—He matado a un hombre.— confiesa, sentado en el futón suave, esperando una reacción, mientras mira a algún punto de su miseria. El reloj con una marcha continua de tiempo, la noche asomándose cohibida detrás de las cortinas, el silencio respondiendo con memorias.
—Él vivía en la enorme casa de enfrente, aquella que tenía un jardín decorado con narcisos que se arropaban en ellos mismos cuando el frio los chocaba y las nubes lloraban. La primera vez que hablé con él pensé de manera inmediata y segura que era callado, y lindo, y tal vez solitario. En realidad, pensé en él durante mucho tiempo, al despertar, al leer, al soñar. Interrumpía mis pensamientos con ojos tal vez tristes y inquietud en sus blancas manos. Fueron muchas las veces que hablamos antes de acostumbrarnos a nosotros mismo en conjunto, descubrí entonces que le gustaba leer novelas dramáticas y obras de teatro, tocar el piano y ver pasar el tiempo con partituras en las manos. Aquello lo dijo con brillo en los ojos, que me distraían de esas sombras de soledad colgando de sus prendas, y juraba que si bajaba la vista a sus tobillos vería, allí la desesperación colgando de ellos, y él bebiendo de su negro café, luciendo indiferente. Comenzó a ser normal ir por los fines de semana a ver las hojas caer al lago, mientras él me regalaba sonrisas pequeñas que se volaban con el viento del aquel otoño que parecía, aun, eterno.
Entonces me encontré a mí mismo con el corazón en la mano, desangrándome y desdeñando por tener sus ojos en los míos, por la calidez de sus manos en mi rostro, por su amor incondicional. Un gran puñado de días después, mientras mirábamos un cuervo sabotear lo de alguien más, le dije con palabras cortas que estaba enamorado. Incluso, al decirlo también me sorprendí, yo estaba enamorado y eso lo entendí con claridad cuando su silencio respondió. Sus mejillas tenían color, el invierno se estaba acercando y su frío tajante prometía un resfriado doloroso. Su silencio también dolió, no pude compararlo a otro, pero sé que dolió, cuando nos despedimos, cuando entre a casa, cuando me acosté y intente soñar algo que no fuera su sonrisa sobre la mía. Mi estomago se revolvió, corrí hacia el baño y vomité mi amor por él.
Sin embargo, no fue esa la razón que ocasionó su muerte. Aquel suceso se marginó, como si nunca hubiera sucedido, y los meses pasaron lentos y en puntas de pie para no ser oídos por la natural actitud de querer retenerlo. Para cuando el invierno acabó, él ya no era el mismo, las sombras tirando de sus prendas ahora estaban por todo su cuerpo, ahogaron su sonrisa y no la volví a ver jamás. Era día tras día siendo consumido por las sombras que negaban apartarse de él. Su silencio aumento, su soledad continúo ignorándome y permaneció intacta en sus ojos. Fue ahí de su muerte, tapando sus ojos y apagando su vida, lloré mientras su sangre pintaba mis pies de muchos colores y veía su cuerpo abandonado caer al vacío, las sombras jamás se fueron.»
El silencio se queda en sus ultimas palabras, el reloj ya no avanza, nadie le responde, la noche se vuelve aun más oscura.
—¿Me has perdonado, Yoongi? ¿Me has perdonado por tu muerte?
Nada cambia, su pregunta se estanca en sus oídos, se siente nervioso, y solo.
—No. Sé que no lo has hecho.
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I kill a man + hopega os
Short Story¿Me has perdonado? Sé que no lo has hecho. one-shot yoonseok/hopega
