El primer día.

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Esto es una historia de amor y desamor, de dolor, de superación, de la vida.

La vida es una jodida montaña rusa. No para de subir y bajar provocándonos distintas emociones a cada segundo que pasa. Así era mi vida y probablemente la de todo el mundo. Durante la infancia supongo que somos más felices porque nos abunda la ignorancia. Después todo cambia. Empezamos a ser más conscientes de todo lo que ocurre y nos damos cuenta de que no todo es tan bonito. Mi vida al principio podía decirse que era fácil. Mis padres estaban juntos y se querían, o eso me parecía a mí. Después descubrí que hay padres que, aunque no se quieran, ahí están, aguantándose cada día. Mi hermano cuidaba muchas veces de mí, aunque como con cualquier hermano, discutíamos de vez en cuando. Ahora le echaba de menos, como era de esperar. Mi padre trabajaba mucho, disfrutábamos de los fines de semana para pasar tiempo juntos. A ambos nos encantaba dibujar y pintar. Nos pasábamos los sábados llenando las paredes de pinturas para darle un poco de alegría a la casa. Él me enseñó todo lo que yo sabía. Gracias a él descubrí a lo que me quería dedicar cuando fuera mayor. Dibujar se convirtió en mi mejor manera de expresarme. Me pasaba los días regalándole dibujos a mi madre, apenas cabían en la nevera. Mi madre solía pasar por estados de ánimo un poco difíciles. No sufría bipolaridad pero podía compararse con ello. Muchas veces la escuchaba llorar de repente o se enfadaba por cualquier tontería. Cuando le decía que de mayor quería dibujar, pensaba que era una pérdida de tiempo y que no llegaría a nada con ello. Mi hermano no la tomaba en serio, supongo que la edad le hacía ver las cosas de diferente forma que yo. A mi me dolía mucho escuchar esos comentarios de mi madre, pensaba que la estaba defraudando. Los días que ella se encontraba bien todo era perfecto. Pero después todo se hizo más difícil. Cuando ya me hice más mayor, mi hermano y mi madre discutían el triple que antes. Mi padre intentaba apartarme de todo aquello. Después él se fue.

Después de aquellos vaivenes, llega la adolescencia y la estupidez. Me sentía mal conmigo misma. No me gustaba como era. Por ello pasamos por una época en la que buscamos nuestra verdadera identidad, queremos sentirnos agusto y que los demás nos vean bien. Algo que provoca mucho estrés en la mayoría de personas. En mi caso así fue, me creó muchísima ansiedad sentirme diferente a los demás.

Y el amor... el amor es la cosa que más juega con nuestros sentimientos. A veces estás en una nube y, de repente, como si nada, todo puede deteriorarse y piensas que estás en un infierno.

Mi vida no era estable, nunca lo fue y eso me pasó factura.

Pasé un verano horrible. Mi depresión había podido conmigo. No podía más, no tenía ganas de nada. Mi madre ya no sabía qué hacer. Había estado mucho tiempo arrastrando mis problemas. La muerte de mi padre, la mudanza de mi hermano lejos de nosotros, las discusiones con mi madre, el bullying en el colegio... Era horrible aguantar día tras día tantos problemas... y caí. Caí en un pozo del que no podía salir. Me hundí en mí misma y no dejaba que nadie me ayudara. Por el día hacía como si nada pasara, acumulando el dolor y la ira y por la noche me hacía daño a mí misma, culpándome a mí y solo a mí de lo que ocurría a mi alrededor. No quería acabar con mi vida, era demasiado cobarde para hacerlo pero el dolor me hacía recordar que todo aquello era por ser como era yo. Era rara, marginal. Mi padre me lo solía decir. "Eres alguien único, no hay gente como tú" Claro que él me lo decía con cariño y yo pensaba lo contrario: era un bicho raro. Cuando él murió sentí que moría una parte de mí. Aquel verano acabé en el hospital. Me pasé haciéndome daño el día que se cumplían tres años desde la muerte de papá. Me sentía culpable también de aquello. Si yo no hubiera salido aquella noche, él no me hubiera recogido y no hubiera tenido aquel accidente. Durante esos días la psiquiatra me recetó varias pastillas por la depresión que había sufrido un tiempo atrás. Pastillas para relajarme, para dormir, antidepresivos... En total creo que tomaba cerca de ocho pastillas al día. Drogada 24/7. Eso es lo que hizo estallar a mi cerebro, al parecer. Tenía pesadillas e insomnio. De repente una noche siento que no va a haber forma de dormir pero no por ello significa que no tenga sueño. ¿Qué es lo que ocurre? Que a pesar de saber que no voy a conseguir dormir, lo intento. Ni siquiera soy capaz de entretenerme con algo porque me da miedo desvelarme todavía más. Ahí quizá es donde viene el problema ya que al no entretenerme, mi cabeza empieza a volar por pensamientos que a veces son malos o quizá no lo sean pero funciona como una radio. Da vueltas y vueltas por diversos temas, buenos y malos, pero no calla. Esto es lo más agobiante del asunto. Convierte una noche de insomnio en una noche de ansiedad. A medida que pasan los días esto hace que le llegue a tener miedo a la noche, es decir, a la hora que toca apagar todo e irse a dormir. Hay veces que simplemente lloro porque ha llegado esa hora y sé lo que me espera. Eso es como un perro que se muerde la cola ya que si me acuesto con esa mentalidad, probablemente vuelva a pasar una mala noche.

Odio a primera vistaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora