Llegamos a San Sebastián en pleno verano del '68. A mis hermanos no les hacía ni pizca de gracia mudarse otra vez. Sin embargo, yo no podía con la ilusión; sobre todo por la idea de ver el mar por primera vez. Mis hermanos habían vivido de pequeños en Valencia, que está al este del país, así que ya lo habían visto. Pero yo ya había nacido en la capital, en Madrid, así que no había tenido esa oportunidad.
Inevitablemente, me sentí muy defraudada cuando nadie quiso acompañarme hasta la playa el día que llegamos. Aparentemente, todos se encontraban muy cansados después de la mudanza. Preferí no estar en casa mientras acomodaban todo, mis pertenencias aún no habían llegado así que no tenía nada que hacer. Además, no importaba donde estuviera, molestaba a alguien.
Decidí salir a la calle para ver como era mi nuevo barrio. "Calle San Roque", se leía en un cartel; o mejor dicho Calle San Roke, pues alguien había pintado una "k" sobre la "qu". Me sentí un poco tonta al no acordarme de cual era la forma correcta, seguramente la señorita Míguez, mi profesora de lengua en Madrid, estaría muy decepcionada si se enterase, pues yo solía ser una de sus alumnas predilectas.
Nuestra casa era la primera de la calle y era exactamente igual que todas las de esa acera, únicamente diferenciables por los jardines. Sin embargo, las del otro lado de la calle eran todas diferentes y más pequeñas. Aún así, las encontré ligeramente más acogedoras que la nuestra.
En la puerta de una de esas casas estaba sentada una chica de cabello claro y flequillo, siempre me pregunté si a la gente con flequillo les hace cosquillas en la frente, a lo mejor por eso hay tan poca gente que lleva el pelo así. Llevaba un vestido blanco, el mismo color que su piel. El vestido era muy simple, pero muy bonito; a mí me habría gustado tener uno así; los míos estaban todos llenos de volantes y lazos. Sus ojos oscuros, como la noche sin luna ni estrellas, leían un libro con gran concentración, pude ver que no tenía dibujos, así que o era mayor que yo, o los niños de San Sebastián son más listos que los de Madrid. Decidí que me acercaría a preguntarle para descubrirlo.
Me acerqué y la saludé alegremente. La verdad es que me dio un poco de pena interrumpir su lectura, parecía muy concentrada en la lectura. Debía ser un libro muy bueno.
Me miró sorprendida y me devolvió el saludo. Como no quería ser grosera me presenté:
ㅡMe llamo María; mi familia acaba de mudarse a esa casa. ㅡdije señalando nuestra casaㅡ ¿Tu cómo te llamas? ¿Vives aquí? ¿Cuántos años tienes? Yo catorce; casi quince.
Ella dudó un poco antes de responder, como si tratara de recordar como se llamaba.
ㅡMe llamo Itziar, tengo quince años, y sí, vivo aquí. ㅡdijo mientras cerraba su libro.
ㅡ¿Que libro es? ㅡle pregunté.
ㅡEl Lazarillo de Tormes, ¿lo conoces?
Asentí. Realmente no lo conocía pero no quería parecer inculta. Luego le preguntaría a mi hermano, porque el sabe mucho sobre libros. Para evitar hablar sobre el libro y que descubriera que no lo había leído, rápidamente le hablé sobre el disgusto que me había llevado al no tener con quien ir a la playa.
ㅡYo puedo acompañarte. ㅡse ofreció ella a lo que yo acepté ilusionada. Itziar se levantó y me indicó que la siguiera calle abajo.
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Memorias de San Sebastián
Подростковая литература"Llegamos a San Sebastián en pleno verano del '68. A mis hermanos no les hacía ni pizca de gracia mudarse otra vez. Sin embargo, yo no podía con la ilusión; sobre todo por la idea de ver el mar por primera vez. Mis hermanos habían vivido de pequeños...
