Persecución

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De modo que allí está él, el bueno de tommy, así acabó el pobre. Sentado en un mugriento piso acompañado por las ratas, con la cabeza entre las rodillas, llorando, orando y pidiendo perdón a Dios como solía hacer de niño cuando se le castigaba por alguna travesura. Allí está él, solo y desdichado; con ropa harapienta y su cabello, que antes solía ser de un rubio brillante y abundante, ahora era opaco y escaso. Pero no porque estuviera viejo, Tom tenía 27 años, pero todo el estrés que envolvía la situación en la que se encontraba, hacía que aparentara más edad de lo que en realidad tenía. Cabizbajo, mugriento y triste, así se encontraba el gran Tom, de corazón tan puro, siempre con esos deseos utópicos de querer librar a la sociedad en la que se hallaba del mal y de las argucias del diablo. Atrapado en un cuarto de paredes tan mugrientas como él, la habitación era tan pequeña que asfixiaba, el aire estaba cargado y no había ventanas por ninguna parte, ni siquiera un respiradero. Era un lugar oscuro y lúgubre, parecía más el sótano de una casa abandonada que cualquier otra cosa. La estancia estaba vacía, excepto por un sucio y mullido colchón a su izquierda y un inodoro averiado en la otra esquina. Entre tanto, en el pueblo reinaba la confusión, todos se preguntaban como podía haberle sucedido semejante cosa a un santo como lo era Tom, querido y admirado por todos los de la iglesia y ajenos a ella ¿será que el pobre perdió la cabeza? sus allegados más cercanos, sacerdotes, hombres del clero, siempre comentaban que Tom se había vuelto extraño desde que murieron sus padres cuando éste era adolescente, y se ha afincado más, con la reciente pérdida de su tío.

En el pueblo no cesaban los rumores, las monjas, los diáconos y monaguillos, creían todo era un complot, que entre la policía y las autoridades gubernamentales habían grupos y sectas seguidoras de satanás, quienes intentaban imponerse y dejar mal a la iglesia católica. Otros, en cambio, opinaban que Tom había perdido la cabeza a raíz de un fuerte golpe que se llevó al caer de unas escaleras, otros decían que se volvió loco luego de aquel ACB, unos cuantos aseguraban que había sido poseído por el diablo y otros más, ajenos a la religión y a la iglesia católica, creían que Tom no era más que un drogadicto y un pobre diablo. Sin embargo mayor era el número de personas que lo defendían que los que lo condenaban. El gran Tom era querido por muchos, ¿y cómo no iba a ser así, si luchaba cada día tan fervientemente por hacer el bien y lo que era correcto? los que estaban en su contra, seguro llevaban el diablo adentro. De modo que nadie entendía como pudo alguien como él acabar en una situación como esa.

Pero él lo sabía, Tom sabía dónde se encontraba y como había terminado allí. No estaba loco como muchos pensaban en un fallido intento de defenderlo, nunca se había golpeado la cabeza ni sufrido un derrame, de hecho, era tan listo y tan cuerdo que cuando estos dos hombres que tanto lo frecuentaban a su confinamiento, de aspecto austero y sin ningún ápice de clemencia en sus voces o en sus miradas, le acosaban con preguntas sobre el asunto, Tom se hacía el desentendido y trataba de persuadirlos, eligiendo concienzudamente el tono de voz, los gestos y las expresiones faciales en un intento acertado de convencerlos de que en serio no sabía nada.

Una vez terminada la charla con estos individuos que tanto mal le causaban, Tom volvió a su sitio y se sentó, oro y tomo la biblia entre sus manos, la observó por un momento y al abrirla, vio que estaba vacía, sólo algunas páginas escritas a bolígrafo, se dio cuenta que no era una biblia sino su diario, así que decidió que mientras esperaba para saber que pasaría con él, lo mejor que podía hacer era escribir. Pidió que se le trajeran un lapicero y enseguida se puso en ello. Escribió sobre su pasado, sobre su presente, para ver si de algún modo podía hallar la solución entre las letras para un futuro terrible que se cernía sobre él. Para ver si hacía desaparecer al demonio que no dejaba de atormentarlo, y es que Tom, veía el mal en todas partes. Veía al diablo en los bares, en los borrachos y en las prostitutas, en los ladrones, en los ateos y en quienes no seguían su religión, veía al diablo en los jóvenes enamorados e incluso creía que había influencias de éste en los berrinches de los niños pequeños.

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