VII

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-No, no, Destinee, por favor- me ruega mi hermano, acercándose a mi, pero no le dejo ni si quiera que me toque -¡Él solo quería que estuvieses bien, lejos de toda la mierda!- zumbo escaleras arriba, sin querer oir lo que mi hermano tiene preparado para decirme.

-¡Déjame en paz!- bramo -Yo soy tu hermana, no él- se me escapa una lágrima. Me siento tan dolida de que le haya guardado lealtad a él, y no a mi.

-No, joder, escúchame- me agarra por el brazo y me obliga a girarme -Él sólo quería protegerte y que lo del cumpleaños de Dwice no se repitiera- me dice. Mi hermano lo sabe.

-Tú... Tu sabes...- me corta.

-Lo sé todo- me dice, intentando calmarme, pero ni si quiera esa logra hacerlo eso. Me suelto de su agarre y ni si quiera cojo la chaqueta.

Agarro las llaves de mi coche y me dirijo a este a toda prisa.

-¡Destinee! ¿¡A dónde vas!?- estoy demasiado alterada, disgustada y enfadada como para poder articular palabra.

Conduzco nerviosa y bastante mal, debo decir, con el rumbo fijo. Casi atropello a una señora, y sé que no es buena idea conducir con este nivel de nervios encima, pero no puedo esperar más. Necesito que esta puta mentira acabe, y necesito que lo haga ya. Necesito respuestas para poder seguir con mi vida y dejar de estar estancada a ese puto monstruo. Necesito la verdad. Llego frente a su casa y dejo el coche mal aparcado. Pico al timbre, helada hasta los huesos, y tras cinco toques, oigo la voz de Sam

-Ábreme, Sam- básicamente le ordeno.

Ella no dice nada, y la puerta de abajo de abre. Subo a toda prisa, jadeante por las escaleras, sé que está aquí. Llego a la puerta de su casa, y veo a Sam, dentro, que me mira con el ceño fruncido.

-¿Dónde está tu hermano?- le pregunto, jadeante.

Ella no dice nada. Está dentro. Le hago a un lado y entro sin decir nada, a toda prisa, y respiradno entre-cortadamente. Lo descuro en el salón, que mira con el ceño fruncido.

-¿Qué coño haces...- le corto.

-¿Tú de qué mierda vas?- le digo acercándome peligrosamente a él. No dice nada, cuando llegue frente a él -Deja de meterte en mi vida, deja de preguntar a mi hermano por mi, deja de aparecer en cada segundo, déjame en paz- le grito.

-Pero, ¿qué dices? ¿Estás loca?- me pregunta, cómo si de verdad estuviera loca, pero sé que no es así.

-Deja de tratarme como si fuera imbécil- le digo -Tú me dejaste, déjame superarte...- mi tono de voz ha disminuido tanto que mi respiración se agota.

Le miro con los ojos entrecerrados y veo cómo su mirada se ha relajado tanto que incluso puedo recordarlo cuándo los dos estábamos bien. Juntos y felices.

-Destinee...- pronuncia mi nombre y por primera vez después de mucho tiempo me siento en casa, cuando su mano se posa en mi mejilla y me la acaricia con cuidado. Cómo si de verdad yo le importase.

Las piernas me flaquean, los ojos se me aguan, y al segundo, dejo de sentirme a mi misma. Me sumo en una oscuridad total.

El monstruo IIIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora