién podía ser pero tampoco deseaba averiguarlo. Lo único que yo quería era salir de allí con vida. Por ello, me concentré en las cuerdas y aceleré mi forcejeo cuando vi que se acercaba a mí.

Emprendí una lucha cuerpo a cuerpo contra la silla para liberarme y, pese a que me estaba descarnando literalmente las muñecas, estas cedieron, dándome la libertad deseada. Me puse de pie, tratando de huir. Él me agarró del brazo con fuerza y grité de dolor. Me abofeteó y me tambaleé. Me sujeté a la silla para no caer al suelo. Cuando conseguí mantenerme en pie me di la vuelta y le mordí con todas mis fuerzas para que me soltara. Escuché su quejido de dolor y me volvió a abofetear, esta vez tirándome al suelo. Allí me quedé, llorando con un sentimiento de impotencia y miedo.

—Tus padres tenían razón —oírle decir estas palabras, con un tono de voz frio y sereno, me hundió más en mi miseria cuando comprendí que mis padres estaban metidos en este asunto—. Me dijeron que tuviera cuidado contigo. Que eras muy resbaladiza.

— ¿Quién eres? —Le pregunté, intentando ocultar lo asustada que estaba.

—Me llamo Chester Copernell. —Me miró de reojo mientras se colocaba unos guantes de piel en las manos—. Debes saber que tus padres me han contratado para que me encargue de la ceremonia.

— ¿Qué ceremonia? —Manteniendo el mismo tono de voz.

Se sentó en la silla que antes ocupé yo y continuó hablándome haciendo caso omiso a mi pregunta.

La Cámara Oscura (Vol.1)¡Lee esta historia GRATIS!