Hace diez años...
—¿Quieres oír algo interesante? —me preguntó, insinuando apenas una sonrisa.
Leisy había sido mi mejor amiga desde que íbamos al jardín de niños. Casi siempre estábamos juntas, incluso cuando nos metíamos en problemas.
—Veamos —le respondí casi de manera automática. No estaba de ánimos para escucharla, pero aun así lo hice.
—Verás... —titubeó—, mientras pasaba por la dirección escuché al director hablar por teléfono y oí que le decía a su secretaria que había un nuevo estudiante transferido y que le indicara donde quedaba su salón de clases. —Leisy se inclinó sobre su asiento y habló bajito—. Si mal no recuerdo debo haber oído que su primera clase era con Medina, o sea nuestra clase. ¡No es genial!
Apoyó la barbilla sobre el escritorio y dejó escapar un ligero suspiro. Luego, me guiñó el ojo y esbozó una sonrisa traviesa.
«¡Ay, no!», susurré para mis adentros.
—Ni siquiera lo intentes —dije con firmeza.
Un brillo de júbilo iluminó sus ojos.
—De perdido, ¿es guapo? —pregunté, vacilante.
—No lo sé, pero espero que sí.
Suspiré aliviada, por lo menos no lo había conocido aún.
Honestamente no estaba interesada en los chicos ni nada por el estilo, pero Leisy era un caso muy diferente. No por nada le decían la reina de la clase, era hermosa en todos los sentidos; tenía la piel blanca y sus labios rosáceos contrastaban con sus ojos color avellana. En cambio yo, era bajita, de cabello corto y tieso, y grandes ojos que se escondían detrás de unas gafas, redondas y transparentes.
—¿Qué vas a hacer mañana? —Leisy cambió de postura y apoyó los dedos sobre la mesa.
—Nada —dije, y me arrepentí a los pocos segundos.
—Sabes hay un nuevo local donde... —empezó a decir, pero se detuvo.
El profesor de química abrió la puerta y entró al aula. Se dirigió al escritorio y acomodó la silla para sentarse mientras los alumnos volvían a sus asientos. Justo entonces la puerta se volvió abrir y mis ojos se fijaron en el chico que acababa de entrar. Tenía los ojos oscuros, de cabello negro y tez morena.
Bastante regular, advertí.
Pero entonces como si supiera que estuviera hablado de él, se fijó en mí y me sonrió. Avergonzada, aparté la mirada y me puse a garabatear algo en la libreta.
—Preséntate —le dijo el profesor.
El estudiante asintió con la cabeza.
—Mi nombre es Alexander —dijo en tono suave y alegre—. Mucho gusto en conocerlos. —Hizo un gesto con la mano y todos se echaron a reír.
Esa fue la primera impresión que tuve de él, sin saber que más tarde nos volveríamos cercanos.
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Mi Único y Verdadero Amor - Astrid E. Méndez
Teen FictionDurante la escuela media, Alexander perdió a la chica que amaba y a su mejor amigo, a causa de un homicidio. Devastado por la pérdida, decide convertirse en un detective y encontrar al asesino. Pero, cuando se encuentra con una joven parecida a su a...
