PERSECUCIÓN

19 1 2
                                        


Nunca antes había corrido así de rápido en mi vida. La adrenalina hacía a mis piernas moverse como si estuvieran poseídas, llegué a pensar por un instante que lo perdería. Pero no. Sus pisadas aún resonaban a lo lejos, acercándose, entre los árboles; enormes, incansables, imparables. No sabía qué era, no sabía por qué iba tras de mí; no sabía dónde estaba, ni como llegué allí. Lo único en lo que pensaba era en huir, correr por mi vida, y eso es justo lo que hacía. El bosque quedó atrás, yo corría por lo que parece una pradera cuando los troncos tronaron con estrépito. Los pasos entonces empezaron a acercarse, grandes golpes secos en el césped, que se oían cada vez más alto. El sudor empezó a resbalar por mi frente, mientras aceleraba hasta el límite de lo humanamente posible. Fue inútil. Seguía más y más cerca a cada segundo. Su presencia ganaba fuerza a medida que perdía distancia, su mirada clavada en mí. Cada tranco de la criatura ahora causa una vibración en el suelo. Está cerca, realmente cerca. Mis piernas empiezan a temblar, podría caer en cualquier momento. Sería el fin. No puedo tropezar, no puedo tropezar, no puedo tropezar. Puedo sentir la respiración de la bestia en mi nuca. El miedo y una gota de sudor me obligan a cerrar los ojos. En el proceso veo como la tierra frente a mí acaba abruptamente. No alcanzo a detenerme, no puedo detenerme, no quiero detenerme. Igual estoy acabado. Caigo por el acantilado, el aire helado de la noche zumbando en mis oídos. Una eternidad más tarde, me estrello contra el agua, cabeza adelante.

Oscuridad.

Abro los ojos, agito las manos, toco fondo y alzo la cabeza para gritar, pero sólo consigo escupir agua espumosa. En pocos y frenéticos segundos, recojo y arrastro mi cuerpo de vuelta al gastado sofá; por completo empapado, observo atónito toda la habitación inundada: La lavadora, aún trabajando, está haciendo ruidos abruptos y extraños, el tambor se sacude y golpea fuertemente; el grifo abierto, sigue conectado a la máquina, que ahora es una fuente de agua jabonosa. Con el desagüe cerrado, eran más de siete centímetros de agua que se habían acumulado y en los que había "buceado" instantes atrás. Pasos apresurados llegaron hasta las escaleras que dirigen al sótano. Es casi seguro que mi tremenda caída en la lavandería se oyera por toda la casa. Arriba, desde el umbral, mi mamá me grita sin poder ocultar su asombro: "¡Miguel, volviste a quedarte dormido!"

FIN.

PERSECUCIÓNStories to obsess over. Discover now