EPISODIO 1
Algunos dicen que la suerte es un juego de azar, que el destino nos lanza como dados sobre una mesa. Pero yo no lo creo. El destino no es una fuerza lejana ni algo que ocurre por casualidad. Es una suma de decisiones, de actos de coraje, de pequeñas batallas ganadas en silencio. Y esta... esta es mi primera batalla.
Mi nombre es Ha-neul, y esta es la historia de cómo aprendí a ser valiente.
Cuando perdí a mi abuela, lo único que me quedaba, el mundo se volvió un lugar demasiado grande y demasiado ajeno. No sabía por dónde empezar. No sabía cómo seguir. Pasé noches enteras caminando sin rumbo, de familia en familia, comiendo cuando podía, durmiendo donde me dejaban. No lo llamaría vivir. Era, más bien, resistir.
Y entonces apareció Sook.
No lo vi venir. Estaba sentada en una plaza, con una bolsa de pan viejo que me había dado una mujer amable, cuando él se acercó. Alto, elegante, con una presencia imponente que intimidaba al principio. Pero sus ojos... sus ojos no tenían nada de fríos.
—No deberías estar sola —dijo, como si me conociera de antes.
No supe qué responder. Algo en su tono me hizo confiar, y aunque todo en mí gritaba cautela, asentí. Me dijo que conocía un lugar donde podría estar segura, donde no harían preguntas innecesarias. No era su casa exactamente, sino la de su madre, Shin. Me ofreció llevarme hasta allí, y con más incertidumbre que esperanza, acepté.
Shin era todo lo contrario a lo que esperaba. Pequeña, de cabello canoso recogido en un moño desordenado, con una mirada viva y una voz firme. Me evaluó de arriba abajo como si fuera una inspectora en una película policial. Y luego, simplemente, dijo:
—Puedes quedarte. Pero estudiarás. Y ayudarás en casa. No es caridad, Ha-neul. Es una oportunidad. La oportunidad de empezar de nuevo.
Y así, sin ceremonias ni preguntas dolorosas, me dio un hogar. No un refugio temporal, sino algo que jamás creí volver a tener. Comida caliente que no tenía que mendigar. Almohadas suaves que no eran bancos duros de plazas ni colchones prestados. Silencios que no pesaban, que no dolían. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar. Que tal vez, solo tal vez, mi vida estaba a punto de cambiar de verdad.
Ese fue mi primer acto de valor: permitirme creer que merecía algo mejor. Que aceptar ayuda no era rendirse, sino dar el primer paso hacia una vida que ni siquiera me había atrevido a imaginar.
Era una mañana cualquiera, pero para mí significaba todo. Por primera vez en años, tenía una meta, algo que deseaba con todas mis fuerzas. Subí corriendo las escaleras, con el corazón golpeando en el pecho como si quisiera salir, y una hoja temblando entre mis manos: la confirmación de que había sido aceptada en el colegio. Una sonrisa se me escapó sin permiso. No podía borrarla. No quería.
—¡Shin! ¡Me aceptaron! —grité, agitando la carta.
Ella dejó su taza de té sobre la mesa y alzó las cejas. La sonrisa que me dedicó no fue solo de alegría. Fue de orgullo.
—Sabía que lo lograrías, Ha-neul.
Una voz interrumpió el momento. Carmen, una de las empleadas, apareció con su inseparable plumero.
—Te busca un amigo, jovencita.
—¡Seung! —dije, más para mí misma que para ella.
Corrí hacia la puerta. Allí estaba él, como siempre, con esa sonrisa de "sabía que lo lograrías" antes de que yo lo dijera.
—¡Estoy dentro! —grité, agitando la hoja como trofeo.
Seung era, sin duda, mi lugar seguro. Lo conocí unas semanas después de llegar a casa de Shin, en una heladería del barrio. Comenzamos hablando de sabores y terminamos riéndonos de tonterías como si nos conociéramos de toda la vida. Desde entonces, no se despegó de mí. Tenía esa forma de hacer que el mundo se sintiera menos amenazante, menos incierto. Nunca preguntaba más de la cuenta, pero siempre estaba ahí, con una palabra justa o una risa contagiosa.
Esa tarde, como tantas otras, comimos papas fritas en el suelo de la sala, vimos películas absurdas y jugamos a ignorar el paso del tiempo. Él lo llamaba "nada productivo", pero para mí era el mayor acto de sanación. Era sentir que pertenecía, que tenía a alguien de mi lado. Me dormí en algún punto, acurrucada entre almohadones, con la sensación tibia de que, por fin, algo en mi vida estaba empezando a ir bien.
Pero cuando desperté, el aire tenía algo distinto.
Voces abajo. Voces que no reconocía.
Me asomé al pasillo y vi a Sook conversando con una mujer elegante y un chico de pie, más cerca de la puerta. Alto. Postura relajada. Mirada inexpresiva.
Sook, con esa energía siempre medida pero firme, se levantó del sillón apenas me vio asomar la cabeza desde la escalera. Con un gesto de mano, me llamó a acercarme. Me costó unos segundos moverme; algo en el ambiente había cambiado.
—Ha-neul —dijo, con una sonrisa amable mientras rodeaba a la mujer con un brazo y luego señalaba al joven a su lado—, te presento a mi esposa, Hana, y a mi hijo, Jungkook. Estaremos quedándonos en Seúl por un tiempo, hasta que encontremos una casa definitiva.
Hana era tan elegante como su primera impresión prometía. Su postura impecable, su voz suave y educada; parecía de esas personas que no necesitan levantar la voz para que todo el mundo las escuche. Me saludó con cortesía, aunque sin demasiada calidez.
Jungkook, en cambio, era un contraste absoluto. No se movió. Permanecía de pie, ligeramente apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y una expresión neutra, casi aburrida. Me miró como si calculara algo en silencio, como si ya supiera quién era sin necesidad de preguntar. Su saludo fue un simple movimiento de cabeza, sin palabras.
—Es un gusto conocerlos —alcancé a decir, haciendo una leve reverencia.
No supe dónde colocar las manos ni qué más decir. No había hostilidad en él, pero tampoco interés. Era como si ya estuviera acostumbrado a que el mundo viniera a él y no al revés.
Sook retomó la conversación con Shin mientras me retiraba lentamente, sintiendo aún los ojos de Jungkook sobre mí, como si hubiera dejado una marca invisible. No sabía por qué, pero en ese instante supe que este chico no era como los demás. Y que no sería alguien fácil de ignorar.
Me paralicé. No por timidez, sino porque Jungkook no parecía interesado en conocerme. Me saludó con un breve movimiento, sin sonreír.
Fue solo un instante, pero algo en su presencia me inquietó. No porque fuera hostil. Sino porque era... insondable. Como si guardara secretos que no quería compartir.
Me retiré a mi habitación con el corazón acelerado, sin saber por qué.
Y así comenzó el segundo acto de mi historia. No de valor, esta vez.
Sino de intriga.
Porque algo me decía que Jungkook iba a cambiarlo todo.
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HOGAR PRESTADO! ➢ Jeon Jungkook.
FanfictionHa-neul jamás imaginó que la salvación pudiera sentirse como una sentencia. Acogida por una abuela millonaria que la trata como a una nieta, parece tenerlo todo... excepto libertad para escapar de la mirada helada de Jungkook. Él no olvida. La últim...
