El HALCÓN se movió intranquilo al presentir el peligro.
Desde su otero en lo más alto de unos riscos escarpados podía ver una figura muy abajo, a lo lejos, que atravesaba el campo nevando. Estaba a kilómetros y medio de distancia, como una mancha solitaria en un vasto paisaje blanco, pero la aguda vista del ave le permitía ver con claridad los rasgos.
Podía ver el rifle suspendido del hombro y las huellas profundas que dejó al salir de entre los árboles.
De vez en cuando el hombre detenía su marcha y volvía el rostro al cielo, como si buscara algo. Se protegía los ojos del Sol y miraba a su alrededor; luego, después de un momento, seguía caminando. El Halcón, una hembra, lo había visto varias veces en los últimos días, y su instinto le advertía que se mantuviera alejada de él.
Una semana antes, varias tormentas azotaron la región, trayendo viento altos y nieve del norte. Durante días, los vientos llevaron a la hembra hacía el sur, desde las tierras rodeadas de hielo que ella consideraba su hogar. La mayor parte del tiempo se mantenía al abrigo de la tormenta, mientras las violentas ráfagas creaban ventisca y convertían su mundo en una voragine de viento y nieve.
Al final, el hambre la había hecho lanzarse al aire, y la tormenta la arrastró hasta que hubo pasado lo peor. En ese momento se encontraba en un sitio desconocido. Las montañas se dibujaban contra el cielo, a la distancia, con un color azul grisáceo; los valles abajo se hallaban cubiertos por grandes bosques de un verde oscuro.
Muy por encima de la línea de los árboles solo había riscos escapados y nieve.
La comida era abundante. Dos días antes la hembra mató a una perdiz nival: la atacó desde arriba mientras volaba sobre campo abierto. Sin embargo, otra vez estaba hambrienta.
Una brisa sopló sobre los riscos, y el Halcón dejó las alas extendidas mientras el aire le alborotaban las plumas. Era de un color crema pardo, con marcas en un tono castaño oscuro en el pecho y los muslos. Las plumas primarias en las alas se hacían más oscuras hacía los extremos, donde el color crema se convertían en un gris claro. Con sus más de sesenta centímetros de largo y envergadura de casi un metro, pertenecía a la raza de halcones más grande y rápida sobre la tierra. No tenía depredadores naturales. Sólo el hombre representaba una amenaza.
A poco más de mil metros de distancia, Ellis se detuvo para recuperar el aliento.
— ¡Maldición! — gruño con voz ronca. Una flema le carraspeó en la garganta y la escupió. Estaba cansado por la caminata tan larga y sentía calor bajo la parka. La superficie de la nieve crujía con cada paso, y Ellis se hundía hasta la mitad de las pantorrillas. Era difícil avanzar y le dolía la cabeza.
De no haber sido por el dinero, en ese momento habría estado en casa, en la cama. Ajustó la correa del rifle y miró al cielo. No había nada, salvo la nube con forma extraña que se alejaba y el brillo de la luz solar. Entrecerró los ojos por el reflejo de la luz en la luz en la nieve. Se enjugó una delgada capa de sudor de la frente y se frotó los ojos, inyectados de sangre por todo lo que bebió la noche anterior. En ese momento lamentaba haberlo hecho. Calculó que había gastado más de sesenta dólares invitando rondas y bebiendo de un tirón whiskies doble. Red Parker y Ted Hanson le preguntaron cómo diablos se volvió tan generoso de pronto, pero él no les contó nada; sólo les dijo que se encontraba a punto de recibir algún dinero.
Ellis frunció el ceño. Tal vez se había apresurado un poco al hablar del dinero. Pensó con amargura que era posible que éste no llegara, y que él quedaría entonces como un tonto. Ya llevaba dos horas caminando y no veía ni rastro del halcón.
A Ellis se le ocurrió que, a pesar de todo los problemas que lo aquejaban, Tusker se llevaría la mejor tajada del trato. Acordaron entonces que éste le pagaría mil dólares por el ave; sin embargo, en ese momento, Ellis cayó en la cuenta de que Tusker había aceptado casi sin replicar, por lo que el cazador supuso que a él le tocaría la peor parte.
Vio al Halcón por primera vez tres días antes, muy temprano por la mañana, cuando se detuvo a atender un llamado de la naturaleza. Al principio pensó que se trataba de un Halcón peregrino, pero luego advirtió que era demasiado grande. Eso lo hizo sentir curiosidad. Sabía, por la forma de las alas, que no era un águila ni un Halcón común. Lo vio remontar una corriente termal sobre los árboles, para después volverse y caer en picada, y luego volar bajo; Ellis vio por un instante su color: era un rayo claro.
Más tarde tuvo que entregar un pedido de madera a un tipo de Williams Lake. Después condujo hasta el pueblo, donde se detuvo en la biblioteca para ver si encontraba algo parecido al ave que había visto. Tan pronto como encontró la fotografía de un gerifalte, lo reconoció. Cuando leyó que se trataba de una especie rara, en particular un ejemplar de color tan claro como el que él vio, se le ocurrió que a Tusker podría interesarle.
Cuando Ellis llego a la puerta del taller de Tusker, éste se hallaba trabajando con un oso gris. Se trataba de una hembra en una postura agresiva: alzada sobre las patas traseras, mostraba los dientes en actitud amenazante; se veía enorme y aterradora. En esa penumbra parecía casi con vida y Ellis titubeó sin querer. Tusker lo observó, con excepción divertida en los astutos ojos negro.
— Se ve muy bien, ¿no crees?
— Supongo que si — respondió Ellis. No le gustaba ir al taller de Tusker. El penetrante olor de las sustancias que èste usaba en su trabajo hacía que a Ellis se le revolviera el estómago. Eso, y el omnipresente olor a muerto que le quedaba en la ropa mucho tiempo después de marcharse. Curiosèo por el lugar con indiferencia, porque no quería que Tusker fuera a aprovecharse de èl.
— ¿En qué puedo ayudarte? — respondió Tusker.
— Tal vez tenga algo para ti.
— El negocio no va muy bien últimamente.
Ellis desvío la mirada mientras una amarga rabia bullia en su interior. Tusker siempre decía que el negocio no iba bien sólo para establecer desde el principio sus reglas y que nadie pensara que iba a pagar mucho por cualquier cosa que tuvieran la esperanza de venderle. La sala de exhibición al frente estaba llena con trabajos de Tusker: mapaches y castores; zorras que se escabullían entre la hierba; incluso un salmón, con una placa lista para que algún pescador la grabará y se marchara a casa a alardear de la gran pelea que le había dado aquel pez antes de sucumbir finalmente. Ellis tenia que admitir que Tusker era bueno en lo que hacía, aunque resultaba difícil imaginar una manera más desagradable de ganarse la vida.
— ¿Alguna vez te piden halcones? —preguntó Ellis por fin. No se oyó tan desinteresado como hubiera querido, pero no dejó de observar la manera en que Tusker titubeó antes de responder.
— ¿De qué clase de halcones estamos hablando?
— De un gerifalte del Ártico. ¿Crees que le interese a alguno de los coleccionistas a los que les vendes?
— Tal vez. Pero sucede, Ellis, que un gerifalte es... una especie protegída.
Ellis resopló, divertido ante la idea de que Tusker pensara que algo así le preocupaba.
— Bueno, si a ti no te interesa, por mí está bien —comenzó a caminar hacia la puerta.
— ¿Estás seguro de que se trata de un gerifalte? ¿Cómo es?
Ellis lo describió.
— Y además es casi de un blanco puro —añadió. Luego comunico a Tusker lo que quería por el ave, suma que sacó de la nada, pero que en ese momento le pareció estratosferica.
— Algunos cientos no bastan. Quiero mil dólares. Tusker titubeó, pero sólo un instante.
— Trato hecho.
En ese momento, después de haber tenido tiempo para pensarlo, a Ellis le parecía que el hombre había aceptado sus términos con demasiada facilidad. Al final, Tusker probablemente ganaría cinco veces más de lo que le estaba pagando por ese Halcón.
El sólo pensarlo enfurecia a Ellis. Creyó que lo mejor sería ir con otros taxidermistas. Había muchos.
Sin embargo, se recordó que antes de poder hacer algo tenia el pequeño problema de encontrar al ave. Ya había salido de entre los árboles y estaba cruzando un campo nevando que se hacía cada vez más empinado. Se colocó los prismáticos que llevaba al cuello y busco en el cielo; luego miró los riscos, más adelante. Cuando se hallaba a punto de bajarlos, algo se movió
El viento que soplaba contra el risco alboroto el plumaje de la majestuosa ave, dándole un leve pero incitante impulsó a las alas. Sintió una punzada de hambre y posó la mirada en el valle en busca de una presa. De pronto, un ave solitaria apareció siguiendo el curso de la pendiente. El Halcón volvió el cuerpo ligeramente hacía la presa. Sintió el tirón de viento y la imperiosa necesidad de satisfacer su hambre, sin embargo, la hembra era cauta, ya que la ponía nerviosa la presencia continua del hombre que venía en dirección contraria. El ave ya se encontraba más cerca; el plumaje gris claro y el vuelo con el pecho al frente, que le daba un curioso movimiento semejando unos remos, la identificaba como una paloma. El Halcón, inquieto, luchó contra su instinto. Miró de nuevo, titubeante, la figura lejana; luego el hambre lo hizo lanzarse al frente y volar.
Ellis observaba a través de la mira de su rifle, con el dedo en el gatillo, y aumentó la presión. Pensaba en el dinero, sonriendo, sin perder la vista al Halcón, en espera de la oportunidad de un tiro limpio al cuerpo. Lo único que necesitaba era precisamente eso; un tiro limpio.
Con las alas extendidas, el Halcón voló de lado y dio un giro.
Se colocó en posición de ataque y espero hasta que la paloma estuviera más próxima; luego calculó el tiempo y la distancia con gran precisión, recogió las alas y descendió. Ganó velocidad de inmediato, con las alas plegadas en una aprenda V. El ruido del aire al pasar le rugio en la cabeza mientras iba en picada; abajo, la paloma cambio de curso al sentir el peligro inminente, pero ya era demasiado tarde. El Halcón llego desde atrás, lanzado las patas al frente para golpear con los largos espolones. Hubo un impacto de una fracción de segundo, una nube de plumas y la paloma cayó inerte a tierra. El Halcón giro, se lanzado para atraparla a quince metros del suelo, y en seguida se la llevó al abrigo de los árboles cercanos
Con renuncia, Ellis bajo el rifle. Sus oportunidades de ver nuevamente al ave ese día eran remotas. Una vez que se hubiera alimentado quizás no volviera a volar durante horas. Encendio un cigarrillo y se volvió para iniciar la marcha de vuelta al camino.
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El Halcón de las Nieves
General FictionSi los deseos tuvieran alas ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
