Capítulo 5. Las princesas no lloran

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TERESA

Primer Mediodía de Floreciente Bosque, 17

Con su título recién recibido y poca emoción en ello, la princesa se dejó embriagar por el olor de los pinos. Custodiaban cada lado del camino cual guardianes. Siempre estaban allí, en cada esquina, en cada puerta, atentos a sus movimientos. ¿Acaso no podría estar a solas jamás, sin vigilancia extrema ni visitas de gente aburrida a la que jamás comprendería?

Claro que no. Era de la realeza. Y como tal debía asistir a todas las cenas, inauguraciones, fiestas y demás que se celebraran en la Isla Oriental. La duquesa Bela seguía parloteando a su lado sobre vestidos y normas y más normas que debía acatar cuando se presentara el vizconde Yorin Torfeus aquella noche.

La gravilla crujía bajo sus pies enfundados en tacones. Los odiaba. En su opinión era de lo más incómodo que existía en el mundo, a parte de las miles de capas que le obligaban a ponerse y las preguntas sobre su vida privada.

¿La nobleza tampoco es inmune a las opiniones de la gente?, se preguntó. Céntrate, Teresa.

A Yorin lo conocía de antes, pero ahora se reunirían en un acto especial. La princesa sabía en qué consistiría, pero el público noble amaba el espectáculo, así que la pedida oficial de mano se haría delante de todo el mundo. Y pensar que en pocas horas dejaría de ser libre, si es que a su vida se le podía llamar así. Observó el ocaso extenderse por el jardín real en oleadas doradas.

—Y no olvides que no pueden ver tu...

—Magia —completó Teresa.

—Exacto.

Su madre, aunque de aspecto severo, era benevolente. Le dedicó una triste sonrisa, formando solitarias arrugas junto a sus ojos. Su cabello ya comenzaba a perder su color, dejando entrever finas canas entre el naranja.

—Sabes que no podemos hacer nada.

—Lo sé. —Su voz sonó más débil de lo que habría querido.

Bela se detuvo y posó las manos sobre los hombros de su hija. Teresa trató de bajar la mirada, apesadumbrada, pero la duquesa le sostuvo la mejilla con firmeza.

—Y sabes lo mucho que te quiero. —Teresa asintió temblando un poco. No dejaría que su madre la viese llorar. Nunca más—. Yo no quería este futuro para ti, pero ya ves. La vida hace lo que le place. —La sacudió ligeramente con dramatismo—. No puedes luchar contra el camino, pero sí destrozarlo poco a poco.

Era una variación de la frase que le decía Frederich a su amada en El Libro de los Dignos, obra popular alhariana. No puedes enfrentarte a algo superior a ti, pero sí ir cambiándolo día a día en tu beneficio. Se acordó de su madre, a quién obligaron a casarse con su padre de la misma forma. Quizás ahora se amasen, pero había pasado mucho tiempo para que diera fruto. Con solemnidad reanudaron la marcha.

Su madre se acercó a un rosal solitario que comenzaba a marchitarse a un lado del camino. Chasqueó la lengua y pasó los dedos por los finos pétalos blancos de una rosa recién florecida. Se agachó para cortarla con unas tijeras doradas que extrajo de su faltriquera.

—Recuérdalo siempre: las rosas que permanecen cerradas duran más.

Se dirigió a su hija y con el filo de las tijeras cortó las espinas, pasando las cuchillas a lo largo de todo el tallo. Le tendió la rosa. Teresa observó los pétalos en cuyos extremos ya comenzaban a aparecer manchas marrones.

—Y las rosas más bellas son las primeras en cortarse —susurró Teresa de forma inaudible.

—Y las rosas más bellas son las primeras en cortarse —susurró Teresa de forma inaudible

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Crónicas de la magia 1. PoderDonde viven las historias. Descúbrelo ahora