Sacrifice me.

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Colocó la cámara delante de sus ojos, con intención de sacar una fotografía al amanecer que asomaba por el ventanal de su dormitorio. Con la esperanza de poder retratar una antigua belleza que él ya no podía ver. Una belleza que, para él, se había vuelto borrosa. Pero, ¿qué importaba que él ya no la viese si, aún así, otros podían admirarla? Otros... Si ella podía admirarla, él quedaría satisfecho.
Pero ella nunca iba a volver, y él lo sabía demasiado bien. Sabía que ya no iba a poder admirar sus cabellos dorados o sus ojos esmeralda. Sabía que no iba a poder admirar su brillo, su luz, y su consecuente oscuridad.

Llevaba demasiado tiempo sabiéndolo, y demasiado tiempo notando como, poco a poco, su vista se desvanecía, al igual que sus recuerdos. Cuánto daría por volver a verla una vez más. Volver a retratarla y poder admirar su nítida imagen.
Bajó la cámara, sin hacer ninguna fotografía, y suspiró. Había oído su teléfono sonar varias veces. Ella estaba hablando en el chat.

Había esperado a que nadie estuviese conectado para poder leer los chats perdidos, y había tenido que forzar la vista para poder leer los mensajes, a duras penas.

Ella se estaba esforzando como nunca -tal vez como siempre, realmente no la conocía lo suficiente como para saberlo- para preparar todo y, con sus dulces palabras, dirigía todo con un sólo fin. Era irónico, ella estaba haciéndolo genial. Él era quien debía darles indicaciones y, sin embargo, lo único que hacía era esperar. Esperar y mentir.

Salió de la aplicación y cerró los ojos. La mayoría de ellos parecían confiar casi ciegamente en él. Ella confiaba ciegamente y se esforzaba como la que más. Todos estaban emocionados por volver a las andadas, todos ellos pendientes de lo que debían hacer. Y él... A él sólo le quedaba lamentarse y construir paredes a su alrededor, rellenando los huecos que su amada había dejado con mentiras. Mentiras blancas, pero mentiras.

Ella debía quedar intacta en los recuerdos de sus compañeros. Si se enteraban de todo... No, él debía salvarla. Y debía hacerlo solo. La salvaría costase lo que costase. Incluso si debía dar su vida, la salvaría de su oscuridad. Era su responsabilidad, él la había arrojado a aquel pozo por culpa de su luz. De su amor. Y él, sólo él, debía enmendarlo.

No debía pensar en él mismo, debía enmendar sus errores. Debía entregarse, debía sacrificarse para que ella pudiese ser salvada.

Él no merecía ser salvado.

Él, un sol rodeado de mentiras.

Él, que ya no tenía esperanza.

Él, que ya no la tenía.

Que ya no tenía nada.

Al fin y al cabo, merece la pena un sacrificio si así puedes devolverle la luz a una estrella muerta.

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