Una sobria ventisca acariciaba su rostro. Sus ojos perdidos entre recuerdos de la niñez pasada parecian disolverse ante el reflejo de una luz. Una luz refractada en el agua que ocasionó estuviera cegado unos instantes. Las luces de unas linternas a pulso tembloroso. Pegó media vuelta en sentido contrario a las luces, y corrió. Corrió cuanto se lo permitieron sus piernas. Corrió hasta sentir que el alma se escapaba entre suspiros. Pareciese como si el bosque lo escuchara, como si lo estuviera persiguiendo. Oye silbidos. Gritos procedentes de una garganta rota por el odio. El rasgar de unas uñas como si alguien intentara escapar de debajo de la tierra. Seguía corriendo. Corre, corre le gritaba su instinto, no pienses en parar. Algo le está dando caza, mas no sabe el qué. Traza una linea recta entre sus pies y el punto más lejano. Él sabe qué es. Una salida. Una puerta. Una oportunidad. Quizás es su imaginación. Pero pierde mucho más al quedarse quieto. Se alzan extrañas figuras de entre las sombras. Figuras humanoides. Sin embargo no se detiene. Él continúa. Continúa aferrado a quien sabe qué, pero eso hace. No entiende qué lo persigue, o si en realidad aquello es un peligro. Su mente nublada no distingue la invención del subconciente. Sudor le empapa la frente. Así sigue. Sigue por las extensiones del miedo. Salta lo que parece ser una cerca adentrándose a un más en lo profundo, cuando una punsada le rompe el pecho. Arrebato. Un arrebato de cansancio ahoga su energía. La culmina. Cree que el tiempo se relentiza, mas no. Es él quien se relentiza. Las pisadas, como si fueran vistas a través de una camara lenta, terminan por dejarle a unos cuantos centrimentos de la huida. Y retumba un golpe seco. Despierta. Recostado en su cama se levanta de sobresalto. Estaba completamente bañado en sudor, un sudor helado. La ventana entreabierta había permitido que la brisa entrara en la habitación y dejará caer al suelo un viejo libro. Acompañado por el polvo y el ajetreo de las polillas dejaba a la vista una tapa de cuero ensangrentada. Nunca antes lo había visto. Se baja de la cama. Llega hasta el libro y lo toma. Al leer el título se le congela la sangre. Parpadea. Mantiene los ojos cerrados. Los abre y es cegado repentinamente por la luz de una linterna.
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El Yo
Kısa HikayeHay tantas cosas que decir. Un sin fin de cielos que pintar. Mas no con colores que no me pertenecen. Sino con tonos, aunque agrios y grises, quizás dulces, que dejen una verdadera marca. Ser introspectivo en la fibra de las letras. Palpar el sentim...
