CAPÍTULO 6: EGIPTO

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—¿Qué ocurre, Kira?

—Una laptop WS-304—respondió—se ha conectado a la red de la Ciudad del Vaticano.

—Enséñame ahora mismo la vista satelital de dicho lugar—ordenó Nuboff.

La pantalla de vista satelital, que en ese momento estaba posicionada sobre la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, realizó un recorrido aéreo sobre la esfera del planeta Tierra. Cuando el globo terráqueo dejó a la vista la faz correspondiente al continente europeo, el país de Italia empezó a maximizar su tamaño.

El trabajo del satélite demostró entonces una vista total de la Plaza de San Pedro. Nuboff se extrañó al reconocer el dibujo que aparecía en medio del suelo y pidió a su Inteligencia Artificial que acercara un poco más la vista aérea. Fue entonces cuando pudo reconocer la caricatura de Rasec. Aquel dibujo logró humillarlo.

Con mucha calma y con una dosis de ansiedad generada por un imprevisto escalofrío que recorrió por todo su cuerpo, se sentó sobre la silla giratoria de su centro de mando. Luego ubicó la diadema de auriculares con micrófono en su cabeza y respiró con calma para serenarse. Tuvo que esperar tres minutos más antes de atreverse a realizar la llamada.

—Kira, por favor, comunícame con el número que está escrito en el suelo—dijo.

Su asistente digital no solo ejecutó el código de la llamada, sino que también desplazó la vista satelital que ofrecía en ese momento la pantalla, al punto exacto donde se encontraba la línea telefónica a la que se comunicaba. Nuboff obtuvo así una vista satelital de la entidad bancaria a la que correspondía dicho número.

Lejos estaba su mente de considerar que aquella sería una conversación que tendría algo que realmente le interesara. Pensó que se trataría una de las tantas llamadas sostenidas con generales y militares de todos los rangos en las que se le suplicaba considerar un acuerdo de paz para salvar lo que quedaba del planeta.

Por eso su cerebro se congeló de asombro, cuando Rasec, tras presentarse y solicitar la posición en la que se encontraba el General O'Donnell, le dijo que tenía la Daga de Cristo bajo su poder. Pero la emoción repentina que experimentó fue desplazada por su pensamiento analítico.

—¿Cómo puedo estar seguro de que tienes esa daga?—preguntó la voz de Nuboff.

—¿Y qué esperas para comprobarlo por ti mismo?—insinuó Rasec—. Usa tu mega computadora.

Los miembros de la Brigada Púrpura, que aún contaban con la dicha de ser testigos del rostro maquillado de blanco y rojo del enemigo, experimentaron la sensación de decepción que vivió el terrorista al observar la imagen que aparecía en pantalla. Imagen que no alcanzó a ser percibida a través de aquella visión.

—Está bien, Nuboff—intervino Rasec—, perdóname por haberte mentido. No tengo la Daga de Cristo, pero si puedo garantizarte que puedo obtenerla.

—Lo siento, pero los escasos segundos que me hiciste perder al realizar esta consulta, me autorizan a desconfiar por completo de ti.

—Bueno, si quieres una prueba de mi sinceridad, solo basta decir que esta llamada telefónica no está siendo recibida desde el banco que indica la vista satelital.

—¿No estás en Roma?

—Sí lo estoy. Me encuentro en el café Dolce Vita, ubicado a diez calles de la Plaza de San Pedro.

Aún sin escapar a la visión que les permitía contemplar a Nuboff, cada uno de los miembros de la brigada fue atravesado por un sentimiento de vulnerabilidad total. Si habían gastado media tarde desplegando por las calles el cable de red hurtado a la compañía White Shadows, era precisamente para desorientar al enemigo.

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