Llevábamos toda la vida viviendo apartados del mundo. Mi familia y yo éramos diferentes, pero para mí no era una razón suficiente para no poder relacionarnos con nadie. Había otros como nosotros conviviendo con el resto de personas. Pero eso, pronto cambiaría, nuestros padres nos informaron que íbamos a mudarnos lejos, a un pueblo del que no nos quisieron decir ni su nombre.
Me encontraba en mi cuarto. Había terminado de guardar mis cosas y me he puesto a jugar con nuestros gatos. Calamus, un siamés de tres años y Tenebrosus, un gato negro de cuatro.
Aunque a mis hermanos les jode mucho, yo soy su preferida,pasan la mayor parte del tiempo a mi lado.
Después de un rato salí al pasillo.
Fui a la habitación de mi hermano mellizo, Kian. Estaba preparándose la maleta con su ropa, que era bastante. El cuarto estaba lleno de cajas de cartón con sus cosas.
- Landry, ¿a qué viene el honor de tu presencia? - Me preguntó con chulería. Porque así era él, un chulito de los de verdad, aunque solo lo demostraba conmigo, en realidad era muy parado.
- Venía a ver si podías ayudarme a bajar mis cosas.
- En un momento. - Chasqueó los dedos y un estruendo se oyó en la planta baja de nuestra casa.
- Eso podía haberlo hecho yo misma. Mi deseo era hacerlo de la manera tradicional.
Kian bufó y siguió a lo suyo, como si yo no me encontrara a su lado. No exagero cuando digo que su armario era el doble que el mío, para que luego digan que las chicas tenemos más ropa y accesorios que los chicos. Si conocieran a Kian Kadabrus no pensarían lo mismo.
Volví a la que en unas horas dejaría de ser mi habitación. Iba a echar mucho de menos nuestro hogar, pero la experiencia de vivir con otros humanos me tenía muy emocionada.
Mis padres, Powen y Wiggie, eran los únicos que llevaban toda su vida relacionándose con personas que no fuéramos sus hijos. Antes de que naciéramos nosotros, habían pasado toda su vida en su pueblo, hasta que decidieron mudarse al fin del mundo, osea, nuestro hogar. Una mansión en medio de la nada. Ellos mismos salían a comprar todo lo necesario para abastecernos. Además, trabajaban de profesores en un instituto que había a unos cien quilómetros de aquí, lugar al cual, nunca nos llevaron. Ellos eran nuestros profesores particulares.
Pero el gran cambio en nuestra vida, se debía según ellos, a que los habían trasladado a otro instituto, mucho más lejos. Que aunque podía ser cierto, algo me decía que ese no era el verdadero motivo. Estaba segura que pronto lo iba a averiguar.
- Chicos, bajad las cajas y el equipaje a la planta baja, en una hora estará aquí el camión de mudanzas. - Nos gritó mamá desde abajo.
- Sería más sencillo teletransportarnos. - Contestó mi hermano Austin, que era muy vago y usaba la magia para todo.
Porque aún no lo he dicho, pero somos una familia de brujos. Tenemos poderes, pero no usamos pócimas ni nada de eso. La mayoría de ellos, los tenemos todos, pero cada uno tiene el suyo propio, por ejemplo, mi poder único, bueno, compartido con mi mellizo, es que puedo ver el futuro, tocando algo o a alguien, pero muchas veces la imagen es borrosa y me impide ver exactamente lo que va a ocurrir, aunque mis padres dicen que cuando sea mayor de edad, todo se verá con más nitidez. Por suerte, solo tendré que esperar un año más.
- Debemos llegar como una familia normal, no aparecer de la nada. Los humanos no ven con buenos ojos a los brujos. - Le ha respondido papá.
Os contaré algo más de mi familia. Somos ocho. Mis padres, Wiggie y Powen, tienen cuarenta años. Se conocen de toda la vida, ya que fueron juntos a la escuela y al instituto. Él es rubio, su pelo lleva el típico corte al que yo llamo de chico. Sus ojos son grises y lleva unas gafas que se pone para leer. Tiene una nariz pequeña, que yo he heredado de él, al igual que el color de sus ojos. Es alto y tiene el cuerpo muy bien para ser un padre. Por su parte, mamá es baja y delgada, tiene una larga melena castaña y sus ojos son verdes, la nariz respingona, nada que ver con las napias que muestran de las brujas de los s cuentos.
Ansley es la mayor, tiene veinte años. Es extremadamente presumida, le encanta arreglarse, aunque nunca hemos tenido visita y ni siquiera ha podido conocer a nadie, pero su sueño es encontrar a su príncipe azul. Su cutis es perfecto, ya que no tiene ni un grano típico del acné adolescente en su rostro pálido. Su melena ondulada rubia y sus ojos verdes la hacen ver muy hermosa. Ella misma se lo dice cuando se observa en el espejo.
Yon tiene diecinueve. Es super inteligente y cuando nuestros padres le dijeron que este año podría presentarse a la prueba de acceso a la universidad, casi se muere, ya que era un imposible antes de saber que nos mudaríamos a la vida real. Es alto y musculoso, usaba mucho el gimnasio de casa. Su corto cabello es pelirrojo, tiene los s ojos azules y un millón de pecas por todo su cuerpo, aunque las de su cara, son las que lo hacen diferente.
Los siguientes somos Kian y yo. Somos mellizos, pero nos parecemos mucho. Nuestro pelo es de color negro, con la diferencia de que yo tengo una melena larga y lacia y él, lo tiene tan corto como el resto de chicos de la casa. Nuestros ojos grises destacan de nuestra pálida piel. Él es más alto pero los dos estamos delgados. Tenemos diecisiete años y vamos a tener que cursar nuestro último año en un instituto. Kian es muy tímido y discreto, aunque conmigo se comporte diferente, nos lo contamos todo. Es demasiado bueno, tanto, que a veces podríamos decir que es tonto, ya que todos se aprovechan de él, excepto yo, por supuesto.
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BRUJOS
Teen FictionLandry y sus hermanos nunca han convivido con humanos, pero eso va a cambiar. En su nueva vida conocerán a personas que formarán parte de ellos, y a otros que hubiese sido mejor nunca conocer. Ser diferentes no será un problema, ya que no serán los...
