💀CAPÍTULO ÚNICO💀

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La noche era fría y mucho más fría en los lugares donde los muertos suelen habitar: los cementerios.

Un chico de capucha negra, camina a eso de las dos de la madrugada por el cementerio de Daegu, cargando una pala en su hombro.

Las almas que habitan en ese lugar tan escalofriante, gritan y lloran por su presencia. No lo quieren ahí, le temen más que al mismo infierno.

El sólo escuchaba con fascinación cada súplica, que combinadas con el silbar del viento, no son más que una sublime melodía para sus oídos. Sus pasos son lentos, disfrutando del trayecto a pesar de que se encuentra ansioso por llegar a su destino.

Ya puede oler el fresco olor a muerte cada vez más cerca. En su rostro inexpresivo se a formado una pequeña sonrisa, que para cualquiera que la viera, podría clasificarla como una sonrisa de maldad pura. Pero en realidad, su sonrisa sólo refleja una ostensible felicidad.

Los gritos de los muertos son cada vez más escandalosos, lo que significa que esta a punto de llegar a su destino. El dulce y fatídico olor llena sus fosas nasales, esta frente a frente del que sería su nuevo enfermizo amor.

Victor Moreau, dicta su tumba.

Había escuchado hablar de él, por lo que sus fuentes confiables le dijeron: Había muerto hace apenas una semana en un accidente automovilístico, el cual lo llevó directo a la tumba, o más bien, a sus brazos.

Comienza a cavar ansioso y agradecía que apenas esta mañana haya sido su entierro, pues la tierra estaba aún floja y le era más fácil cavar.

Después de unos veinte minutos al fin pudo tocar algo duro. Se tiró de rodillas al suelo, lastimándose en el proceso y con sus manos, empezó a quitar lo que quedaba de tierra.

Por consiguiente, abrió la caja, sintiéndose como si tuviese diez años y estuviera a punto de abrir un regalo de navidad. Y lo que vió le causó una instantánea excitación.

El cuerpo inerte de Víctor Moreau descansaba ahí adentro. Era todo lo contrario a lo que una vez vio de Victor, aquella dulce cara de niño inocente, no era más que hinchazón y hematomas por todo el rostro. Era hermoso.

Su cuerpo desprendía un olor putrefacto y lo respiró como si de una vela aromática se tratase. Amaba el olor a muerte, tan agridulce.

Lo cargó en sus brazos, llevándolo directamente hacia aquel automóvil estacionado a unos metros del cementerio.

No se tomó la molestia de siquiera levantar aquel desastre dejado atrás.

Nuevamente se encontraba frente a la puerta de su casa, con un cadáver sobre sus hombros.

Agarro sus llaves y las introdujo en la cerradura, dos vueltas dieron las llaves para por fin abrir.

La casa era algo vieja y tenía un aspecto tétrico, como si de una película de terror se tratase.

Ya dentro, levantó el cuerpo y lo colocó en una camilla. Caminó lentamente hacia otra habitación tarareando una canción que su madre ya difunta le cantaba.

Fue por una cubeta y un trapo, para poder lavar aquel cuerpo que tanto deseaba.

Se aproximó hacia aquel que descansaba sobre aquella camilla. Comenzó a quitar cada prenda que llevaba puesta, hasta dejarlo completamente desnudo. Cogió aquel trapo y comenzó a tallar su cuerpo con una gran delicadeza, observando cada parte de él, produciendo una leve excitación en su interior, pero el sabía que aún no era el momento.

Al terminar, lo vistió con un vestido rosa. Cepilló aquellos cabellos color grisáceos, dejándolos tan suaves. El no podía dejar de admirar lo hermoso que era Victor. Levantó la mirada hacia arriba y exclamó: "Que bien te vez", rió un poco y se puso de pie.

Se dirigió hacia la cocina y empezó a preparar la cena, ya que tendría una velada romántica con su invitado. Todo para él era perfecto, tenía a aquel hombre que tanto deseaba, sentado en la mesa esperando a que él llegara para poder charlar.

Una vez ya sentados, él comenzó a murmurar unas cuantas cosas casi no entendibles. "Hemos terminado", dirigiéndose a su acompañante. "Sabes, eres realmente hermoso", decía mientras se levantaba para tomarlo en sus brazos. En su radio colocó aquel cassete que tanto amaba, y en unos instantes comenzó la música.

Dentro de aquella fría y oscura casa se encontraba una persona danzando con su ser amado.

Sin importar las condiciones en las que se encontraban para Hiram Durand todo era perfecto. Si, Hiram Durand es el nombre de aquella persona que suele exhumar los cuerpos que descansan en aquellas tumbas. Pero este cadáver era la excepción, era diferente... realmente lo amaba, lo trataba tan bien, le daba privilegios que a ningún otro le había dado.

"Eres demasiado perfecto", exclamó Hiram mientras lo miraba detenidamente. En unos instantes, Hiram lo besó como si no hubiese un mañana, sin importar en las condiciones en las que estaba Victor. Entrelazó sus manos con las de él y juntos fueron a la cama.

Uno al lado del otro se encontraban mirando hacia la nada, aún con sus manos unidas. Hiram hablaba con Victor como si estuviese contestándole, contándole lo mucho que lo amaba, hablándole sobre su terrible vida; en pocos minutos se encontraba llorando, sabía que estaba mal, él lo sabía pero él lo negaba. Se levantó de la cama y al ver el cuerpo de su amado sin expresión alguna, dio la vuelta y se dirigió hacia un viejo cajón. Tomó aquel arma que contenía una sola bala, se aproximó hacia su acompañante, lo vio por una vez más, se acercó a su oído y susurró: "Estaremos juntos para siempre", seguido por un beso en aquellos labios fríos.

Deslizó su dedo por el seguro de aquella arma, se armó de valor y apuntó dentro de su boca, con lágrimas en los ojos colocó su dedo en el gatillo y tiró de el.

Un sonido ensordecedor sonó dentro de aquella habitación. Su cuerpo cayó hacia el suelo, dejando salir de poco a poco el rastro de un rojo carmesí.

Dos cuerpos inertes se encontraban dentro de la casa.

Él era su mundo perfecto, pero él lo abandonó lejos, dejándolo sólo en total oscuridad.

No tenían futuro, el cielo no fue hecho para ellos. Se quemarían en el infierno, sus bocas eran una cuna de mentiras y su alma un contenedor de pecados.

DESECRATED TOMBS Where stories live. Discover now