Los mundos

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La luz... claridad. La claridad es una característica de lo hermoso... ¿cierto? La habitación de paredes blancas contenía un único objeto con la capacidad de cambiarlo todo. Increíble.

El mundo luminoso en la mente de la persona a la quien narramos es un lugar de paz, de claridad. De esta persona desconocemos su nombre e identidad... aunque sinceramente ¿en esta historia lo importante no es su mente?... su mente y su alma.

Y sus mundos. Sus mentiras.

Su mente es un revoltijo de pensamientos enredándose unos con otros. Aunque mientras permanezca en la habitación blanca todo estará bien. Absolutamente todo.

Pero... ¿y por qué no hablamos del objeto que a esta persona le causa pavor?

Una simple pintura.

La habitación blanca del mundo luminoso es siempre tan tranquila. La tranquilidad tiembla. Tiembla en él y lo sabe.

La cámara en constante grabación se encuentra en la misma mesa blanca de siempre. Observándolo. Vigilándolo. De vez en cuando se gira para grabar a la pintura. La pintura... un rectángulo con bordes de cerámica. En el lienzo están dibujadas unas montañas azules.

La pintura es una tentación. Sabe que podría levantarse y simplemente atravesarla, pero debe mantener el control. La tentación es el mundo oscuro... ¿o el mundo oscuro es la tentación? Tal vez son simples derivados de algo mayor. Siempre son derivados.

Han traspasado los días desde que la persona solo se sienta a observar la pintura, mientras alguien más lo observa a él. Tal vez la persona detrás de la cámara también mire la pintura y se cuestione si en verdad vale la pena permanecer en el mundo luminoso. ¿La mitad de ambos sería una especie de limbo? Se muere por atravesarla. Tentación.

Una cama blanca yacía a un lado de la blanca habitación para la persona poder dormir sin problema. Dormía, se despertaba a mirar la pintura, tal vez por todo el día... y luego volvía a dormir. Era la rutina. Le gustaba la rutina.

Odiaba la rutina.

Pero una noche algo cambio. No solo en la rutina si no en el mundo... aunque se preguntaran ¿en cuál mundo?, la persona también se lo preguntaba.

Se fue a dormir como solía hacer siempre y en la noche llegaron las pesadillas. Aves. Aves volando por un cielo completamente rojo. Podía escuchar el graznido y el revoloteo de sus alas. Estaba seguro de que eran cuervos. Todo era borroso, en realidad no distinguía nada más allá del cielo y las aves... sin embargo su corazón palpitaba con rapidez. Sabía que algo malo estaba pasando pero no sabía qué.

Despertó en la calle. La noche dominaba el mundo (el que fuese). Podía oler la noche. Conocía perfectamente la textura y la exquisitez de la noche. La noche era la reina. Sabía que tenía el poder.

En la pared, sin darse cuenta, dibujo una extraña figura. No sabía lo que significaba. Pero lo sentía. Podía sentir pensamientos. Podía sentir cualquier cosa si la noche reinaba. El problema es que tal vez el sentir era engañoso. La noche es engañosa. Estaba viviendo una mentira. Tal vez la figura sabía algo de aquello... ¿pero cómo sabía que era alguien? ¿Cómo podía no suponer que esa figura era cualquier cosa?

La noche le susurro que corriera. Era una orden. Y así lo hizo.

Un hombre uniformado lo detuvo y lo llevo a una estación de policía, o eso suponía nuestro protagonista. El hombre de anchos hombros se sentó enfrente de él y empezó a hacerle preguntas.

-¿cuál es tu nombre?

La persona lo pensó varias veces. ¿Tenía un nombre? Un nombre propio. No se creía capaz de tener uno de ellos. No se lo merecía. Sabía que la noche hubiese pensado lo mismo.

Y fue entonces cuando pensó en la única mujer que tal vez lo hubiese creído mínimamente merecedor de algo así. Su madre. ¿Qué le había pasado? ¿Dónde se encontraba? Estaba vagando en su mente.

Sabía que en un mundo remotamente normal su madre lo había abandonado. Se aferraba a ella, básicamente a lo único que tiene. Le pareció un poco triste que lo único que le quedara fuese un recuerdo. Pero por lo menos era algo suyo. Algo que no le podían quitar.

Las pastillas sí que podían.

-Miles.- contesto con la cabeza gacha.

Miles. Ese era su nombre.

El policía asintió sin importarle mucho algo de lo que estaba ocurriendo. Después le pregunto su edad.

-no sé cuánto ha pasado.

El hombre uniformado anoto algo en su libreta y luego le pregunto por algún familiar que pudiera ayudarlo.

-no...- respondió sin más.

El policía cerró su libreta y salió por una puerta metálica. A los segundos volvió con otro hombre.

-está temblando y no ha dejado de mirar al suelo. Parece ido. No creo que nos escuche.-comento el que le había hecho las preguntas.

El hombre recién llegado se agacho para estar a su altura ya que él estaba sentado. Puso su dedo índice en su barbilla y lo obligo a encararlo. Cuando alzo la cabeza y lo miro a los ojos los cuervos volaron a su alrededor. Debía dibujar. Su madre lo llamaba. Le estaba contando que tuvo una charla con la noche. Más pastillas. Pintura caía del cielo. Más pastillas.

-¿estás bien?- pregunto un cuervo... o tal vez el hombre. Los había olvidado por completo.

El asintió sin hacerlo. Asintió con los ojos.

Un joven chico rubio entro en la escena.

-disculpe señor, el manicomio estatal ha hecho un reporte acerca de que alguien se ha fugado... y es el.- dijo y señalo a Miles.- debió haberse escapado.

El chico se fue dejando a los dos hombres con miradas curiosas.

-debemos llevarlo otra vez allí.- comento uno de ellos.

Luego sin darse cuenta se encontraba buscando a su madre entre la bandada de cuervos. Su madre, que olía a miel. Olía a profundidad. Pero no del tipo de profundidad en el que él ha caído. Era una profundidad admirable.

La profundidad pertenecía al mundo oscuro.

Otravez se encontraba en la habitación blanca... pero la pintura no estaba.    

Los universos de la locuraStories to obsess over. Discover now