A veces me pregunto cuál fue el desencadenante. Qué pasó exactamente aquel día para llegar a sentirme tan sobrepasada. Miro atrás con retrospectiva y veo una sucesión de imágenes borrosas que inundan mis recuerdos. Mis decisiones, mis vivencias, todo aquello que había hecho para convertirme en la persona que era en esos instantes no habían sido más que pasos en falso. Un recorrido que parecía formar una espiral infinita. Era nueve de Agosto. Aquel día su fantasma cumplía 5 años, pero si no fuese el caso, tendría 30. Los 30 que siempre temió cumplir al final nunca llegaron a alcanzarla, o más bien, ella no llegó a alcanzarlos . Como si se tratase de un ritual más que una celebración, mi familia y yo nos sentamos a la mesa aquel nueve agosto con una tarta y 30 velas. No había quien las soplase, pero allí nos quedábamos todos los años, observándolas como si un soplido divino fuese a venir para hacer el trabajo por nosotros. Después de pasar casi una hora con nuestras manos entrelazadas en círculo mientras rezábamos por su "salvación", yo misma las apagué con rabia. Ojalá se hubiesen preocupado por ella cuando de verdad podían, no ahora, cuando rezar solo era un intento de calmar la propia conciencia. En cuanto me fue posible abandoné la cocina. "No necesitamos celebrar dos funerales al año, con uno es más que suficiente".
Subí las escaleras hasta llegar a mi habitación. No sé como fui capaz de llegar arrastrando todo el peso que cargaban mi cuerpo y mente. Solo me tumbé en la alfombra e intenté llorar. Intenté con todas mis fuerzas que algo saliese, pero mis ojos seguían igual de secos que al principio. Ahí es cuando me dí cuenta que había tocado fondo. Aquel día como otro cualquiera había llegado a mi límite. No era capaz de llorar, pero aún podía sentir miedo. Tenía la sensación de que estaba desapareciendo, de que mi cuerpo ya no tocaba el suelo, sino que flotaba, se desintegraba y se fundía con las motas del aire. Ya no sentía ninguna conexión física con mis alrededores, solo espacio vacío. Hasta mi cabeza, siempre llena de pensamientos, parecía tener una fuga. Las cosas parecían perder importancia. Yo, sobre todas las cosas, no importaba en aquel mundo. Sentía miedo, terror absoluto, de perderme y ya no poder volver . Me erguí rápidamente y me arrastré hasta estar en frente de un espejo de cuerpo entero. Pero no vi lo que esperaba encontrarme. Finalmente aquellas ya no eran alucinaciones de mi mente.
Mi ser estaba desapareciendo. No podía ver mi sombra creada por la luz tenue del crepúsculo que entraba por mi ventana. No podía ver la silueta de mi cuerpo, mi pelo, mi rostro, mis ojos inexpresivos. Lo único que se reflejaba era una habitación vacía que poco a poco se iba quedando sin luz. Acerqué lentamente mis dedos al cristal. Acaricié su superficie con delicadeza, como si fuese un animal asustado, pidiéndole que volviera, que no tuviera miedo de mí. En el momento en el que mis yemas ejercieron presión lo atravesaron. Ya no era una superficie de cristal, sino un lago con el agua más pura y cristalina que jamás hubiese visto. Llegué a introducir por completo mi mano, pero al otro lado parecía no haber nada. Me metí más por aquella etérea puerta a otro mundo, sin importarme nada. El miedo que sentía antes ahora era curiosidad. Casi todo mi brazo había desaparecido, pero nada ocurría. Me vi tentada a pasar al otro lado, pero yo nunca he sido una persona valiente. En el momento en el que empecé a retirar mi brazo noté una sensación extraña. Fue entonces cuando algo me agarro la mano. Sobresaltada, intenté librarme de aquel agarre tirando hacia atrás con todas mis fuerzas, pero aquello seguía unido a mi desesperadamente. De un tirón brusco conseguí sacar por completo mi brazo del espejo y algo calló frente a mis pies.
Un niño se encontraba de rodillas, mirándome fijamente. Lo inspeccioné desde su coronilla negra azabache, hasta sus pies desnudos que cubría una piel dorada por el sol. Era realmente pequeño, aunque su mirada parecía que le quedaba grande Sus ojos, rasgados y negros como su pelo, me miraban con una profundidad intimidante. Parecían saber todo acerca de mí. Me juzgaban. De repente, ocurrió algo inesperado. Todas las lágrimas que buscaba encontrar en mis ojos las pude ver en las de aquel niño. Su rostro poco a poco se fue desfigurando en una mueca llena de tristeza y dolor, mientras el agua se derramaba por sus mejillas.
-¿Por qué me odias tanto?-Dijo con un hilo de voz.
Me hizo sentir tan culpable. No sabía ni quien era, ni por qué motivo podría odiarle, pero aun así me sentí como la peor persona del mundo. Sin entenderlo, sin entenderme a mí, y sin entender por qué el mundo funcionaba así, intenté decirle que lo sentía, que nunca había sido mi intención hacerle daño. Me puse a llorar con él. Acerqué su diminuto cuerpo al mío y lo abracé mientras los dos intentábamos lamer nuestras heridas. Era la primera vez en cinco años que lloraba, pero antes lo hacía casi todos los días. Vulnerable. Débil. Lo detestaba.
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Reflejo
Short StoryUn día mi reflejo desapareció. A cambio, se me brindó un regalo. Gracias. Siempre estarás conmigo. ...
