Capítulo 1: Actualidad.

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Me llamo Alain. Nací en 1959, en un pequeño pueblo cerca de los Pirineos franceses, pero cuando era un niño mi familia se mudó a París. Allí es donde transcurre mi historia. La historia de mi vida, que está a punto de llegar a su fin.

Cuando era niño, lo que más me gustaba hacer era jugar en las montañas. Mi familia tenía una cabaña allí, y el invierno, aunque frío, era maravilloso. Todo se llenaba de nieve, mis padres encendían la chimenea y comíamos castañas asadas por mi abuelo. Recuerdo esos pequeños y preciosos momentos con infinito cariño.

Yo era un niño feliz. Mi infancia no fue nada especial, pero me recuerdo siempre sonriendo y admirando todo lo que me rodeaba. Cada día era una aventura distinta. Ojalá siguiera sintiéndome así, pero supongo que las circunstancias cambian a la gente.
Mi adolescencia tampoco fue nada especial. Yo era una persona bastante normal. Tuve alguna que otra novia, pero nada importante. Ninguna de ellas era el amor de mi vida. En aquella época yo creía que, si aún no había conocido a nadie lo suficientemente especial, probablemente nunca lo haría. Pero me daba miedo morir solo. En verdad me aterraba. Yo soñaba con el momento en que, nada más conocer a alguien, sintiese un "clic" y lo supiera. Se supone que cuando estás ante tu alma gemela lo sabes, ¿no? Al menos, eso era lo que me habían dicho. Y yo me creía esas cosas, porque era joven y, sobre todo, porque era un romántico redomado.

La vida avanzó monótona pero bonita. Tenía momentos que para mí eran valiosísimos, y eso me parecía suficiente. Me gradué en la universidad, me formé mucho y, finalmente, entré a trabajar como detective de homicidios. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos, aún queda un poco para llegar hasta ese momento.

Probablemente a estas alturas te estés preguntando por qué te estoy contando todo esto. Pronto encontrarás respondida esa pregunta. Lo siento, no quiero que me odies ni que pienses que me estoy haciendo el misterioso, es solo que no quiero apresurar las cosas. Quiero contar las cosas como debe ser: en el orden en que sucedieron, y tal y como pasaron. Volvamos a mi adolescencia.

De adolescente me encantaban las historias de muertes trágicas, pero, sobre todo, me gustaban los casos sin resolver. Soñaba con poder llegar un día a ayudar a resolver todos esos casos, y también a ayudar a las familias de las víctimas. Eran gente que sufría mucho, y pocas veces se pensaba en ellas. Yo deseaba que las víctimas obtuvieran una despedida digna y que sus familias al fin pudiesen descansar tras conocer la verdad. 

Recuerdo que una noche, tendría yo unos 16 años, estaba en casa de mis abuelos, en los Pirineos, a punto de quedarme dormido. El fuego emitía una melodía relajante al devorar la leña. Afuera estaba lloviendo, lo cual hacía toda la escena aún más relajante. Yo me sentía en paz. Había tenido un buen día. De pronto, sin saber por qué, me sentí inquieto. Era una sensación muy extraña, ya que estaba tranquilo y nervioso a la vez. Sentía como si el universo me llamase de alguna forma. Es difícil de explicar, pero sentía algo dentro de mí instándome a levantarme de la cama y salir al jardín. Sería algo así como las 12 de la noche. Me sentía como atraído hacia el jardín. Al llegar a él, vi una luz que me deslumbró, pero a la vez me hacía caminar hacia ella. Caminé y caminé, mis pies descalzos sobre la hierba húmeda por la nieve, y, cuando estaba tan cerca de la luz que casi podía tocarla, desperté gritando, de nuevo en mi cama. Se me había antojado tan real, que estuve un tiempo creyendo que me había pasado de verdad. Pasé unos días preguntándome quién era, cuál era mi misión de la vida y cosas de ese estilo. De verdad me había afectado aquello. Durante un tiempo no supe qué hacer. Me había afectado tanto, que desde aquel momento los días pasaban por pura inercia, sin que yo apenas me percatase de ello. Pero bueno, el tiempo siguió pasando y eventualmente lo olvidé. Al fin y al cabo, solo había sido un sueño.

Años después de este suceso, cuando yo ya lo había olvidado por completo, me sucedió otra vez algo extraño. Estaba yo en un parque, en unas ferias de mi pueblo natal, cuando la vi. Era hermosa, como un ángel. No, como un ángel no. Era un ángel. Llevaba un vestido blanco y suelto, y su pelo negro ondeaba al viento al tiempo que ella sonreía. Me sonreía. Aquella completa y angelical extraña me estaba sonriendo. Se acercó a mí, me tendió la mano y me llevó a un rincón apartado del resto de la gente. Nos refugiamos en una especie de caseta junto a un lago. Allí, me hizo un gesto para que extendiese la mano; yo obedecí a su muda petición y ella posó una piedra sobre mi palma. He de reconocer que lo primero que me pasó por la mente fue  «¿Tanto misterio para esto?», pero la muchacha parecía nerviosa; respiraba entrecortadamente y sus redondos ojos verdes me observaban con preocupación, como si buscasen en mí la respuesta a alguna pregunta que se estuviese forjando en el interior de su pequeño cuerpo. Además, la piedra era bonita: debido a su forma casi perfectamente redonda (a juego con los ojos de ella) tenía aspecto de botón, y era de un color anaranjado que yo no sabría describir a ciencia cierta, con un relucir blanco que le daba un toque especial. Tras observarla, miré interrogante a la muchacha, claramente esperando una respuesta por su parte.
-¿Quién eres? ¿Por qué me das esta piedra? ¿Qué tengo que hacer con ella? -iba a preguntar algo más, pero ella hizo un gesto con la cabeza, interrumpiéndome.
-El tiempo se acaba. No me... No me queda mucho.
-¿A qué te refieres? -miré a mi alrededor, nervioso de pronto- ¿Estás en peligro?
-Shhh -cubrió mi boca con sus manos-, pueden oírnos. -Comenzó a hablar en susurros- Cuídala -dijo, indicando con la cabeza a la piedra-, tu vida y tu destino dependen de ello. Buena suerte. -Me sonrió segundos antes de dar media vuelta e irse, brincando de manera que parecía que estuviera levitando.
-¡Espera! ¿Qué tengo que hacer con esta piedra? ¿Tengo que ir a algún sitio? -Mis preguntas eran inútiles, pues el ángel ya se había ido. Me fui de allí antes de que alguien pudiera echarme de menos y preguntarse dónde demonios me había metido. ¿Cómo iba a ser capaz de explicarlo, si ni siquiera yo sabía qué era lo que me acababa de pasar? Durante el resto de la fiesta estuve algo aturdido y distante con la gente, pero nadie pareció darse cuenta. No sé cómo tomarme eso, pero, en fin, tampoco es que me importe mucho a estas alturas de mi vida.

A día de hoy, aún guardo esa piedra. Me ha acompañado en todas mis aventuras y desventuras; cuando estaba feliz me bastaba con echarle un vistazo para sentirme aún más dichoso, y cuando estaba triste centraba todas mis buenas energías y vibraciones en ella en un intento de sentirme mejor. Y normalmente me funcionaba. Como para mí se había convertido en una piedra tan especial, siempre la llevaba en el bolsillo, y todos los días la miraba antes de dormir. Era mi propia manera de enfrentarme al día y de canalizar mis emociones. La piedra me ayudaba a calmarme y a ser más positivo ante la vida en general.

Sin embargo, ese no era el propósito de la piedra. «Cuídala, tu vida y tu destino dependen de ello. Buena suerte». Esas palabras resonaban en mi cabeza varias veces al día, sin que yo pudiese hallar la respuesta. Aquello me producía cierto desasosiego, no lo voy a negar. Me daba miedo obsesionarme con ello, pero había días en que sentía que el mundo se me caía encima y que me iba a morir antes de saber por qué había tenido aquel encuentro con el ángel y por qué se me había encomendado a mí la tarea de cuidar de la piedra. Esperaba ser la persona adecuada...

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⏰ Last updated: Apr 25, 2019 ⏰

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