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Gerard se había levantado más temprano que de costumbre, era domingo; sus padres y su hermano aun no despertaban. Tenía un tazón de cereal recién servido en la barra de la cocina y a Frank sentado en una de las sillas altas con una taza de café en mano. El chico había estado llamando a la puerta desde antes de que fuera decente levantarse. Tenía la cara roja, sonreía grande y con el brillo en sus ojos enormes delataba solo un montón de travesuras.

Gerard conocía de sobra esa expresión, imaginar que había hecho Frank era difícil y más estando medio dormido. Casi derramó su cereal dos veces, pensaba volver a la cama en cuanto su amigo se fuera. Y esperaba que Frank se fuese pronto.

—¿Me vas a decir qué hiciste, Frank? —dijo entre un bostezo, hábito horrible pero tenía sueño.

—¡No hice nada, Gee!, ¿qué no puedo sólo visitarte?

—No pasan de las ocho, ¡y es domingo! —se acomodó mejor en la barra, jugando con la cuchara del cereal: —Deja de sonreír como idiota y dime ya, para que pueda volverme a dormir...

—Jam y yo finalmente...

Frank no dudó al decirlo, sonó tan natural y con muy poca vergüenza y Gerard sintió que lloraría ahí mismo. Quizás era como regresar en el tiempo; un par de meses antes, Frank diciéndole que gustaba de alguien en específico, alguien difícil... Dando tantas señales que Gerard llegó a pensar que se trataba de Cara, su amiga de infancia, y no de la hermana de su matón personal. Gerard miraría al cielo pensando "tiempos aquellos" si aquellos tiempos hubiesen sido buenos.

—... lo hacen ver más mágico de lo que realmente es, no fue la gran cosa...

Claramente mentía, significaba el mundo para él y Gerard podía verlo a través de sus gestos desinteresados hechos a voluntad, tenía un ligero rubor en las mejillas que no se borraba y la mirada en sus ojos... No se comparaba a cualquier otra nimiedad que lo hubiese hecho feliz en el pasado; aquello era algo más especial.

Por eso había tocado a su puerta antes –mucho antes– del medio día en un domingo. Frank tenía un mar de emociones a flor de piel y Gerard era como el sustituto de un diario para él; almacenaba toda información que Frank estuviese dispuesto a confiarle y recordaría absolutamente todo sin que se lo pidiera. 

Gerard se obligó a reír, seguía siendo su mejor amigo y ocho años no pasarían en vano nunca. Iba a alegrarse de su felicidad incluso si eso significaba que él se sintiese miserable, Frank lo valía, valía más que su viejo, pequeño y tonto enamoramiento.

—¡Ya era hora! Creo, no sé de estas cosas, ya sabes— sonrió, usó un tono de voz demasiado alto y sus ojos tristes evitaron mirar a Frank de frente.

—La quiero, Gee. De verdad lo hago, yo... no creí sentirme así nunca.

De pronto todos los pingüinos en el mundo murieron, Júpiter se estrelló contra Australia y el corazón de Gerard se hizo pedacitos...

Por supuesto que la quería, ¿por qué no habría de hacerlo? Jamia Nestor era un encanto de chica, era tan amable, simpática y de lo más guapa. Y quería al paquete completo, que incluía a Gerard y a todos los amigos cercanos de Frank en un combo para llevar. Incluso a Michael, el hermanito de Gerard.

—Jam es maravillosa, y tan bonita...

—¡Oye! Si no supiera que no te van las chicas, pensaría que te gusta mi novia. Y estaría muy celoso, te adora.

Gerard soltó una risita alegre, casi terminaba con su cereal y el sueño se había ido por completo. Frank se rió por su mal chiste, tan escandaloso como solía ser.

—Tal vez deberías conseguirte un novio. Te abandono muy seguido y quizás así podríamos tener esas citas dobles que hacemos con Ray y Christa.

—Entonces serían triples, Frankie.

—¡Aún mejor!

Gerard no estaba de acuerdo, tragó y miró a todos lados por si alguien decidía aparecer pero eso no paso. No quería seguir con el rumbo de la conversación.

—No he encontrado a alguien que me guste, y si lo encuentro, no creo gustarle de vuelta.

Mentir a veces le era tan fácil, casi como respirar pero no mentía, al menos no del todo. Gerard las consideraba mentiras a medias piadosas y Frank nunca dudaba de su palabra.

—Eso no suena muy positivo, Gee. El amor te mantiene amable.

—Tal vez te hace idiota. —dijo un poco apenado, con la cuchara a medio llenar. — Digo, tienes, eh, intimidad con tu novia por primera vez y lo que haces es venir a mi casa a contármelo en lugar de pasar el día entero con ella...

—No es que hubiese sido mi primer impulso, nos íbamos a dormir y su hermano entró a la habitación sin tocar. Casi me mata, tenía que huir.

—¡¿Cómo pudieron ser tan idiotas?!

—¡Se suponía que no habría nadie en su casa por el fin de semana!

— ¡¿Qué te garantiza que Evan no te mate después?!— dijo Gerard con una cara de espanto y su voz lo reflejaba muy bien: —Si a la próxima no está Jam ahí, no tendrá piedad; sin mencionar que-

—Evan no va a golpearme por eso, no tiene el derecho. Jamia está viviendo su vida, como él también lo está haciendo.

Ambos se encogieron de hombros, Frank tenía razón.

—Te escuché hablando con Frank.

Gerard suspiró, se arrojó a su cama y se quitó los zapatos con una sola mano, frunció la nariz y sintió que iba a ponerse a llorar.

Su hermano menor lo observaba serio desde su propia cama al otro lado de la habitación, tenía el pijama puesto y el ceño tan fruncido que sus lentes se resbalaban por su larga nariz. Recién iban a costarse, Frank pasó todo el día por casa y apenas se había ido. Al pasar los años, toda la familia Way apreciaba a Frank como a un miembro más y Mikey no era la excepción.

Mikey siempre había sido tranquilo y demasiado observador para su propio bien, combinaciones horribles si jugabas en su contra, pues a sus cortos catorce años tenía la determinación de odiarte con todo su ser si osabas lastimar a los suyos. Y Frank estaba haciéndolo.

Aunque no de manera consciente.

—Uh, Mikey, no-

—Deberías decirle— le interrumpió, con esos aires de sabiondo que traía siempre y su tono de voz era más áspero; no tenía ese toque de cariño que siempre llevaba para Frank: —Sino te corresponde al menos evitaras que te cuente ese tipo de cosas tan a la ligera. Te está lastimando.

—Es mi mejor amigo, Mikey— dijo Gerard con una mueca: —Además, la quiere. Mucho. No cambiaría nada si le dijera.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? No puedes huir de tus sentimientos para siempre, tarde o temprano lo sabrá.

—Prefiero que sea tarde, mucho, muy tarde.

Michael suspiró una vez, extendió sus propias mantas y se acomodó entre sus almohadas, se durmió pasados quince minutos. Gerard le siguió un par de horas después...

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