[One-shot]

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Íbamos subiendo aquella escalinata despacio, con parsimonia, casi tambaleándonos al son de una música imaginaria, bajo una intensa luz roja. Los vítores iban tronando en nuestro oído más y más a cada escalón que subíamos, y nos embriagaban. El escenario rogaba por nuestra aparición, la arena pedía a gritos su dosis de sangre y nosotros no éramos nadie para negársela.

Poco a poco, la voz del comentarista se hizo entendible:

—¡...El dúo invicto, los letales "004"!

La luz cambió súbitamente a un irritante color blanco proveniente de un solo foco que no nos dejaba ver nada. Usé mi mano de visera, y entonces lo pude contemplar: las masas enardecidas, haciendo rebosar las gradas, agitando sus manos en el aire, gritando nuestro nombre. ¡Cero, cero, cuatro...! ¡Cero, cero, cuatro...!

No pude evitarlo. Mis labios esbozaron una sonrisa casi desfigurada por aquella sensación de poder. En la grada más próxima a la arena, el Dios de la muerte nos escrutaba con la mirada una vez más, entornando sus ojos cetrinos. Ese ser desvencijado y siniestro, refugiado en su capa, ahora estaba habitado por el alma del que antaño fuera nuestro mayor enemigo. Todos lo sabíamos: el Kishin se había adueñado de Death the Kid, el nuevo Shinigami. Había conseguido gobernarnos a todos y propagar su locura por nuestras venas como una pandemia, y ahora esperaba como un buitre a que nosotros lleváramos a cabo nuestra actuación.

Si todavía pudiese escuchar a mi propia conciencia, me resultaría repugnante. Pero simplemente río y dejo mi mirada perdida en la multitud. Es lo más fácil.

Maka me dio un par de golpes en el hombro, y me señaló al frente. Era verdad, ahí estaban, las pobres miserables que iban a sucumbir en nuestras manos. Nos miraban con intensidad, tratando de permanecer impasibles... Pero las apariencias no sirven de nada en el Death Show. Aquí, sólo los cuerdos tratan todavía de guardar la compostura. Y si no estás loco, no sobrevives; es la ley número uno.

Ya eran cadáveres.

—¿Maniobra de los diez segundos? —Escuché que me preguntaba Maka, unos pasos más adelante, dándome la espalda.

—Ni lo dudes —asentí, incorporándome y mirando a mis próximas víctimas como lo que soy: un psicópata.

Mi hermano siempre me había dicho que la vida de una persona puede cambiar completamente en diez segundos. Y ahora sabía que era verdad: Maka y yo lo asegurábamos en cada enfrentamiento con un cien por cien de fiabilidad.

—¡¡Que empiece la batalla!! —Chilló el comentarista.

El público aulló. Aquella fue nuestra señal de salida.

Adquirí mi forma de Death Scythe y Maka me alojó en sus manos. Podía sentir su euforia chispeando en aquel agarre; ella tenía más ganas de aquello que yo. He de admitir que su sed me pone. 

Acto seguido, apuntó hacia nuestra enemiga y su arma con mi filo.

Se arrojó hacia la rubia con rabia irrefrenable. La otra hizo lo propio, y corrió hacia nosotros.

Uno.

Yo choqué violentamente contra el otro metal, una lanza que, en realidad, no tenía mucho filo. Sonreí; en aquella armonización de almas no había suficiente locura.

Dos.

Maka me giró en el aire a toda velocidad, y mientras mi movimiento servía para esquivar las estocadas de la niña, también la iba arrinconando, quizá más rápido de lo que los espectadores hubieran deseado.

Tres.

Entonces frené de golpe. Mi maestra había hundido mi filo en su hombro izquierdo. Al instante, un borbotón de sangre negra salió disparado hacia la lanza de nuestra adversaria. De un momento a otro, retomó su forma humana; se estaba ahogando, la sangre negra había entrado por su nariz y su boca. Cayó al suelo, agonizando.

—¡Tsugumi! —Gritó alarmada su maestra de armas.

Cuatro. Cinco.

Aquello había sido su perdición. Había perdido los nervios.

Maka extrajo la guadaña de su piel y continuó girándome en el aire, como una hélice, ahora haciendo cortes por todo el cuerpo de la otra técnico. Eran tajos profundos, pero no letales. Sólo quedaba el golpe final.

Seis. Siete.

Maka le había cortado los tendones de los hombros. La muchacha cayó con las rodillas al suelo y comenzó a llorar, clavando sus ojos en mi maestra de armas, pero sin mirarla. Estaba completamente a nuestra merced. Maka me colocó entre las rodillas de la joven, con el filo mirando hacia arriba. Sentí cómo cada uno de mis vellos se erizaba ante lo que iba a suceder a continuación. El público se quedó en silencio, expectante...

Ocho. Nueve.

—¡Oops! —Susurró al oído de la atormentada niña.

Y, como movida por un resorte, tiró de mí hacia arriba. Me abrí paso por la carne de la muchacha como una bala se abre paso por el aire, hasta atravesar el cráneo. Un corte limpio y recto.

Diez.

Aquello había terminado.

Una enorme ovación se abrió paso en las gargantas de las masas. Volvíamos a bañarnos de un espantoso éxito. Tomé mi forma humana y di una mirada en derredor. Maka y yo alzamos los brazos. Solté una carcajada larga y sonora. Me encantaba estar enfermo, tal y como los demás.

A mis pies se encontraban las almas de la tal Tsugumi y su maestra de armas. Maka las recogió y me cedió una. De un trago, las engullimos, como símbolo de rotunda victoria.

—¡Excelente! —El locutor intervino entre el barullo—.¡Una ejecución sublime, en ambos sentidos! ¡Pero todavía nos queda un contrincante en el show de esta semana! A continuación, tendremos el placer de ver el enfrentamiento entre los 004 y los siguientes clasificados... 

Calló repentinamente. Los ánimos entre el público disminuyeron y se abrió paso el desconcierto.

—No puede ser... Este enfrentamiento será arriesgado... En fin, ¡el show debe continuar! —Una nueva ovación retomó el ritmo de la noche—. ¡Nuestro equipo 004 se enfrentará ahora con un dúo temible... ¡El equipo 106!

Maka y yo miramos hacia la arena. Al cabo de unos segundos, la pareja hizo su aparición, escalón a escalón, tambaleándose como al son de una música imaginaria...

La luz blanca se reflejó en las gafas de Stein y me cegó de nuevo. Detrás de él, una silueta del todo conocida asomó, con entusiasmo contenido.

—Hola, Maka... —Musitó, con una risa floja.

—Ja... Ja, ja... Hola, papá... —mi maestra temblaba de emoción y nervios. ¿Acaso no había deseado mil veces esto, en cierto modo?

Ambos equipos nos pusimos en guardia. El público no comprendía del todo las dimensiones de aquel enfrentamiento, pero explotó en aplausos y vítores igualmente.

—Te quiero, Maka —soltó Spirit en medio de la arena.

—Y yo a ti.

El locutor dio la señal de salida. El público aulló.

El show debía continuar.

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⏰ Last updated: Apr 24, 2017 ⏰

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