Playa, 1998

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       ¡Hola! Este relato es mi participación en el fanzine Magical Mischief Managers (@marauders_zine en Twitter), una recopilación benéfica de dibujos y textos sobre Los Merodeadores. Como el fanzine ya no está a la venta, he querido poner mi granito de arena por aquí por si alguien quiere leerlo. Como veis, la historia tiene dos partes, y es que también escribí un pequeño extra de poco más de quinientas palabras que se publicó al final del fanzine. Espero que os gusten ❤️
                                                                
                                                                                           * * *





Remus Lupin no cree en el Cielo. No tiene ninguna prueba de que sea una realidad mínimamente posible, así que procura no pensar en ello. Cuando estudiaba en Hogwarts y las figuras blanquecinas y casi transparentes de los fantasmas paseaban por los pasillos con el hastío de una existencia monótona, Remus se convencía más y más de que estaba en lo cierto: aquellos fantasmas se habían quedado anclados a este mundo por temor a que no hubiera algo más, algo mejor que la vida terrenal. Porque nunca nadie ha bajado de ese supuesto Paraíso en las alturas para confirmar que todo es cierto, que morir es sólo un paso más en una vida, a fin de cuentas, eterna.

Eso es lo que Remus Lupin cree o, al menos, lo que intenta que la gente piense que cree. Remus Lupin sí que cree en el Cielo, pero a medias. Cree en una recompensa tras la muerte, un descanso para aquellas personas que mueren tras llevar una vida dedicada a ser benevolentes y generosos. Cree en un Paraíso para gente sin mácula, un lugar para inocentes, para personas que han llevado una vida intachable. Un remanso de paz libre de maldad y oscuridad.

Pero Remus Lupin es un hombre lobo. Tres noches al mes, la luna reclama su carne y hace que la bestia que dormita en su interior despierte bajo la promesa de sangre fresca que calme su hambre voraz y desatada. En esos momentos algo proundamente oscuro se apodera de su conciencia, la misma conciencia racional y analítica con la que trata de encontrar un sentido a su vida, y la doblega. Con una facilidad insultante, con la rapidez de un parpadeo. Y aunque la parte humana de Remus nunca es consciente de lo que hace el lobo durante la luna llena, él sabe que la bestia no es simplemente la maldición que arrastra desde hace tanto tiempo.

El lobo es él mismo, tanto como lo es su cuerpo humano, su cabello pajizo, la larga nariz y el olor a libro antiguo que se ha quedado impregnado en sus manos de forma permanente. El lobo es su furia, su ira, la frustración que le produce el recuerdo de ese mordisco que desató sus instintos más siniestros hace ya tantos años.

Si el lobo, si la bestia, asesina a una niña desvalida, él es el culpable.

Si el lobo se alimenta de su carne y aplaca su sed con su sangre, es él quién lo hace.

Por eso sabe que no hay un lugar en el Cielo para Remus Lupin, para el alma condenada de un monstruo asesino. Y es por eso, cuando la maldición de Antonin Dolohov impacta en su pecho, certera y mortal, que sabe que no habrá un túnel de luz que deba seguir. Simplemente "¡Avada Kedavra!" y la muerte es un fogonazo de color verde veneno que cae sobre él, implacable, y le hace desplomarse como un muñeco desmadejado. Ni siquiera le duele cuando su corazón deja de latir para siempre y por un instante incluso lo agradece.

El grito desgarrador de Dora, que corre a prestarle una ayuda que llega demasiado tarde, es lo último que escucha antes de que todo se vuelva negro.



***

Dicen que el Cielo, el Más Allá, tiene muchas formas. Que no se trata sólo de una inmensidad insondable repleta de nubes de algodón y de angelitos regordetes. Que cada persona, cuando muere, escoge su cielo particular, su paraíso personal, y en él trascurre toda su eternidad, feliz y en paz.

Playa, 1998Donde viven las historias. Descúbrelo ahora