Capítulo 1: Bienvenido a casa.

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Fue en aquella noche que la había perdido, me costó creer que para siempre.

Desde entonces la recuerdo a ella en ocasiones, muy sin querer, a pesar de haberme prometido no hacerlo. Singular tranquilidad emanando de sus indistinguibles facciones, decía yo que dormía. La perdí entre mis brazos, bajo un débil halo de luz que me consolaba; temblaba con el viento y hasta creía que ella aún temblaba también, envuelta en precisos instantes de una agria agonía, de la cual no fui capaz de salvaguardarla. Mas no volvió a despertar para sacarme de las dudas y contarme lo que había ocurrido allí, en medio de tareas vespertinas, ni consolarme por las noches para asegurarme de que en realidad aquella tragedia no había sido mi culpa.

Mi ser aclamaba por venganza, pagaría quien se hubiera permitido deshonrar a mi madre.

Con aquello concluí que fue suficiente, eran un sinfín de pensamientos irreversibles que se tentaban a sacarme de quicio, que me convertían en una persona poco racional, muy poco pacifista. Más allá de las situaciones externas, la batalla insistía con desmoronar mis diques mentales, pero por hoy ya no le daría la ventaja. Quizá mañana.

El ambiente nocturno me envolvió de repente, y entendí que descansando frente al porche de la cabaña, con brazos encaramados a mis piernas y la sien apretada contra un pilar desteñido, se me había escapado las horas como con los cigarros del bolsillo. Nada inusual, a decir verdad. Bendije la noche, agradecí a los dioses por la prodigiosa tranquilidad que me brindaban; el débil ulular que se colaba de entre los ramajes más altos parecía tener la intención de distraerme de mis más infames pensamientos, pero la brisa me atrapó más tarde y tuve frío, y pronto mis gruñidos estomacales se volvieron más fuertes que el cántico nocturno de las aves y de los insectos cercanos. Sin haber disfrutado lo suficiente, me adentré a la cabaña.

Vivir en las lejanías del pueblo traía sus ventajas, al contrario de lo que me recriminaban con insistencia algunos allegados. ¿Por qué pretendes vivir en soledad? Deja de alejarte de la gente, los lobos viven en manadas. Pero a mí me agradaba serlo en el abandono, en la libertad de trazar mis propias reglas dentro de la inmensidad del bosque, mis propósitos ahora eran otros y los miembros de mi antigua manada lo sabían.

A duras penas, aceptaba que la situación se tornaba un tanto complicada cuando se agotaban las provisiones y tocaba manejar al menos veinte minutos por la carretera hasta el pueblo más próximo. La caldera de gas trabajaba a la perfección, por lo que en los días helados llevaba la suerte de tomar duchas calientes cada que podía o era necesario; para días calurosos, aguas cristalinas aguardaban por mí no muy lejos de donde residía. No había autos echando apestosas estelas de humos, ni bullicio los fines de semana. ¿Y el miedo? ¿Miedo a qué? Los animales respetaban un poco de autoritarismo de vez en cuando, cosa que me venía de maravilla al considerar que estaba solo, y a veces quizá demasiado relajado como para preocuparme del peligro.

Quise variar y hacer una pequeña excepción, tal vez porque era domingo por la noche, o porque en realidad había llenado el tanque de la camioneta hace unos días, y manejar en busca de aquello que consideraba necesario para satisfacer mi semana. Mañana por la mañana me lo agradecería.

—Leche, aceite, carbón... —fui citando en voz alta-, carbón... ¿Media docena de huevos más? —. Pero fue cuando tomé mis pertenencias y subí a la camioneta aparcada a un costado de la cabaña, que consideré al carbón una compra puntualmente innecesaria, pues había leña para los mil y un inviernos siguientes.

El motor vibró bajo mis pies y los focos delanteros vislumbraron el sendero rocoso que me esperaba en frente, pronto debería estar con las llantas raspando la carretera, y el viaje se volvería más ligero. Emprendí camino en cuanto aseguré mi cuerpo con el cinturón, cauteloso; más de un venado se me había atravesado alguna vez, y ya estaba cansado yo de arrastrar con fiel pereza sus cuerpos inertes y sangrantes fuera del camino. Los de mi clase siquiera nos alimentábamos de esas carnes, o al menos no éramos cazadores por naturaleza.

Crónicas de un renacer. (ChanBaek)Histórias para pegar e não largar. Descubra agora