Tiempo: Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.
El ser humano, en su obsesión por cuantificar y ordenar todos los aspectos de su existencia, creo el concepto de "Tiempo". Un concepto existente solo en nuestras mentes racionales, pues no es algo que pertenezca al plano físico, si no, una herramienta que nos ayuda a entender la forma en que percibimos la vida. El pasado, existe en forma de recuerdos aislados que son alterados a través del prisma por el cual, cada individuo concibe la realidad. El futuro, se alimenta de nuestros sueños y anhelos más profundos, guiándonos y ayudándonos a elegir nuestros caminos. El presente, es el fluir de la propia existencia, "el ahora". Pero, ¿cuándo el futuro pasa a ser presente y luego pasado?, ¿o el futuro pasa a convertirse directamente en pasado y el presente solo es la delgada línea que nos hace distinguir entre esos dos estados temporales?
Los segundos llenaron nuestros momentos, las horas nuestros días, los días nuestros años y los años nuestras vidas. Quisimos controlar el tiempo, suponiendo que así controlaríamos nuestra fugaz existencia, pero esa obsesión fue nuestra condena. Somos esclavos del tiempo. Esclavos de su precisión matemática que nos asfixia con sus calculados ritmos, muy alejados del que nos susurra serenamente la naturaleza de nuestro ser. Nos dicta el momento de dormir, de despertar, de alimentarse, de acudir a eventos sociales, de trabajar, de vivir, de morir...
No empezaría este relato así, si no tuviera que ver con su protagonista. Veréis, ella... ¿Cómo decirlo?... Tenía una forma muy peculiar de percibir el tiempo...
Moira conducía su destartalado, pero servicial, automóvil por una de las calles paralelas a la avenida principal que atravesaba el pequeño pueblo, evitando así, encontrarse con el reloj que adornaba la torre más alta del edificio que servía unas veces de ayuntamiento y otras de punto de reunión para actividades de propósito social. Llevaba cinco meses viviendo en aquella conglomeración de casas de piedra, cercados para el pastoreo, pequeñas huertas y algún que otro signo de civilización moderna: una parada de autobús, una pescadería reconvertida en locutorio y una sucursal de una caja rural que solo abría dos veces por semana; todo ello rodeado por un majestuoso pinar que escondía la villa de miradas indiscretas. Fue allí con su esposo, huyendo de la toxicidad de las grandes urbes, buscando la desconexión con la globalización y la paz del anonimato. Ese cambio, en parte, fue recomendado por su psiquiatra, el cual la trataba desde hacía casi tres años.
—Moira, debes buscarte un entorno tranquilo fuera de la frenética vida que te ofrece este lugar. Necesitas paz en esa cabecita tuya. —El Doctor Arroyos posó una sosegada mirada en su paciente: una joven de unos treinta y tantos años, de complexión delgada, menuda y con una hermosa cara que cargaba con dos ojos entristecidos con los años. Un coletero azul turquesa recogía su rizada melena castaña en una cola de caballo a media altura, concibiéndole un aspecto demasiado juvenil—. Ya sabes que el camino hacia la curación de la depresión necesita buenos hábitos.
«Y a un viejo charlatán que lleva dos años sacándome los cuartos.»
Un destello rojizo invadió sus ojos verdes liberándola de aquellos pensamientos que en ese momento parecían tan lejanos. Sus músculos se tensaron, sus latidos se aceleraron y con una rápida reacción de su pie izquierdo consiguió frenar el coche antes de saltarse el semáforo y arroyar a una mujer mayor que paseaba a su canido acompañante. El chirriar de las ruedas espanto a las aves que picoteaban a orillas del asfalto, la anciana ni se inmuto.
Moira soltó un largo suspiro, ayudando a su cuerpo a relajarse, y se recoloco en el áspero asiento del vehículo. Empezó a fijarse en el movimiento hipnótico que hacían las pequeñas patas del perro al cruzar el paso de cebra, igual que una bailarina que danza dando pequeños saltitos sobre las puntas de los dedos de los pies, embelesando al público con su contorneada figura. Una ligera sonrisa empezó a intuirse en el rostro de Moira. Prosiguió avanzando con la mirada por la correa del animal hasta llegar a la mano de la dueña. En ese punto, frenó en seco y resguardo la vista rápidamente en el interior del coche. Su pulso volvió a dispararse frenéticamente, una presión insoportable se instauró en su pecho, una sensación árida se adueñó de su boca, el sudor heló su frente y su mente se enturbió cual agua estancada.
«¡Malditos relojes del infierno!»
Hacía tres meses que Moira había empezado a experimentar fuertes ataques de ansiedad cuando veía un reloj. Al principio, pensó que eran producto de la depresión que le diagnosticaron hace dos largos años, pero la reiteración del mismo escenario y el análisis exhaustivo del doctor Arroyos esclarecieron el punto de inicio de tan desagradables dolencias.
—...repíteme eso último. —El doctor escribía desaforadamente sobre uno de los folios de la carpeta que apoyaba encima del muslo más elevado, ya que sus piernas estaban cruzadas.
—Salí de la tienda sin haber podido tan siquiera comprar una mísera barra de pan. No sabe, doctor, la impotencia que sentí. Tuve que salir a la calle a tomar el aire... —Su voz sonaba a congoja.
—No. No me refería a eso, si no, a lo que has dicho inmediatamente antes de eso. —La voz del psiquiatra sonaba embotellada a través de los altavoces de uno de los ordenadores del locutorio.
—Mmmm... —Rebuscó levemente en sus recuerdos—. Cogí la botella de agua de la nevera, me dirigí al mostrador y pedí una barra de pan al dependiente. Mientras me traía la barra le pregunte el precio de las dos cosas, me dijo la cantidad y, acto seguido, saqué un billete de la cartera que le ofrecí. Este, una vez hubo metido el billete en la caja registradora, me entregó el cambio.
—Y sin embargo dice que no fue capaz de coger ni el dinero, ni el agua, ni la barra de pan. ¿No es así? —El señor Arroyos apartó la vista de sus escritos para mandar, a través del grueso monitor, una mirada de complicidad, buscando que esta tuviera un efecto terapéutico en Moira.
—Sí, eso es lo que le he dicho antes.
—Y... ¿El dependiente le entrego el cambio así? —Levantó el brazo con el puño cerrado y el dorso de la mano mirando al techo. Lentamente, abrió la mano simulando que dejaba caer algo que se encontraba en su interior. La tensión que genero aquel movimiento, hizo que la manga de la camisa a cuadros se replegara, mostrando así, una huesuda muñeca de un hombre que pasaba de largo la madurez.
Moira asintió agitadamente.
—Y en la consulta anterior me dijo que otro ataque le sobrevino al entrar en la cocina de su vecina. Dígame, ¿recuerda que hubiese un reloj en alguna de sus paredes?
—Sí, justo al lado del frigorífico. ¿A dónde quiere llegar, doctor?
—Y por último, lleva un par de semanas diciéndome que hay habitaciones en su propia casa donde no puede entrar por haber sufrido dichos episodios, ¿no es así? —Moira hizo un ruido nasal, dando a entender su aprobación—. Moira, creo que tiene usted fobia a los relojes. Pero no se preocupe, daremos con la forma de que esta patología no afecte en su día a día, y por último, con su curación.
Tras estas palabras la forma en que Moira concebía el tiempo cambió radicalmente.
............ Proxima actualización: 10/10/2019 ............
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Al margen del tiempo
Mystery / ThrillerUna joven se exilia a una apartada villa para sanar de una extraña enfermedad: fobia a los relojes. Con la ayuda del Doc. Arroyos, Moira irá descubriendo la oscura verdad que oculta esa enfermedad. Un thriller psicológico con tintes de novela detect...
