1-Infancia

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El cine  de oro, los luchadores enmascarados, las radio novelas, las caras televisiones aún en blanco y negro, las calles del centro y Reforma repletas de la crema y nata entre los ricos de la ciudad, el llamado palacio del frontón albergando hombres ricos que apostaban y cerraban negocios mientras disfrutaban de un partido que todos (sean nativos o extranjeros) querían protagonizar, los boleros sonando en cada cocina y en cada casa, las faldas por debajo de la rodilla toda una vulgaridad para las ancianas, los pantalones de tirantes que hombres pobres y ricos estaban dispuestos a usar. 

La capital había evolucionado, el cine nacional dejó de ser un negocio con la muerte de sus estrellas protagonistas, la lucha libre fue desplazado por un nuevo deporte (Futboll), las radio novelas fueron canceladas debido a la baja demanda, la televisión se volvió plana, a color y mucho más baratas, todos pudieron tener una en casa. La población rica se redujo a unos cuantos, la guerra y los movimientos hippies cambiaron al mundo y a las nuevas generaciones, el rock fue satanizado y prohibido debido a los mensajes de libertad que difundieron, movimientos estudiantiles y masacres pasaron por el resto del país, el tipo de ropa diferenció a los ricos de los pobres, las faldas cortas pasaron de ser "faldas" a "cinturones anchos", Un escándalo para los padres y los abuelos.

El mundo había cambiado, pero no ese pueblo. El pueblo en el que crecí aún se escuchaban los boleros, las radio novelas locales, las historias de luchadores, las faldas por debajo de la rodilla, los pantalones de tirantes, el aire limpio, el montar a caballo por las calles, las carretas, el cine de oro era una novedad, los gitanos vendiendo cachivaches estrafalarios, las viejas brujas conjurando hechizos y las abuelas y madres arreglando los matrimonios de sus hijas.

Mi familia tenía dinero, una mansión, ganado, plantaciones, peones, muchos herederos y pocos pensadores.

Esa era la vida que me correspondía, eso era lo único por esperar, pero las cosas pasaron de cierto modo en el que todo lo que mi familia había imaginado para mi terminara en nada más que una utopía.

Mi abuela me educó para eso, así nos educó a todas mis primas, nos enseñó a tejer, a cocinar, hacer la limpieza y a mantener la boca cerrada durante la presencia de un hombre, yo nunca pude dejar una opinión en mi cabeza, disfrutaba hablar con los hombres, incluso jugar como ellos, vestirme como ellos. Me reprendían cada vez que hacía una de estas cosas. "No busques más atención de la que mereces, mucho menos de los hombres.", ese era el discurso de siempre.

Recuerdo que cuando me encontraba alrededor de los 7 años, en una tarde de verano jugaba con mis primos y mientras dábamos piruetas por la tierra de la hacienda le contaba al cielo en voz alta sobre la incomodidad de los vestidos de crinolina y las calcetas de listones blanco y grueso.

Fue entonces cuando Edi, el primo de mi misma edad, continuó mi monólogo. "-Y tu no tienes idea de lo incómodos que son estos zapatos nuevos"; la conversación nos llevó al punto de ponerme los zapatos de Edi y él mis calcetas, decidimos que se veía extraño y que era mejor llevar el "disfraz" completo, le dí mi vestido y él me dio sus pantalones y camisa, nos pareció cómodo a los dos, para mi fue como si por primera vez estuviera en lo correcto.

Seguimos dando vueltas por la tierra, hasta que una nube gorda y negra se asomó por los cielos, Edi y yo corrimos hasta la casa y aún con la ropa del otro nos sentamos a comer, los demás primos fueron llegando, los tíos llegaban de trabajar y se sentaban en la mesa, las primas comenzaron a desfilar desde la puerta de la cocina hasta la mesa con platos de diversos guisados, todos hechos desde cero en aquella antigua cocina; las tías salían tras de ellas con aún mas comida, todos los que estábamos en la mesa podíamos saborear toda esa comida antes de ser servida. Entonces salió de la cocina la abuela, con su ya deteriorada vista señaló con el dedo a Edi. "-Grecia, ve a llamar a tu abuelo", Edi no contestaba, me levanté y cuando iba a salir del comedor la abuela me detuvo. "-¿A dónde vas Edi?", en mi inocencia decidí contestar con la verdad. "-Pero yo no soy Edi, yo soy Grecia, solo que llevo la ropa de Edi". Enseguida la cara de la abuela se puso colorada, me miró con asco, un grito furioso salió de su garganta "-¡¡Rogelio!!, ven a ver a tu nieta." Mi abuelo corrió desde su estudio hasta el comedor donde soltó una carcajada, provocando un enojo peor por parte de la abuela, las tías y las primas. "-Pero mírate, pareces Frida Kahlo, solo te falta un saco.", El abuelo se quitó el suyo y me lo dio, sacó mis trenzas de las hombreras de este y soltó a reír nuevamente por lo grande que me quedaba este. "-Pero cómo es posible, no compares a una mujer de mi familia con esa marimacha, quítale eso a la niña ahora.", el abuelo respondió ignorándola, "-Y ¿qué has hecho con tu vestido?." "-Edi lo trae puesto.", señalé hasta su lugar. "-Ven Edi, pero si tu pareces Lili Elbe.", dijo una vez que se acercó. "-Al parecer tenemos dos liberalistas en la familia, siéntense a comer.", la abuela me señaló "-Ahorita nos las arreglamos tu y yo.", y bajo esa amenaza comimos, la abuela no volvió a mirarme durante la comida.

Al terminar y mientras las tías y primas se encargaban de la limpieza la abuela nos llevó a los establos, hizo que Edi y yo nos cambiáramos de ropa y después de eso, le dijo a Edi que se fuera a sus clases con el abuelo, él salió corriendo y al dejarnos solas la abuela me dijo que me bajara los calzones y me levantara la falda, así lo hice, entonces sentí el cuero de la vara de los caballos en mi trasero, dejé caer unas lágrimas, grité de dolor, y al recibir el segundo golpe me tomó del vientre y de la espalda para enderezarme. "-Si vuelves a hacer algo así, el castigo será peor, si no aguantas esto, que vas a hacer cuando tu marido te pegue, y deja de llorar, ya estas grande.", salió de los establos y me dejó ahí sola llorando.

Desde ese incidente mi vida se convirtió en una monotonía, hacer la comida, limpiar la mesa, tejer algún suéter, un discurso sobre lo que a los hombres les gusta y lo que no y por último la explicación de cada planta que crecía en la hacienda, me parecía realmente aburrido pasar el rato escuchando a la abuela sobre amarres amorosos, curar enfermedades o sobre como usar las plantas para la belleza.

Así siguió mi vida hasta que a los 10 años mi madre vino de visita a la hacienda, mi abuelo la recibió con tanta alegría, como sake, el perro pastor de la hacienda, cuando jugaba con él. En cambio mi abuela la miraba como si fuera una desconocida y no su hija, la miraba con ira y total repugnancia, entonces mi abuelo se acercó a ella. "-Más te vale que la dejes tranquila o me voy a cobrar todo lo que le haz hecho estos años.", nunca había escuchado al abuelo tan enojado por algo.

Al principio yo no reconocí a la mujer, pero algo me hacía acercarme a ella, la abuela me tomó del brazo y me dijo al oído, "-Esa mujer es una pecadora, no te acerques a ella, pues te harás como ella.", temía un castigo como el anterior, así que me dediqué a seguir a la mujer sin que esta o el abuelo se dieran cuenta. Ellos dos caminaron hasta el estudio del abuelo; yo nunca había tenido el valor de entrar, pues ahí era donde el abuelo le daba clases a todos los niños, por ello la abuela nos prohibía entrar.

Cuando estaba a punto de cerrar la puerta el abuelo se dio cuenta de que estaba viéndolos escondida tras la pared, él me llamó con la mano, me acerqué lentamente y me dijo que entrara, negué con la cabeza, "-La abuela no tiene por que enterarse.", entonces accedí, entré a la oficina, mi madre estaba sentada en un sillón de cuero café que tenía el abuelo. Recorrí cada detalle del lugar mientras trataba de memorizarlo, era como si no volviera a entrar allí. 

Muchas veces eh tratado de describir ese lugar y sin embargo nunca lo he conseguido, pues más allá de lo que vi, fue algo más grande lo que me invadió al llegar ahí, una sensación de pertenencia acompañado con un olor a destino.

Aquel lugar era más grande de lo que alguna vez pude imaginar, tenía una pared llena de libros, las cuatro paredes del lugar estaban tapizadas de libros, el escritorio dorado del abuelo, se encontraba del lado derecho del salón, el suelo de madera era protegido por una alfombra roja con dorado, con el mismo diseño y color que el escritorio; unos sillones de cuero café que hacían que el lugar tuviera un toque hogareño, sin duda si fuera un ángel hubiera escogido ese lugar para ocultarme. Mientras recorría el lugar mi mirada se topó con la mujer, entonces regresé a la tierra.

El abuelo tomó mi mano y me acercó a la señora, "-Mira Grecia, ella es tu mamá y ha venido a verte.", no sabía que decir, así que decidí quedarme callada, era la primera vez que no sabía que decir, aún si no fuera correcto.

Los recuerdos de esa tarde rondan mi mente, me gusta trasnochar e imaginarme que le hubiera dicho, que le hubiera contestado, incluso esa misma noche lo pensé, me vinieron a la cabeza mil y un respuestas, pero ya era tarde, el momento ya había pasado y por más que lo pensé no encontré la manera de mover el tiempo para regresar a aquel momento y decirle todo lo que aún sueño con decirle.

Mi madre se fue a primera hora de la mañana siguiente, no se despidió de mi, solo se fue dejándome con el corazón herido y con mil y un ideas para hablar con ella. Estaba muy resentida, pues no me dio oportunidad de recordar su voz, sin embargo me dio oportunidad de encontrar un lugar prohibido.

Canción: Deep in my heart - Drums

Sweet Peach: En La Selva de ConcretoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora