Era él o era yo. Así de simple.
Ambos en el ring, nuestras miradas se cruzaban, atentos a cualquier tipo de movimiento que ejecutara el otro, porque el primer golpe de la lucha era importante para su desenlace.
Tal vez se pregunten quién soy y por qué me encontraba allí. Pues bien; mi nombre es Choi Seung Cheol, y con apenas dieciséis años fui conocido como La Máquina Asesina.
Todo comenzó cuando papá quiso llevarme a cazar... Más bien, esa fue la mentira que le dijo a mamá antes de irnos, porque finalmente me llevó a un lugar donde yo «me convertiría en hombre»: peleas clandestinas callejeras. Él fue inteligente y esperó a que empujaran al más débil a pelear, entonces me llevó al centro y me ordenó que lo golpeara en el estómago. Todos me tenían altas expectativas porque era más alto que él, y además, el chico parecía demasiado delgado; sin embargo, no me atreví ni a torcerle un dedo. Para ese entonces no llegaba ni a los trece años.
¿Por qué debía golpearlo? ¿Por qué todos esperaban a que lo golpeara? ¿Por qué papá estaba apostando dinero? ¿Qué es esto? Fue lo que siempre me pregunté cuando me encontraba frente a un chico nuevo, y como no me atrevía a golpearlos, porque mi naturaleza nunca fue ser una persona inclinada hacia la violencia, mi padre me llevaba de la oreja hasta el auto y conducía a casa, donde me golpeaba hasta dejarme hematomas en brazos, piernas y estómago; jamás me golpeó en el rostro, porque si mamá se enteraba, «entonces sufrirás las consecuencias».
Al año siguiente, ya no íbamos «de caza», sino «de pesca». Mi madre, ingenuamente, creía todo lo que papá decía, a pesar de que mi cambio de humor había sido drástico y que, la mayoría de las veces, prefería quedarme en casa para algún paseo familiar.
Eso que mamá conocía como «lago», papá le llamaba El Club; en cambio, para mí era el mismísimo infierno, un matadero, el lugar que me convirtió en un monstruo.
Inicié el entrenamiento en ese sitio, rodeado de muchos niños que eran mayores que yo; incluso habían algunos pocos de mi misma edad y otros tantos menores.
«Regla número uno: no te hagas amigos de ellos.»
Estuve solo. Entretanto mis compañeros de escuela disfrutaban de su niñez, yo me mantenía gran parte del tiempo entrenando en el club o en casa. Incluso llegué a desarrollar una musculatura poco común para la corta edad que tenía en esa época.
A los quince años, tuve mi primera lucha en el club. Mientras golpeaba al niño frente a mí, papá hacía sus apuestas con la gente que observaba la pelea. Así fue como mi contrincante acabó herido en el suelo y mi padre con un fajo de billetes.
Poco a poco fui ganándome el apoyo de los espectadores que disfrutaban de las luchas clandestinas. Tenía fama de ser el mejor de todos allí, pero esa reputación me destrozaba cada vez más la vida.
A fin de año, a pedido del público, las reglas cambiaron. El club pasó a convertirse en algo muchísimo más grande; ampliaron todo el lugar, habilitaron un ring en el centro, rodearon el sector de graderías para que los espectadores se sentaran a disfrutar del show, instalaron cámaras para transmitir las peleas por la web y, lo más importante, ahora las luchas eran, preferentemente, a muerte. Mi padre, consciente de lo que aquello significaba, me inscribió para las luchas de la primera mitad del año próximo.
Estando en casa yo no podía descansar. Papá siempre estaba detrás de mí, como una sombra, ordenándome qué hacer. Me hacía entrenar cada día más, y sólo pude sobreexigirme para seguir sobreviviendo.
«Hijo. Sabes que las reglas del juego han cambiado, ¿verdad? Ya no podemos darnos el lujo de dejarlos vivos, o ellos nos matarán», me dijo una vez cuando supo que el combatiente que acabara vivo se llevaría un gran premio por parte de la organización del club.
A los meses después fue la primera lucha con las nuevas reglas. Mi contrincante fue el mismo niño débil de la primera vez, aquél que no pude golpear porque en sus ojos vi a alguien tan asustado como yo. Esta vez había vuelto fornido, pero en su mirada aún podía ver al chiquillo temeroso de antes.
«¡Vamos! ¡Golpéalo! ¡Golpéalo hasta que no vuelva a levantarse!», oía gritar a mi padre. En ese momento recordé todos los golpes que recibí por parte de él, por no querer golpear a los otros competidores, entonces tuve que dar el primer puñetazo. Rápidamente se recuperó y me golpeó tres veces en el estómago, haciéndome retorcer; el chico había ganado bastante fuerza. Regresé a mi posición de pelea y le golpeé en cada lugar descubierto de su cuerpo. El chico me golpeó aún más fuerte, casi como si estuviera desquitándose conmigo... como si lo hubiera traicionado al haberlo golpeado primero. Volví a darle un puñetazo en el rostro y en el estómago, hasta dejarlo en el suelo, y mientras la voz de papá aparecía insistente en mi cabeza, golpeé al muchacho hasta que dejé de oír esa voz en mi cabeza y comencé a escuchar aplausos, silbidos y aclamaciones por parte del público.
Se había acabado el show.
Cuando salí de mi trance, noté que mi contrincante estaba tendido en el suelo, sin moverse. Con el corazón en la garganta, le tomé el pulso sin que el resto se diera cuenta.
Estaba vivo, pero inconsciente.
El chico acabó en el hospital, en recuperación, mientras yo acabé en casa siendo golpeado por mi padre.
«¡¿Por qué no lo mataste?!», gritó furioso, golpe tras golpe.
Con el temor por ser asesinado en manos de papá, me vi en la obligación de golpear hasta la muerte al siguiente rival... y al próximo, y al que siguió a ese, y...
De esa forma, acabé siendo apodado por el público como La Máquina Asesina.
Estuve muchos años siendo el objeto de entretención de miles de personas, llenando los bolsillos de papá con dinero y mintiéndole a mamá. Sentía que ya no podía más, así que, a los veintiún años, tuve mi primer intento de suicidio; estuve a punto de lanzarme desde el sexto piso de un edificio, pero mi padre apareció, me tomó de una oreja y me llevó a casa, mientras me gritaba en el auto. Esa vez me obligó a entrenar hasta el desmayo.
Y aquella no fue la única vez que intenté acabar con mi vida. Intenté con todos los métodos posibles, pero siempre, de alguna forma, era interrumpido o mis intentos eran fallidos y acababa en el hospital. Papá algo debió haberle inventado a mamá, porque ambos aceptaron que me internaran hasta que me recuperara. No quise negarme, porque, tal vez, aquella era mi salvación para huir de las luchas.
A los meses después, me dieron de alta. Esta vez fue mamá quien propuso que yo hiciera ejercicio para mantenerme ocupado, así no tenía otra recaída. Pero sentí un escalofrío recorrerme la espalda cuando oí la voz de mamá... Parecía apagada; ya no era la madre que yo conocía antes.
En ese momento sólo se me pudo pasar por la cabeza: «Maldito manipulador».
Luego de mi recuperación total, recién a los veintidós años, tuve que volver al club, o en cualquier momento iba a recibir fuertes golpes en el estómago hasta hacer que mis entrañas salieran por mi boca. Y es que no se me pasaba por la cabeza devolverle el golpe, tomar a mamá y huir lejos, porque había una probabilidad muy alta de que mi madre y yo acabáramos muertos si algo así ocurría.
El público aún me apoyaba. Lo supe cuando me nombraron para subir al ring; el suelo comenzó a temblar de tanto movimiento y ruido. Por mi parte, me tomé un buen tiempo para subir; respiré profundo, con los ojos cerrados, y pensé en mamá. Rápidamente tomé mi teléfono y le envié un mensaje, diciéndole que tomara todas sus cosas y que huyera de casa; eso era lo que realmente me importaba: el bienestar de mamá.
Lancé el móvil lejos, porque ya nada me importaba, y subí al ring. Nuevamente era una lucha contra mi queridísimo amigo, el chiquillo de mirada asustada; sin embargo, ya no era el mismo de antes: sus ojos me transmitían ira cuando me miraba. Supe inmediatamente que él había regresado para vengarse, pero ¿qué más daba?
Era él o era yo, ¿verdad?
Mi infancia había sido arruinada. Todos mis intentos por dejar de existir fueron inútiles. Mi padre era un abusivo obsesionado con el dinero. Mi vida ya no tenía escapatoria.
Decidí ser yo...
Fin.
KAMU SEDANG MEMBACA
A Muerte | Choi Seung Cheol [Completa]
Cerita PendekUna historia acerca de una realidad que pocos conocen. Título: A Muerte. Autora: Norah Leblanc. Género: Drama. Tipo de narrador: Protagonista. Duración: Capítulo único. Cantidad de palabras: 1444. Advertencia: Violencia gráfica. Público: +18. Fecha...
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