Eran las seis de la mañana y el pequeño Omega aún no bajaba; su madre ya cansada de gritar desde la cocina, decidió subir y entrar al cuarto de su hijo menor, viéndolo cubierto por las sábanas blancas de la gran cama y al acercarse pudo notar cómo este temblaba; asustada, quito las colchas de encima descubriendo al menor sudando, con sus mejillas rojas; un dulce y un tanto hostigante olor ataco sus sentidos, haciéndole entrar en cuenta de que el pequeño estaba en su primer celo.
Se había presentado como Omega.
Hoy era el primer día de JiMin en el Instituto y era obvio que tenía que faltar, pues su madre no quería dejar que su hijo anduviera sin su cuidado en su primer día de celo en un instituto, rodeado de Alfas.
El chico se revolcaba por toda su cama entre quejas y a veces gritos pidiendo ayuda; la situación era difícil para el pequeño y cualquiera que pasara por esa etapa; su entrada estaba dilatada con líquido natural escurriendo de ella, gemidos y jadeos salían de su boca, su cuerpo estaba bañado en una fina capa de sudor y su vientre dolía a más no poder, necesitaba de algo, alguien pero no sabía qué exactamente.
En la tarde su madre decidió quedarse y no ir al trabajo para cuidar a su bebé.
—JiMin, cariño ¿ya te sientes mejor? —pregunta su madre acariciando su cabello de color rosado pálido, el cual lo hacía ver más tierno.
—Si, gracias —murmuró JiMin en un susurro; estaba recostando su cabeza sobre las piernas de su madre.
—Hijo haré el almuerzo, si quieres puedes ayudarme.
El menor negó sentándose en su cama dejando que su madre se levantara.
—Está bien, te llamaré cuando esté lista la comida —se dirigió a la puerta y antes de salir le dijo a Jimin:— Tae va a venir para almorzar y pasarte los apuntes de la clase.
JiMin se quedó en su cama esperando la comida. Bajó cuando su madre le llamó avisándole que su mejor amigo había llegado; se puso las pantuflas de conejo aún estando en pijama, se había bañado pero como no iría al colegio decidió quedarse con las mismas ropas; abrazo a su amigo cuando estuvo abajo al frente de este; el mayor sonrío y lo cargo.
—Hola pequeño —sonríe dejando su mochila a un lado— hola MinKyung —saluda a la madre de Jimin y está solo sonríe continuando con su labor en la cocina.
—Chicos la comida todavía demora, así que tomen un chocolate para cada uno mientras esta.
Ambos chicos se acercaron a la cocina, Tae todavía cargando a Jimin y tomaron dos chocolates del mesón, para luego subir al cuarto del pequeño.
—Taetae —ya estaban sentados en la cama, uno al frente del otro— soy omega.
El mayor ríe a carcajadas y el contrario lo mira confundido.
—JiMin eso no era ningún misterio, se nota a leguas que lo eres —para de reír al recibir un golpe con una almohada.
—Los alfas siempre tan burlones —hace una mueca cruzándose de brazos— además... —pensó con que defenderse— no ando detrás de alguien de mi mismo rango.
Bien, tal vez si había hablado de más, suspiró viendo el sembrando desanimado de su amigo, mordió su labio sin saber que hacer o decir.
—Y cuéntame, ¿no te has fijado en algún Alfa? —pregunta el peli plateado al de cabellos rosas, intentando cambiar de tema y evitar la incomodidad que se había formado; al ver que este negaba dejó salir una risa nada sutil— ya encontrarás al indicado...
—Tae, sabes que yo no creo en eso.
—Jiminnie, apenas tienes catorce años y ya te estás amargando la vida; claro que si existen las parejas predestinadas.
El menor bufó, escuchó el llamado de su madre y sonrió.
—Vamos —dijo levantándose de la cama y seguidamente saliendo de su cuarto, bajo las escaleras y se sentó en una de las sillas del comedor, esperando su comida.
Al rato, bajó su amigo con una sonrisa y se sentó a su lado.
—Jiminnie, espero que mañana si vayas al colegio.
—Claro que irá —interrumpió la mujer pasando los platos en frente de ambos— ya compré los supresores necesarios.
—Pero mamá —JiMin se quejó; en realidad no quería ir al instituto pues le daba nervios que en el lugar se le burlasen como hacían en su anterior colegio o que se le olvidaran sus supresores y los Alfas aprovecharán de ello; tan sólo de pensarlo la piel del pequeño se erizaba.
