En la bella ciudad de Bariloche, donde el viento se desliza entre las montañas y lagos, un grupo de jóvenes se vieron unidos mediante un grupo de terapia dirigido por la psicóloga Carolina Martínez. Este espacio semanal se convirtió de a poco en un...
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El interior de la ciudad los había dejado sin aliento. Las calles principales estaban pavimentadas con reluciente mármol blanco, tan limpio que podían ver sus reflejos. Los edificios, en lugar de piedra común, parecían construidos con algún tipo de cuarzo luminoso. Arcos elegantes conectaban las aceras por encima de sus cabezas, y pequeños canales empotrados bordeaban las vías principales. Sin embargo, el agua de esos canales estaba completamente congelada.
No había ni un alma a la vista. La soledad era absoluta. El silencio resultaba tan pesado que casi zumbaba en sus oídos, y opacaba incluso el ruido de sus propios pasos sobre el mármol.
—Demasiado silencioso —susurró Karla. El eco de su voz rebotó contra las paredes de los callejones cercanos y se perdió a la distancia—. Es como si la vida se hubiera esfumado de este lugar. Todo es perfecto, pero vacío.
Avanzaron por la ancha avenida principal, con la guía constante del sutil tintineo de las mariposas. A medida que se adentraban en la metrópolis, notaron detalles profundamente perturbadores. Las calles no estaban tan vacías como creyeron al principio. Sino llenas de estatuas heladas de tamaño real.
Representaban a personas en diversas actitudes cotidianas: algunas caminaban apresuradas, otras reían en grupos sobre las aceras, unas pocas leían sentadas en bancos de piedra. La artesanía de cada figura era exquisita, pues capturaba el movimiento de la ropa y la postura corporal con un realismo asombroso.
Heidi se separó un poco del grupo. Se acercó a la estatua que representaba a una mujer mayor con un cesto de pan bajo el brazo. Al mirarla de frente, la sorpresa marco su expresión.
—No tienen rostro —les anunció a las demás, con una inmensa curiosidad por ese descubrimiento y sin apartar la vista.
Todas se fijaron en las esculturas a su alrededor. Era cierto. Las figuras poseían ropas detalladas, manos perfectas y posturas dinámicas, pero sus cabezas terminaban en óvalos completamente lisos, desprovistos de ojos, nariz o boca. Parecían maniquíes de hielo atrapados en medio de una obra de teatro.
—Andrés, él siente que nadie lo ve realmente —teorizó Teresa. Miró a un grupo de niños de hielo que jugaban sin rostro en una esquina—. O quizás es él quien no puede conectar de forma genuina con los demás. Todos son extraños para él, figuras vacías que van por su mundo sin aportar nada real a su vida.
—Es una metáfora de la soledad —añadió Montse—. Este lugar es como un refugio idealizado, hermoso desde fuera, pero frío y solitario por dentro.
—Eso explica por qué todo es tan perfecto —susurró Heidi, maravillada por la simetría de los edificios—. Siempre quiere dar la imagen de chino juicioso, estructurado, sin problemas. Una ciudad limpia, brillante y de mármol. Sin suciedad a la vista, o errores en su diseño. Todo está hecho para agradar.
Decididos a explorar el lugar reanudaron la marcha. Siguieron la estela luminosa de las mariposas a través de algunas calles, hasta desembocar en una colosal plaza circular. Se erguía un arco monumental de cristal tallado. Sobre el dintel, unas letras grabadas en el hielo emitían un fulgor dorado pálido. Heidi entrecerró los ojos para leer la inscripción.