Pecado Nefando (1)

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"Sus palabras se convirtieron en la trágica verdad"

"– ­Qué delicia de gestos son los que haces. –"

Hacía poco que había abandonado el monasterio de que formaba parte pocos años después de ver luz de vida en su nacimiento. Ahora estaba pronunciando en respetuosa, pero triste expresión el que juró ser su último rezo.

Sus brazos temblaban, su voz, se quebrada en susurros. Su cabello, desordenado, bailaba libremente al son de la eterna penumbra de la congelada brisa matutina. Cada tres a diez segundos le permitía, sin atención, a una lágrima desbordarse por sus enrojecidos pómulos, y lanzarse cayendo en las cuentas de madera de las que estaba hecho un rosario desdeñado, este, trágicamente roto en dos partes.

"– Qué delicia de... –"

Palabras sin sentido ahora, pero que se empeñaba en no olvidar nunca, y por ello, las repetía incesante mentalmente. Costaba creer que tan sólo llorase por una frase inconclusa, formada por vocales, que para el beneficio de no sentir más dolor, debía de olvidar.

Inició su cuarto Pather Noster...

– "Pater Noster, qui es in caelis,
sanctificétur nomen Tuum,
adveniat Regnum Tuum,
fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra..."– Algo le detuvo.

Su solemne pose se vio interrumpida en leves nervios por su espina dorsal al sentir unos brazos rodearlo por la altura de sus hombros, como si lo abrazacen por detrás. Se sorprendió de la cercanía que el irrespetuoso sujeto pudo ocasionar, por lo que bajó, investigando, lentamente la miraba hacia su pecho, lugar donde se encontraban agarradas esas manos. Allí corría asustada su sangre, en la maratón de los latidos por minuto. No observó nada, o quizás sí, pues el susto del momento le prohibió razonar adecuadamente.

~ ¿Quién sería tal desconocido? ~ Se preguntó soñando unos segundos. Se sentía tan acogido por aquellos brazos.

Pero algo pudo saber; no existían otro par de manos tan cálidas, no otras más que las de Abraham. Él. Su amigo, su hermano, su familia, su compañero de sensaciones... Su Cristo, mártir del sentimiento al cuál no sabía cómo llamarle, pero dueño todas las agradables emociones que Mateo pudo sentir hasta ayer.

Sin duda no podía evitar preguntarse sobre la identidad del sujeto que lo mantenía confortado, se sintió agradecido por tal afecto repentino. Pero aún ansiando que fuese realidad, la situación no le calzaba, ¿Sería, acaso, su mente, la que le hizo pensar en un abrazo de Abraham?

~ Sí, gracias... pero esto... Esto no es real ~ Afirmó en un pensamiento lógico.

¡No! No quería creer que esas figuras eran una ilusión. Porque las deseaba, hoy tanto como ayer las deseó. No, no, no... Hubiera sido mejor continuar siendo idiota y sólo pensar en la calidez de ese cuerpo que tenía apegado a su espalda. Pero su conciencia maldita le planteó la duda, y al cuestionarse, las perdió.

El amigable calor lo abandonó, yéndose no sólo este, como sensación, si no que a su paso también le arrancó el corazón a Mateo, y deteniéndose este último, derrumbó a su dueño de bruces sobre la fina hierba. Las extremidades no le respondieron. Éstas, temblando en el aire, mientras su dueño lloraba en silencio. Susurrando mentalmente aquellos buenos recuerdos que sabía, no volverán.

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Eran tiempos de invierno, se acercaban los infinitos días de blanca neblina por lo que durase la estación. Los rayos del sol convencían de que faltaban a lo más dos horas de luz para visualizar el ambiente. Si se mirase con atención en lo alto, amenazantes se imponían tres grandes nimbos, cargados de gris y una presencia de terror.

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⏰ Last updated: May 25, 2019 ⏰

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