El principio del Big Bang.

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En una ciudad pequeña que tenía como principal fuente de ingresos la producción agropecuaria, nací yo. La menor de cinco hermanos. Se preguntarán, ¿Fui un accidente? Totalmente.

Allá por el año 99 mi familia había dado un gran paso, habían ascendido a mi papá por lo que estaría aún menos tiempo en mi casa pero gracias al aumento de sueldo pudo comprar una casa con más comodidades para sus -ya grandes- 4 hijos y su esposa.

Mi mamá, una mujer de en aquel entonces 39 años, muy hermosa, con cabello castaño claro ondulado hasta por debajo de los hombros y ojos color miel había sido la encargada de cuidar y criar a sus hijos y dedicarle tiempo a mantener el hogar en condiciones durante toda su vida, es decir 100% ama de casa en otras palabras. Ella había crecido en un pueblo cerca de mi ciudad y en un baile conoció a mi papá, un hombre muy apuesto que según los recuerdos de mi enamorada madre y los gloriosos registros fotográficos, era alto, musculoso, tenía un muy buen sentido de la moda y una cabellera envidiable. Si no fuera por esas fotos nunca hubiera creído que mi papá tuvo pelo abundante y castaño en algún momento de su vida, llegué después de que la famosa "pelada" apareciera en su cabeza, aunque como buena hija que soy nunca se lo menciono porque sé que es su punto débil.

Ambos abandonaron la escuela en el nivel secundario por motivos distintos y luego de cinco años de noviazgo se casaron y comenzaron a vivir juntos, en una casita que con mucho esfuerzo hicieron entre los dos, bastante pequeña por cierto. No tenía más que una habitación, un baño, una cocina diminuta y un living-comedor acorde a las anteriormente mencionadas dimensiones de la casa.

A día de hoy siguen contando como anécdota que el primer plato gourmet que hizo mi mamá para inaugurar la cocina fue, como dice mi papá: "sal con arroz y queso" aunque mi pobre mamá intentó hacer arroz con manteca y queso nunca supo calcular ni la sal, ni el arroz... ni el queso.

En fin, mi papá siempre fue el que trabajó para que a la mujer de su vida no le faltara nada y mucho menos a los hijos que planeaban tener. Luego de algunos meses de convivencia una buena noticia alegró sus vidas, el test de embarazo había dado positivo, mi madre, una joven de 20 años sentía que su vida era como un cuento de hadas y que nada podía ir mejor...

Las vueltas de la vida son impredecibles, muchas veces pensamos que el camino está más que claro y que nada puede salirse de nuestros planes, que tenemos todo perfectamente controlado... y descubrimos de la manera más amarga que estábamos equivocados, que nada puede ser más efímero que un momento hermoso en nuestras vidas.

El embarazo iba genial, mis papás estaban esperando a una hermosa niña y respetando la promesa que de jóvenes se habían hecho "si es nena le elige el nombre el padre y si es nene se lo elige la mamá", estaban esperando a Vanesa.

Por mala praxis esa bebé no pudo sobrevivir después del parto... el obstetra que había estado siguiendo el embarazo estaba en una fiesta cuando mi mamá llegó con contracciones a la clínica. Él, por teléfono le indicó a la enfermera cuál era la droga que tenían que suministrarle y la verdad iba todo bien, lástima que la droga, justo esa droga era la que ningún médico le hubiera suministrado ya que en la historia clínica de ella figura que le provoca una severa reacción alérgica. Por esa equivocación casi mueren ambas, solo sobrevivió mi mamá.

Eso se convirtió en una cicatriz imborrable para mis padres, tanto que a día de hoy no lograron superarlo y por ende cada 23 de noviembre hay un ambiente muy sombrío en mi casa...

No me enteré de esto hasta que llegué a mi adolescencia, la verdad nunca me había preguntado por qué íbamos al cementerio cada verano a dejar un ramo de rosas blancas. Es así como me gusta pensar en ella, me gusta pensar que hubiera sido capaz de todo lo que se propusiera, que sería la rosa más hermosa de todo el jardín.

La euforia de lo incierto©Stories to obsess over. Discover now