Cannibalism

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Un delicioso aroma empezaba a esparcirse por lo ancho y largo de la cocina, junto aquel adictivo sonido que realizaba el cuchillo al cortar rebanadas de pepinillo mientras la carne se freía en una sartén; todo aquello satisfacía de manera inimaginable a Aoba Seragaki, un empresario irrelevante a diferencia de otros que existían en la ciudad, quien esta vez se hallaba cortando la base de una zanahoria y continuar al siguiente paso del procedimiento que estaba leyendo.

Familiares del empresario desaparecido piden ayuda a las autoridades con urgencia.

Se escuchaba en la pequeña y plana televisión que estaba pegada en la pared del comedor, justo después de la mesa. Un periodista narraba los hechos de la nueva e impactante noticia que dio lugar a muchos rumores. Esta vez se escuchaba a una señora desesperada hablando frente a las cámaras, catalogándola como la madre de la víctima. Aoba fue con un plato ya servido, colocándolo en la amplia mesa junto a un cuchillo y tenedor, envueltos en una servilleta. El susodicho se sentó en la silla con las piernas cruzadas, quitándose los guantes para empezar con su nueva cena.

— Qué aproveche~. —dijo en un pequeño canto, juntando sus manos en forma de agradecimiento, entonces, tomó con cuidado los cubiertos, observando con orgullo su nuevo experimento en la cocina. El cuchillo cortaba con cuidado la fina carne, mientras que el tenedor ayudaba cogiendo el sector que era rebanado. Al llevarse el alimento cerca de su boca, olfateó con ligereza, cerrando los ojos y soltando un suspiro de alegría.— Aún siento su olor a canela... —De repente su cuerpo dio un escalofrío lleno de entusiasmo, comiendo la carne y saboreándola a medida que lo hacía trizas con sus dientes. El delicioso jugo que salía de esta, recorría con libertad su cavidad bucal, dejándole completamente encantado.

De esta manera pasaron los demás minutos, comiendo acompañado de algunas salsas y ensaladas, pero el ingrediente secreto era lo que le agregaba el toque a aquel plato, un completo delito, pero exquisito. La tensión de ese momento hacía que se excitara, solo con saborearlo... Era la mejor sensación del mundo. Cuando el plato estuvo casi vacío, sus manos bajaron lentamente hasta su entrepierna, con lo mucho que había crecido se veía apretada contra el pantalón, así que optó por desabrocharlo y bajar la cremallera, seguidamente, su pantalón y bóxer, dejando ver su miembro erecto. Las manos acariciaban el tronco con cierta rapidez, a veces paraba en la punta para que la yema de su dedo pulgar apriete contra el orificio que había en esa zona, no pudo evitar tener recuerdos de lo que hizo con su víctima, aquel alto y apuesto moreno, hace solo algunas horas le daba placer con sus cálidas manos, y por supuesto, se la metía en lo más profundo... Y ahora lo tenía en su plato.

Tener pensamientos tan indebidos le ayudó a llegar a su climax, el semen salpicó un poco en la comida que dejó, un sonoro gemido se escuchó por lo largo del comedor, tratando de regular su agitada respiración, entonces, una amplia sonrisa apareció en sus labios, casi soltando una carcajada típica de un maniático. Agarró una de las servilletas y limpió sus manos, de esta manera pudo agarrar el control remoto y apagar la televisión. Se subió los pantalones dispuesto a tomar una ducha para acabar de una vez con el día, no sin antes tomar la carne cruda que sobró para dejarla en el contenedor.

El último interés de Aoba eran los empresarios, aquellos que olían bien, que tenían un gran futuro por delante, y sobre todo, los de tez visiblemente deliciosa, ellos en definitiva eran de su tipo. Pero claro, no era fácil atraparlos, tenía una estrategia bajo la manga. El peliazul era, a pesar de su bajo reconocimiento en el trabajo, un chico verdaderamente atractivo, con una voz única, muchos terminan diciéndole lo hipnotizante que llegaba a ser a veces. Aquello traía muchos puntos a su favor.

Un lugar desolado era uno de los ingredientes, y atraerlos el procedimiento. No era un novato en ese tipo de cosas, pero tampoco podría llamarse experto, a veces temía ser descubierto, combatir el mal olor que generaba un cadáver era algo con lo que debía ser cuidadoso, por eso tenía un contenedor. Aunque, vivía por su cuenta y el vecindario no era muy visitado por los oficiales al ser el menos habitado, tenía las herramientas necesarias en su ático para lidiar con sus locuras. Todo estaba organizado en su cabeza. Y su siguiente víctima no se salvaría.

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⏰ Last updated: Jan 21, 2018 ⏰

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