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Eran las 4 de la mañana cuando decidí volver a casa. Me despedí de mis amigos y dejé atrás a John, esquivando su mirada y evitando que me siguiera una noche más. Estaba harta de tener a una persona vigilándome las 24 horas del día, y sobre todo si esa persona trabajaba para mi padre. Jefe de policía de San Francisco, mi padre, Michael Glue, estaba obsesionado con mi seguridad.

Cerré la puerta del bar, y caminé rápido hacia mi casa, pensando en el poco dinero que me quedaba para pedir un taxi. Vivía a menos de tres manzanas, pero la distancia no me hizo sentirme más segura. Odiaba caminar sola, miedo quizás heredado de mi padre. Caminé con paso firme, girándome cada minuto para comprobar que seguía sola. La noche era fría, y la luz de las farolas no iluminaba lo suficiente, pero continué mi caminata. Comencé a pensar en un lugar cálido y seguro, en mi hermano y en mis amigas, pero pronto alguien me hizo volver a la realidad. Fue rápido: un empujón, unas manos en mis ojos, y un dolor increíblemente agudo en la cabeza.

Me desperté minutos, segundos u horas después, no podría haberlo sabido. Me sentía mareada, en un estado caótico, y mis párpados me pesaban más que nunca. Poco a poco conseguí abrirlos, y me fijé en lo que me rodeaba. Estaba sentada, con cinta aislante rodeándome las muñecas y los tobillos, y con un trapo metido en la boca que me impedía gritar. Sentí un dolor fuerte en el cráneo, dándome cuenta de la probable cicatriz que me dejaría.

El cuarto estaba oscuro, tres paredes lisas marrones y el suelo de madera. Sentía una corriente de aire en el cuello, por lo que supuse que detrás tenía una puerta abierta. Intenté moverme, pero el dolor me estaba matando. Intenté gritar, pero lo único que conseguí fue agravar mi dolor.

Pasaba el tiempo, y a cada minuto estaba más asustada. ¿Dónde coño estaba? ¿Y por que a mí? Una lágrima se deslizó por mi cara en el momento en el que comencé a oír pasos. Pronto, voces, cada vez más cerca. Dos hombres se situaron en frente de mí y uno me alzó la barbilla.

-Hola Cassie, ¿sabes por qué estás aquí? -yo negué con la cabeza-. Oh no, no llores. No vamos a hacerte daño, de momento -ambos se rieron.

-Ya verás como se va a poner el jefe de contento. No tenía ni idea de que esto estaba planeado, pero hemos conseguido lo que queríamos.

-Está bien, está bien. Pero no vamos a cagarla. Hay que pensar como hacerlo bien.

-Lo mejor es decírselo, tal cual. Sin demasiadas sorpresas, y que él elija que hacer con la chica. Él es el jefe.

-Pues ve a llamarle.

Uno de los dos se fue, mientras el otro me dio la vuelta a la silla, de manera que podía ver la puerta, que ahora se mantenía cerrada. Poco después, volvió a abrirse. Un chico, joven, unos 30 años, entró con paso seguro y se colocó en frente de mí. Era moreno, y tenía el pelo recogido en una gorra. Vestía de forma casual, pero imponía el respeto del mismo jefe.

-Así que esto es lo que tenía que ver, James.

-Sí jefe.

-Una chica, unos 20. ¿Quién es? -se acercó más a mí.

-Aquí viene lo bueno. Es la hija del policía.

-¿Y se puede saber quién ha autorizado esto?

-Bueno jefe, nos dijiste que hiciésemos lo que fuera para acabar con el policía, y aquí esta.

-No veo el por qué de meter a su hija en  esto, pero está bien. Llevadla a una habitación, pero no le quitéis el trapo ni las ataduras, no queremos que huya.

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