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Marcos notó el fresco de la tarde en su espalda cuando la puerta de la casa fue abierta. Su concentración fue interrumpida y no vio el golpe directo que le encajó Joseph en el mentón. En realidad no le dolió tanto como esperaba. Su padre pegaba con fuerza pero no lo suficiente como para hacerle un daño irreparable. Marcos le clavó los dedos en los ojos y aprovechó el momento de ceguera de su padre para vigilar a Jeriel. Tuvo el tiempo suficiente para mirar a todos lados y ver que su hermana no estaba. Sus ojos se encontraron con los de su madre, apoyada en el marco de la puerta del salón y sin ganas de enfadarse por la pelea. Joseph refunfuñaba de dolor tratando de despojarse de las manos de su hijo. Pero Marcos no aflojó y le mantuvo aplacado. Miró hacia la puerta de la casa y la vio abierta, comprendiendo al instante lo que estaba sucediendo. Apartó a su padre de un fuerte empujón que lo tiró al suelo y corrió en busca de Jeriel.

Al salir de la casa sintió una ligera brisa que refrescó su rostro enrojecido por el esfuerzo de la pelea. Echó un vistazo al exterior y a lo lejos pudo verla corriendo por la arboleda.

— ¡Jeriel! ¡Vuelve ahora mismo! —Gritó antes de comenzar a correr tras ella—. ¡No me hagas ir detrás de ti!

Era inútil que gritara. Lo sabía. No conocía una persona tan obstinada como ella y de poco valdría que malgastara sus fuerzas en gritar.

Pronto ganó terreno. Los olores de las flores y los árboles impregnaban su piel cuando se rozaba con las ramas. Cuando apenas la tenía a un par de metros delante de él volvió a llamarla para que aminorara la velocidad.

— ¡Jeriel, espera! ¡Soy yo! —La espesura del bosque empezó a desaparecer y una explanada apareció frente a ellos. Mejor, pensó él, era más rápido en campo abierto. Sus piernas cogieron más velocidad y alargando el brazo alcanzó la camiseta de Jeriel, tirando de ella con fuerza.

— ¡No! —gritó ella cuando se vio rodeada por los brazos de su hermano.

— ¡Basta ya, Jeriel! ¡Quédate quieta!

Jeriel, de pronto, obedeció y paró de rebelarse. Se deshizo del abrazo de su hermano y se dobló para recuperar el aliento, algo que él también hizo.

— ¿Se puede saber por qué has huido? —esperó una respuesta de su hermana, pero no la obtuvo—. ¿Eres tonta? ¡Ahora, con mayor motivo, pensará que has sido tú!

— ¡Es que he sido yo! —confesó irritada.

— ¡¿Qué?! ¿Te has vuelto loca? ¿Por qué has hecho semejante estupidez?

—Porque estoy harta, Marcos. Ya no puedo más. No puedo esperar a que planees otra fuga que nunca tendrá éxito.

—Gracias por el voto de confianza. —Le reprochó jadeando.

— ¡Sabes que es verdad lo que digo! Nunca podremos escaparnos. Siempre nos descubren.

—Vale. No cambies de tema. ¿Por qué has cogido la pistola de papá?

—Yo que sé —dijo con amargura—. Se me pasó por la cabeza amenazarle o algo así.

— ¿Amenazarle? —Marcos sonrió cínicamente a su hermana—. Y después, ¿qué ibas a hacer? ¿Esperar a que hiciera caso a tu amenaza? ¡¿Realmente pensabas que eso iba a surtir efecto?!

—No lo sé, Marcos… estaba desesperada —respondió Jeriel casi sin fuerza.

Marcos le dio la espalda con un notorio gesto enfadado.

—Jeriel, te lo advierto. Si vuelves a cometer un error como este seré yo quien te pegue una buena tunda. ¡Tienes ocho años! ¡No puedes coger un arma! ¿Y si te hubieses disparado por error?

—Se habrían acabado los problemas en la casa de los Campoy, ¿no?

El rostro de Marcos se volvió vacío, sin gesto alguno.

—No vuelvas a decir algo así. Me haces daño.

Jeriel fijó sus ojos en la hierba sin poder pensar en nada. Si bien le molestaba tener que darle la razón a su hermano, no podía negársela. Joseph la emprendería con ella cuando regresaran a la casa. Notó que Marcos la cogía por los hombros de manera efusiva.

—Nos marchamos de aquí. Y esta vez es para siempre.

   —No funcionará. —Dijo Jeriel convencida—. Nunca funcionan nuestras fugas.

— ¡Esta sí funcionará! Pero tenemos que disimular muy bien. No pueden sospechar nada.

Su experiencia pasada en las muchas fugas que planeó Marcos y que no funcionaron obligaba a Jeriel a ser negativa. No obstante, su hermano tenía fe en el éxito del siguiente plan y por eso ella contestó con resignación.

—De acuerdo.

Ambos miraron hacia el cielo y comprobaron que el sol se escondía.

—Tenemos que volver a casa. —Dijo Marcos mientras observaba más allá de los árboles. Con gran pesar agachó la cabeza sabiendo lo que les esperaba cuando llegaran—. Pase lo que pase, no te apartes de mí ni un solo instante.

Caminaron con los hombros caídos, arrancando algunas hojas de los árboles y haciéndolas añicos solo por resignación. Con una sensación de vacío, Marcos rodeó a su hermana con un brazo por encima de los hombros y la besó en la cabeza.

Al entrar en casa, Joseph les estaba esperando en su sillón con una sonrisa en los labios. Cuando Marcos cerró la puerta supo que había fallado a su promesa de proteger a Jeriel.

La Cámara Oscura (Vol.1)¡Lee esta historia GRATIS!