Edad del hijo: dos meses

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Llamada entrante de Happy, señor Stark.

Tony Stark arrastró con el dedo varias páginas del holograma que tenía ante sus narices, revisando todos los archivos y apuntes que había recopilado para implementar mejoras en su traje.

—¿Happy no puede subir en ascensor y decirme lo que sea aquí?—le preguntó a su IA sin despegar la mirada de los ficheros.
Manifiesta urgencia, señor Stark.

El millonario puso los ojos en blanco, soltó un pequeño suspiro y asintió con la cabeza, resignado.

—Adelante, pues.
Stark—Se oyó entonces la voz de su asistente personal a través de los dispositivos acústicos—. Ha llegado algo para usted en recepción.
—Estupendo. ¿Son galletas? Me gustan las galletas.
No exactamente. Debería bajar a verlo.

Tony hizo desaparecer el holograma con un movimiento rápido de mano, levantándose de la mesa. 

—¿Qué puede ser tan importante como para hacerme bajar? ¿No podéis revisarlo, como hacéis con todos los regalos que me mandan? 

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—¿Qué puede ser tan importante como para hacerme bajar? ¿No podéis revisarlo, como hacéis con todos los regalos que me mandan? 

Es un asunto serio.

Tony arqueó una ceja, mirando a la nada.

—¿Es una bomba?
No, pero casi.

Lo que parecía una llamada molesta y rutinaria comenzó a convertirse en un atractivo misterio.
Y Tony no podía con la incertidumbre.
—Dame unos minutos y bajo enseguida, Happy.
Gracias, señor. No... no tarde.

Abandonó el taller y se encaminó hacia uno de los ascensores de la Torre Stark, su lugar de residencia y sede de Industrias Stark.
Más le valía a su asistente que fuera algo de extrema importancia como para haberle interrumpido abruptamente. A Tony le gustaba concentrarse al cien por cien en sus proyectos, de ahí a que delegara tanto en otras personas cualquier asunto que pudiera distraerle de sus principales objetivos.

 A Tony le gustaba concentrarse al cien por cien en sus proyectos, de ahí a que delegara tanto en otras personas cualquier asunto que pudiera distraerle de sus principales objetivos

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Un bebé. Sobre la mesa de recepción, atrayendo la curiosidad de los trabajadores de Tony, se encontraba un bebé dentro de una cestita de mimbre y tapado con unas pequeñas sábanas. La criatura dormía plácidamente, atrapando un chupete en su boquita.

—¿Se puede saber qué broma es esta?—le preguntó Tony a Happy, sin dar crédito a lo que tenía delante.

Tenía que ser una broma. No podía ser de otra manera. El genio había recibido regalos de todo tipo por parte de sus admiradores: bombones, flores, gafas de sol, sujetadores... Pero nunca nada como aquello.

—No es una broma, señor—le informó Happy—. Ha aparecido a las puertas de la torre.
—Define aparecido.
—Simplemente estaba ahí.
—¿Y las cámaras? ¿Qué han grabado?
—Nada, señor. Quien sea que lo haya dejado, ha sabido sabotear nuestro sistema de vigilancia.

Stark echó un vistazo hacia el exterior a través de la cristalera. Fuera, una Nueva York nocturna e iluminada le devolvió la mirada.

—Eso no es posible.
—Pues lo han hecho.
—¿Y qué demonios...?—Señaló al bebé—. ¿Qué se supone que debo hacer con... con esto?
—Hay una carta—dijo una voz, pero no era la de Happy.

Tony se giró, viendo a Natasha y Clint aparecer en recepción.

—¿Qué hacéis aquí?
—No sé si lo recuerdas—le dijo Hawkeye—, pero habíamos quedado para cenar los tres.
—Oh, sí. Claro—Lo había olvidado completamente—. ¿Cuánto lleváis por aquí?
—El tiempo suficiente para ver a Happy entrando con la criatura—respondió Romanoff—. Creo que la carta que se encuentra en la cesta podrá resolver nuestras incógnitas.

El hijo de Tony StarkStories to obsess over. Discover now