Capítulo 1: Felices 21.

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Exactamente dos horas habían transcurrido desde que había abandonado la celebración de mi vigésimo primer cumpleaños que tenía lugar el salón principal de la casa de mi padre y me había encerrado bajo llave en mi habitación. Dos horas llevaba ignorando por completo los incesantes llamados de todos mis allegados a la puerta pidiéndome que saliera de una vez o advirtiendo sobre no cometer ninguna locura; ciertamente fue un error venir aquí si lo que anhelaba era tranquilidad.

Recuerdo que al principio era poco más de la media noche; ahora mismo observando las agujas del reloj, no logro comprender a qué clase de universo tan turbio y confuso me habían transportado mis pensamientos y me habían mantenido tan inmersa en él, que sin notarlo, ya eran pasadas las dos de la madrugada. Sabía que el tiempo no se había detenido, que los segundos seguían pasando, que abajo las personas seguían disfrutando de la fiesta y que los golpes en mi puerta aún no cesaban, pero yo seguía allí desde hace dos horas, inmóvil en el taburete de mi tocador, pensando desordenadamente en tantas cosas que realmente no pensaba en nada, mientras me observaba fijamente en el espejo, preguntándome qué era lo que estaba realmente mal en mi.

Consideré y descarté varias veces la posibilidad de que en algún punto yo hubiese cometido un error, intentaba buscar respuestas y explicaciones en donde verdaderamente no las había, porque en mi mente nada tenía sentido. Llegué a poner en duda lo atractivo o deseable de mi aspecto; soy culpable de hacer que se tambaleara la opinión que había construido sobre mí misma en el momento en que comencé a analizar detalladamente cada rasgo de mi rostro y atributo de mi cuerpo en busca de algo que estuviese fuera de lugar o que pudiese ser considerablemente mejor. Llegué a suponer que el problema se podía haber originado debido a mi personalidad, no lo suficientemente auténtica para hacerme merecedora de él; afortunadamente, cuando ya me encontraba al borde de colapsar por milésima vez en la noche, fue que la repuesta se reveló ante mí, y allí comprendí todo.

Que bajo podíamos llegar a caer cuando la herida de la traición estaba a flor de piel.

Me sentí por un momento la persona más idiota del universo, a pesar de que en el fondo era imposible no sentir un poco de gracia al respecto; la realidad era que yo jamás había hecho nada malo, también me encontraba completamente feliz con mi aspecto, nunca había cometido ningún error y estaba orgullosa ante mi forma de ser y de la persona que era, y mientras secaba mis lágrimas, mirando mi reflejo, me arrepentí por ponerme a mí misma como el problema, cuando siempre había estado totalmente satisfecha conmigo misma. En ese momento sentí como la ira crecía en mi interior y se apoderaba de mi, y cómo el dolor elevaba sólidas e impenetrables murallas en mi interior.

Decidida y llena de rabia, tomé mi bolsa de maquillaje del primer cajón de mi tocador y me dediqué a arreglar hábilmente el desastre en el que me había convertido. Busqué por la habitación mis colosales tacones color piel que había lanzado a algún rincón horas antes y nuevamente me los coloqué, arreglé los mechones rebeldes de mi larga y oscura cabellera que se encontraba como de costumbre naturalmente lisa y en perfecto estado, y como cuando comenzó la velada, todo combinaba armoniosamente con mi largo vestido de seda rojo. Me admiré por última vez en el espejo, tomé mi bolso y decidí que finalmente me sentía lista para salir. Respiré profundo un par de veces, ignorando el vacío que se había formado en mi estómago y la insoportable punzada de la traición en mi pecho que dolía cada vez más, mientras me repetía una y otra vez con dolor lo que mi madre siempre solía decirme: "Naciste para enfrentar tus problemas, no para esconderte."

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