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--¿Cómo se encuentra? ¿Está bien? --fueron las palabras que Arturo balbuceó en el umbral de la puerta.

El rey había intentado mantenerse calmado desde el suceso ocurrido el día anterior, y el ser capaz de olfatear el hedor a hierbas y pociones desconocidas para él era buena señal. Aquello le recordaba que había llegado a tiempo, que su estúpido sirviente ahora estaba en buenas manos y siendo cuidado por Gaius, quien se encontraba depositando un paño de agua fría sobre la frente de su protegido. Merlín aún no había despertado, lo sabía porque nadie lo puso sobre aviso en esas casi veinticuatro horas.

Gaius se volvió para observarlo, aún sentado en el pequeño taburete de madera al lado de su cama, en donde Merlín descansaba recostado cuan largo era. El médico parecía no haber dormido en toda la noche, y de seguro Arturo tendría el mismo aspecto. Estúpido Merlín.

--Parece ya estar fuera de peligro, majestad --respondió mientras lo observaba caminar por la habitación--. Si se hubieran encontrado más lejos del castillo, no creo que hubiera corrido la misma suerte.

Arturo asintió, en silencio. Casi podría darse por satisfecho, pero la preocupación aún lo carcomía. Aquella era como la que sentía al no escucharlo hablar lo suficiente, o cuando no sonreía como el idiota que era. Porque sí, lo observaba. Mucho, y todo el tiempo. El rey se aclaró la garganta. La modesta camisa que su sirviente solía utilizar había sido cortada y apartada, a fin de tratar la herida que su vientre bajo lucía. Si no hubiéramos estado tan cerca...

--¿No tienes otras responsabilidades a las que atender, Gaius? --cuestionó, y aclaró su garganta después para buscar la sutileza que parecía haber perdido.

Aquel había sido un auténtico tono de comando, sin lugar a dudas. El viejo enarcó una de sus cejas, por la cual el mismo rey se sentiría intimidado si no fuera por su determinación.

--Debo visitar a algunos pacientes de la ciudadela, pero...

--Alguien vendrá a cuidar de él, Gaius --afirmó--, yo mismo me encargaré de eso.

Era un idiota por siquiera pensar en hacerle eso. ¿Por qué lo hacía? Arturo era consciente de que el dolor por la casi pérdida de su sirviente no le pesaba sólo a él, y el médico era como un padre para Merlín después de todo. Gaius asintió, callado y poniéndose de pie para buscar su equipo y los extraños brebajes que él mismo hacía.

Arturo tomó asiento en el taburete nada más Gaius hubo desaparecido por la puerta, casi agradeciendo a los dioses por haberse salido con la suya tan rápidamente. Observó a Merlín, desnudo de cintura hacia arriba y cubierto por una pequeña capa de sudor sobre unas sábanas que se veían lo suficientemente rugosas como para que un ser humano de la realeza como él durmiera en ellas. Se removió incómodamente en el asiento, esa preocupación aún sin desaparecer de su corazón. Las vendas que cubrían la herida parecían haber sido cambiadas recientemente. Aquello era bueno, si su piel no se había tornado levemente negra, significaba que estaba sanando de buena forma.

Apartó el paño de su frente y lo hundió en el jarro de agua que descansaba en el suelo. Arturo siempre era el que recibía las heridas, no el que las trataba. Hubo de suponer que la facilidad con la que lo hacía era fruto de el estar medio consciente en todas las operaciones que había recibido, y le alegraba saber que Merlín no había tenido que pasar por ese dolor al haber sido suturada la herida. Con cuidado, Arturo apartó el cabello empapado en sudor que se pegaba sobre la frente de su sirviente y dejó el paño sobre la piel pálida de esta. Sus nudillos rozaron levemente un afilado pómulo antes de apartarse completamente. Clavó los azules ojos sobre sus labios, cosa que también observaba demasiado, pues no quería perder la oportunidad de ver aquella radiante sonrisa siempre que podía. Ahora se encontraban entreabiertos, partidos y secos, pero un poco de su fuerte color había regresado a ellos.

Debía de parecerle extraño, debería estar avergonzado por preocuparse de esa manera. Esos pensamientos estaban lejos de ser lo que un hombre sentiría por su mejor amigo, su compañero, su sirviente. Pero se sentían correctos, y después de mucho tiempo lo entendía. Arturo había pasado toda la noche observando el techo de su habitación, estirado en su cama vacía. Pensaba que era privado de su sueño por imaginar a Merlín sufriendo lejos de él por una herida que el rey debería llevar ahora. Y el que esa fuera la causa de su insomnio tampoco disminuía su culpa, pues ni por un solo momento había recordado que Guinevere también estaba lejos de Camelot, corriendo un peligro aún peor que el de Merlín al estar expuesta a bandidos y hasta la misma Morgana.

No había sido capaz de recordar a su esposa, su reina, o de preocuparse por ella. Todo por culpa del hombre al que se encontraba acariciando con tanto cariño y aprecio. El ir de campamento había sido idea de Merlín, recordó mientras las yemas de sus dedos trazaban un lento camino sobre la anatomía ajena, separadas de la caliente piel por unos pocos centímetros. Marcó la línea de su mandíbula, clavículas y pecho, pasando por en medio de este y llegando hasta la línea de sus costillas. Apartó su mano cuando notó que estaba abusándose del estado de Merlín. Pero el querer recorrer su cuerpo había sido uno de los detonantes de sus pocas horas de sueño la noche anterior. Había querido cerciorarse por sí mismo de su bienestar y de que los dioses no lo apartarían de su lado tan rápidamente. Maldito mercenario, y maldita ballesta.

El mundo a su alrededor había parecido detenerse al cortar el aire de la tarde la diminuta flecha. Arturo ya había sido empujado a un costado por Merlín antes de que él hiciera lo mismo con su sirviente. Aquel daño iba dirigido hacia el rey, no a su acompañante.

--Mo chridhe --murmuró de forma inconsciente, las palabras dejando sus labios sin poder detenerlas, la ternura impregnada en ellas sorprendiéndolo gratamente.

Pensó en la forma en la que asesinó sin piedad a ese mercenario, y en cómo mataría nuevamente y sin pensarlo dos veces a todo aquel que siquiera respirara a dos centímetros de Merlín con mala intención.

--Señor, la reina ha llegado --la voz de Leon se coló por la puerta entreabierta.

--Gracias, Leon --respondió--. Por favor asegúrate de que alguien venga a cuidar de este idiota.

El Caballero asintió y nuevamente lo dejó solo. Por última vez, Arturo quitó el paño de su perlada frente, lo mojó y estrujó el agua excedente con la que fue cargado. Apartó el oscuro cabello cariñosamente y dejó un beso sobre la húmeda piel antes de cubrirla con la tela.

Se puso de pie, armándose de valor y dispuesto a volver a una vida mucho más tangible que esa.

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N/A: "Mo chride" es una frase escrita en gaélico escocés. Si bien en el lugar en que se centra la trama no se hablaba este dialecto, creí que sonaría bien el escoger este precioso idioma y utilizarlo con este precioso shipp.

mo chridhe ❧ a merthur one-shotStories to obsess over. Discover now